En los últimos meses, las estanterías de vinotecas se poblaron con etiquetas de diversas parte del mundo. Sin embargo, el avance de la divisa estadounidense pegó de lleno en los precios de venta al público, con alzas que superaron por varios puntos a los salarios

Durante años, especialmente en el último tramo del kirchnerismo, la presencia de vinos importados en las estanterías de vinotecas o supermercados era prácticamente una utopía.

Bodegas exportadoras con mucho superávit a favor en su balanza comercial, por ejemplo, tuvieron problemas para traer los cavas que elaboraban sus casas matrices, en la región de Cataluña.

Incluso, las más reconocidas escuelas de sommellerie de la Argentina tuvieron serias dificultades para capacitar a sus alumnos en vitivinicultura del Viejo Mundo, al no poder contar con muestras en tiempo y forma para dar clases.

Sin embargo, tras la liberación de las importaciones que se dio a fines de 2015, poco a poco los consumidores argentinos fueron testigos del resurgir de los vinos importados. 

La flexibilización de las operaciones aduaneras, sumado a la normalización de los pagos al exterior, permitió que las vinotecas especializadas y los supermercados vuelvan a tener etiquetas de Francia, España e Italia, así como del Nuevo Mundo, algo que prácticamente no sucedía desde los años `90. 

Esta práctica no quedó circunscripta únicamente a pequeñas distribuidoras. Bodegas locales de renombre, con proyectos o casas matrices fuera del país, también se sumaron a la tendencia y pasaron a sumar alternativas importadas a su portfolio de vinos.

Según datos del INV, en 2017 se importaron más de 800.000 litros de vino fraccionado en botella, un volumen que triplicó los registros de 2016. 

En tanto que, entre enero y marzo de este año, la tendencia se profundizó: ingresaron 171.800 litros, un 184% más que en igual período de 2017.

Parecía que, finalmente, los vinos del mundo se “democratizaban” para los consumidores argentinos.

Hasta que el fuerte avance del dólar que tuvo lugar durante estas últimas semanas provocó un salto de precios que, si bien no implicará un freno del negocio, sí terminó encareciéndolos frente a la evolución de los salarios.

Al recorrer listas de precios del año pasado, se observa que, en general, los valores se incrementaron poco más de un 50%, en línea con el movimiento del tipo de cambio.

Un ejemplar francés de alta gama, como Châteaux Cantemerle, cosecha 2006, procedente de la zona de Burdeos, por ejemplo, pasó de costar $2.496 a valer $3.900, lo que implicó un salto del 56% en un año.

El mismo avance experimentó otro tinto bordelés que conjuga Cabernet Sauvignon y Merlot, como Châteaux Haut-Batailley, cuya añada 2006 valía $2.688 y por el que ahora hay que desembolsar $4.200. 

Algo similiar sucedió con un vino blanco premium, como el Chablis Premier Cru Vaillons, de la cosecha 2014, que se ofrecía por $1.440 pero que hoy cuesta unos $2.250.

Entre los tintos franceses más accesibles también hubo saltos importantes: un Légende Bordeaux Blanc, cosecha 2014, se podía conseguir hace un año por $365. Ahora, ese mismo ejemplar cotiza a $528, un 45% más.

Sin embargo, hay franceses entry level que pegaron un salto más evidente: un Chateau Barrail – Laussac 2013, de Burdeos, se conseguía entre marzo y abril de 2017 por $300. En cambio, ese mismo vino ahora vale $540, un 80% más. 

Considerando que el último año los salarios avanzaron apenas 20%, esto implica que los precios de los vinos importados corrieron muy por encima de los ingresos. 

Un “merchante” porteño, que conoce muy de cerca el negocio, afirma que parte del público que se inclina por estos vinos difiere del consumidor tradicional, que suele comparar precios en la góndola.

Sin embargo, sí reconoce que con los valores que se manejan hoy en día se hará más difícil que este negocio, que es absolutamente de nicho, pueda expandirse más, al menos en el corto plazo.

Este pequeño empresario agregó que, entre los costos logísticos y lo que implica tener capital parado en un depósito o una estantería –con el riesgo de que la mercadería no rote, especialmente si se trata de blancos y rosados-, las alzas de precios “son más que lógicas”, especialmente considerando que en las operaciones de importación lo primero que hay que controlar es el valor de reposición.

Este “merchante”, que también fue testigo de los continuos vaivenes de la economía, asegura que la importación de vinos en la Argentina es un negocio, pero con el que nadie puede pretender salvarse. 

A su modo, considera que está contribuyendo a formar el paladar de los consumidores.

“En un mundo como el de hoy, es una tendencia que, tarde o temprano, se va a terminar imponiendo”, agrega, dejando en claro que la posibilidad de probar más vinos importados, es un hábito que, sin ser algo masivo, deberá extenderse a más consumidores.

Claro que, por el momento, un dólar por las nubes significa que ese proceso de “evangelización”, se retrasará un poco.

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