Con la gama de televisores Sony A1 el fabricante nipón da un giro de 180 grados: apuesta por la tecnología OLED, integra un peculiar sistema de sonido y pone el minimalismo en el centro de la ecuación.

En la última edición del Consumer Electronics Show —más conocido como CES—, Sony dio uno de los mayores saltos cualitativos de los últimos años. Allí desveló la gama de televisores Sony A1, una familia que reúne, en un mismo producto, la tecnología OLED, la transmisión de sonido a través de la pantalla y el diseño ‘One Slate’.

Pero de aquellos focos y flashes hace ya casi seis meses, y el televisor de Sony ha dejado de ser un ilusionante objeto de feria para convertirse en un producto al alcance de cualquier persona con el capital suficiente (entre 3.999 y 5.999 euros). Ahora todo lo que en aquel momento sorprendía e ilusionaba pasa bajo el microscopio, y las promesas que Sony hizo deben probarse como reales.

Sobre el papel, la familia A1 de Sony promete muchísimo: tecnología OLED, emisión de sonido a través de la pantalla, HDR, diseño ‘One Slate’, etc.

La buena noticia es que la gran mayoría de las ilusiones que sembró la gama A1 durante aquellas primeras semanas de enero se cumplen. O al menos eso ha demostrado su versión de 65 pulgadas durante los días que hemos podido probarla en Hipertextual.

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Estéticamente, el trabajo de Sony sobre el A1 es impecable. El concepto One Slate pone el minimalismo en el centro de la ecuación y elimina cualquier elemento auxiliar del primer plano. El resultado es un panel extremadamente delgado que cobra todo el protagonismo y atrae plenamente la atención del espectador.

Sony se ha deshecho incluso de la peana tradicional en favor de un soporte en V invertida que queda oculto tras el panel. Con este sistema, el televisor forma menos de 90 grados con el suelo y el borde inferior del panel reposa directamente con la superficie inferior. La idea no es otra que dejar esta TV reposando sobre superficies muy bajas, de forma que el grado de inclinación que presenta de forma natural resulte ideal para la visualización de los contenidos.

El sistema de sonido es sorprendentemente bueno, pese a su peculiaridad. Y el diseño, pese a la poco habitual inclinación del panel, es soberbio.

Justo detrás del panel se esconde una barra que recorre horizontalmente la pantalla y que hace las veces de altavoz. Para ello aprovecha las propiedades de la tecnología OLED —paneles más delgados y versátiles— y hace uso de toda la superficie de la pantalla como emisor de sonido. El resultado, como Sony afirma, es una emisión del sonido más inmersiva que con otros sistemas de sonido. Y todo ello manteniendo un alto nivel de calidad en el sonido.

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El problema de este sistema podría ser cómo afecta a la pantalla y su durabilidad. En declaraciones a varios medios, Sony asegura haber realizado diversas pruebas concluyendo que el sistema de sonido y emisión no afecta en absoluto a la durabilidad del panel OLED que integra.

La calidad de imagen viene determinada por dos elementos principales: un panel OLED fabricado por LG y un procesador X1 Extreme. Ambos, en conjunto, ofrecen una de las mejores experiencias que se pueden obtener a día de hoy en un televisor.

Los picos de brillo son de 700 nits, el contraste es excelente (como en cualquier panel OLED), cumple con los estándares HDR definidos por la industria, y el procesado que aplica a la imagen hace que cualquier contenido luzca de una forma espectacular. Los ángulos de visión son muy buenos y la representación del color es fiel y atractiva a partes iguales.

Los más puristas encontrarán en el televisor de Sony —al igual que en muchos paneles OLED— una escasez de brillo máximo. Los LCD de 2017 superan los 1.000 nits de brillo, mientras que esta pantalla deja su marca justo ahí. No obstante, durante el uso de la pantalla, pocas veces se echa en falta un brillo superior. En cambio, sí se agradece el excelente ratio de contraste o la escasez de fugas de luz, dos atributos que las pantallas OLED sí ofrecen frente a las pantallas con tecnología LCD.

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Un televisor increíble con una experiencia de uso terriblemente frustrante.

El principal problema del Sony A1 no está en los fundamentos de un televisor. Está en toda la parte smart y en la forma en la que Sony lo ha integrado. La plataforma Android TV por la que apuesta progresa adecuadamente y ofrece un amplio abanico de plataformas y aplicaciones al usuario; pero la forma en la que este tiene que interactuar con esos contenidos es tan frustrante como correr las 500 millas de Indianápolis sobre una llama.

El mando que Sony ha integrado procede del siglo XIX, y queda muy lejos de los controladores remotos diseñados por Samsung o Apple, los cuales son mucho más sencillos y, al mismo tiempo, avanzados. El control por voz y la introducción de texto también deja mucho que desear, especialmente en castellano.

A grandes rasgos, el Sony A1 es uno de los mejores televisores del mercado. Todos los cambios de dirección que Sony ha dado con la gama A1 han sido positivos, y solo la ausencia de un controlador remoto más avanzado y menos frustrante empaña la excelente experiencia global que este televisor de casi 6.000 euros ofrece al consumidor.

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