El  planeta sufre un calentamiento global y consecuentemente, viticultores de todo el mundo, desde Argentina, Australia y España, buscan zonas más frescas para el cultivo de la vid en un esfuerzo por adaptarse a las consecuencias que supone este cambio.

La importancia del cambio climático en las regiones vinícolas más frescas es determinante porque, para que las uvas puedan alcanzar un punto de maduración optimo, necesitan un equilibrio entre la luz del sol, la lluvia, el calor y el frío, sobretodo, en el periodo de crecimiento. Los mejores vinos del mundo, casi en su totalidad, proceden de zonas frescas, como por ejemplo, las regiones francesas clásicas de Champagne y Burdeos, donde una cosecha puede echarse a perder en cualquier momento debido al mal tiempo, o sin embargo, puede ser que las condiciones sean propicias y se consiga una cosecha de extraordinaria calidad.

Los vinos de climas más fríos tienden a ser más complejos y de mejor calidad. La principal preocupación hoy en día es que, la continuada subida de las temperaturas afecte a las características particulares y únicas que han conferido a estos vinos su valiosa reputación.

La frontera vinícola en el norte de Europa llega ahora hasta Gotemburgo en Suecia. Quién sabe …, quizás algún día veamos un “IKEA Sauvignon Blanc” elaborado con uvas suecas.

¿Cómo se ha llegado a esta situación? Según explicaba el profesor Hans Schultz, de la Universidad de Geisenheim en Alemania, en el reciente ‘International Cool Climate Wine Symposium”, desde 1950 la temperatura se ha incrementado a un ritmo de +1ºC/año en el hemisferio norte, lo que permite que cultivos situados más al norte se beneficien de unas temperaturas muy adecuadas durante la etapa de crecimiento y desarrollo de la uva. El problema es que no se trata de un cambio lineal, y lo que vemos y continuaremos viendo, son patrones climáticos impredecibles y extremos que derivan en complicaciones nunca antes vistas.

El aroma y la vitalidad de los vinos dependen en gran medida del extenso periodo de maduración de las uvas, desde la floración hasta la vendimia, que en las zonas frías ocupa unos 120-150 días. Además, la oscilación de las temperaturas en días cálidos con noches frías, hace que el fruto experimente una especie de termo sellado, lo que le confiere más intensidad, acidez y color. Otros factores importantes a tener en cuenta son el sol y los niveles de radiación ultravioleta. En Otago, Nueva Zelanda, el nivel de radiación UV es mucho mayor que en las regiones del hemisferio norte de latitudes similares, como pueden ser el Mosel Alemania y Champagne en Francia, lo que resulta en uvas más maduras y vinos más ricos. La altitud también es un factor importante que favorece la intensidad y el color de los vinos, tal y como se aprecia en los vinos del valle del Bekaa en el Líbano, y en los de Salta en Argentina, donde los viñedos están situados a unos 3.000m de altitud.

Cada vez se elaboran más vinos reflejo de las condiciones particulares de regiones concretas que tienen un especial microclima, y por esa razón, los aficionados al vino tenemos mucho trabajo por delante tratando de descubrir nuevas joyas.

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