El vino renueva sus sabores y su imagen con etiquetas que parecen arte

Un vino que de tan verde le pusieron “Hulk”. Si, como el héroe de Marvel. Otro que lleva la botella cubierta por un envoltorio rosa, rodeado por dos sugestivas serpientes. “Sanpután” es su nombre y promete haber sido “creado para ellas, carnada para ellos”. Más allá, Einstein saca la lengua desde una etiqueta de “Piantao Piantao”. Y otro anuncia, sencillamente, “Malo”.

Un simple vistazo por vinerías permite afirmar que alguien, o todos, se han vuelto locos en la industria del vino. Aquellas botellas que prometían en un sorbo un viaje a Francia no van más. Atrás también quedó el boom por los nombres autóctonos y la estética nativa. Ahora, lo nuevo es caer con una botella de “Demente”. Y si se anima a más, elija la que lleva por nombre “Enemigo”. Si su anfitrión no lo tomó pensará que usted de vinos sabe mucho. Y además no tendrá problemas para llegar a fin de mes porque estos vinos pueden llegar a ser muy caros, pero muchos de ellos arrancan en 80$ promedio la botella.

Existe una nueva generación de enólogos que busca revolucionar el mercado del vino. No solo porque se atreven a semejantes nombres, sino porque están derribando mandamientos que parecían intocables, como buscar alternativas a la cultura del malbec o atreverse a desechar la crianza en barricas de madera, impensable años atrás.

“Es un proceso que arrancó hace tiempo: una generación de enólogos que quieren hacer grandes vinos y apuntan a la producción local. Antes, estos vinos se iban para exportación en un 90%. Hoy se exporta el 60 y el resto se consume acá, porque el público argentino también evolucionó. No es solo moda, son vinos con mucho trabajo detrás”, opina el sommelier Aldo Graziani, dueño de la vinoteca restaurant Aldo´s.

“The apple doesn´t fall far from the tree” es un ejemplo. La traducción exacta sería “la manzana no cae lejos del árbol”, lo cual, en criollo, significa “de tal palo tal astilla”. Y no hace falta viajar al Napa Valley para conseguir una botella. Es un vino bien argentino, de Mendoza. Su ideólogo es Matías Riccitelli, quien además de tener su propia bodega le puso su nombre a las botellas. Así, surgió este vino, que es un homenaje a su padre y maestro, Jorge Riccitelli, .

“Demente” es el nombre que eligió Matías Michelini para uno de sus preferidos y al que considera su creación mas rebelde. Nacido de una bodega personal de 22 viñedos, es el resultado de “la búsqueda por descubrir un lugar, un terruño, aquel donde yo vivo, Gualtallary –explica Michelini– y encerrarlo en una botella de vidrio para siempre”. Para ello, tomó uvas de viñedos diferentes, cuatro de malbec y cuatro de cabernet, pero todas de Gualtallary, en Mendoza. “Es un mapa de esa región hecho vino –señala–, las uvas fermentaron en la misma vasija, se unieron y complementaron para expresar un pequeño pero inmenso lugar en el mundo. Demente es una locura pensada”.

La etiqueta atrae. Uno podría pasarse buena parte de una cena mirándola. Su creadora es Carolina Saguan, la misma que se le ocurrió poner a Einstein en la botella de “Piantao Piantao”.

No recorra el supermercado el día de descuento pensando en encontrar estos vinos. Para acceder a ellos, habrá que ir a una vinería. Graziani aporta un consejo: antes de lanzarse a la compra de un vino de 300 pesos hay que entrenar el paladar. “Lo mejor es empezar con uno de 80 y después ir subiendo”.

Además, de romper viejos paradigmas, esta nueva generación de vinos fue pensada como objeto: importa el sabor, claro, pero también su etiqueta y la exclusividad.

El crítico Pietro Sorba lo explica así: “No se si cambia el mercado. En mi opinión se suman al mercado y lo enriquecen. Son jugadores altamente profesionalizados”. Para Marina Beltrame, de la Escuela Argentina de Sommeliers, lo que ocurre con estos vinos “es una novedad, los enólogos nunca tuvieron tanto protagonismo. Están rompiendo muchos paradigmas, son transgresores, se animan a hacer vinos que provocan”.

Los vinos nuevos son complejos. Buscan provocar y no sólo con los nombres. Por eso, no se asombre si su vinero amigo le ofrece un “Conjuro” o un “Callejón del Crimen”. Nombres que aún así no parecen bastante sutiles frente al español “Teta de Vaca” o los franceses “Le Vin de Merde” o “Fat Bastard”.

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