Yo no quería escribir de otro amigo que se va sin aviso, sin motivo, sin ganas. Yo no quería escribir sobre este viejo inventor que fue tan apasionado y amigo de la buena vida, del buen vivir.

Brascó fue el que inventó la cosa. Sí, señoras y señores, hombres y mujeres, aunque se nieguen a creerlo. Miguel Brascó, que fue abogado, escritor, periodista, dibujante, editor, autor, compositor, traductor. Miguel Brascó nació en Santa Fe y lo llevaron desde chico hasta Puerto Santa Cruz, en la Patagonia.

Lo más conocido de él fue la revista Status, que durante años y años traía desplegables de chicas livianas de ropa, entre cuentos, entrevistas e historias de vinos y comidas. Fue clausurada varias veces por la dictadura, hasta que se cansó y la dejó de editar. También lo conocían en estos lugares por el anuario sobre vinos argentinos impecable que sacó junto a Fabricio Portelli. Y su cara, tan fea como particular, era conocida por aparecer en los programas de canal Gourmet, hablando de vinos, placeres, bebidas y asuntos mundanos.

Lo más desconocido de él, su libro de cuentos “Criaturas triviales”, y su novela, que seguramente se reeditará por estos días, “Quejido Huacho”. Lo más olvidado de Brascó: su canción folklórica de estilo de triunfo llamada “La vuelta de Obligado”.

Sobre su vida personal poco diremos. El hombre era un admirador de la belleza femenina, de las personas con estilo, de los amigos, de las picardías, del humor sarcástico, de la ironía y de la crueldad de la inteligencia. En Mendoza tenía varios queridos compañeros de ruta de los que yo recuerdo solo algunos: los Goyenechea de San Rafael, la familia López, que hizo un vino con su nombre y un dibujo de su autoría en la etiqueta, y Adriano Senetiner, al que mencionaba siempre como Caballero Oficial de la Orden Garibaldina. Mauricio Runno, escritor y buen bebedor, también apreciaba su compañía.

En los albores del periodismo de vanguardia, por los años 60, compartió pensión, amistad, copa y guiso con el mendocino Quino, con Rodolfo Walsh, con Pajarito Rogelio García Lupo, entre otros pibes de lo que se aproximaba.

Él inventó la cosa: el “piripipí” del vino, la forma de comunicarlo, de describirlo. Utilizó las mejores palabras, mezcladas con algunas prestadas a otros idiomas y con el lunfardo rioplatense para describir sabores, colores, maridajes y malgustos. Inventó un estilo, con su moñito y su elegancia, desenmascarando “bobetas”, que no hacían más que tratar de impresionar al público hablando en lenguajes crípticos y vacíos de contenido.

Amaba lo que hacía, quería a su familia, se interesó por todos los asuntos relacionados con el arte, la culinaria y las bebidas.

Me equivoqué, le dije a Suárez. Hace tiempo que tendría que haber escrito sobre Brascó. Mientras pudiera leer lo que escribiría sobre él y así darle el derecho y el placer de corregirme, de enseñarme, de hacer pelota mi escrito para que lo mejorara, para que le sacara adjetivos, para que usara mejor las palabras, para decirme… “Estás ‘chapa’ pibe, ese escrito no hace falta. No te has dado cuenta que yo no he muerto”.

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