La relación del fútbol –y de sus aficionados– con la tecnología es esquizofrénica. Las innovaciones de todo tipo se aplican a ropajes y balones. También están los avances en las retransmisiones: desde la introducción de la televisión durante los años cincuenta y sesenta, que sirvió tanto para atraer a más aficionados como para proyectar universalmente al fútbol, televisiones y marcas han apostado por novedosas y cuantiosas técnicas. Hoy en día los partidos se retransmiten en HD y las cámaras se esconden en cada rincón del estadio.

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En lo relativo al arbitraje también, desde la llegada del siglo XXI, la tecnología se ha implantado poco a poco. El arbitraje ha llegado a los vibradores en los banderines de los líneas para comunicarse con el colegiado hasta los micrófonos inalámbricos y los actuales sprays para fijar barreras. Además, la novedad en este último Mundial de Brasil es la introducción del sistema GoalControl, implantado por la FIFA.

La tecnología no ha sido absoluta ajena a este deporte. Al contrario: el fútbol ama la tecnología hasta el punto de que algunas de estas proyecciones podrían hacerse realidad en el futuro. Estadios inteligentes, materiales textiles de última generación, botas ultraligeras, sistemas para cuidar el césped y un sinfín de aplicaciones deportivas que van desde el uso de bases de datos hasta la aplicación de estadísticas y conocimiento empírico en entrenamientos y preparación de partidos. Siendo así, resulta difícil comprender la histórica aversión de la FIFA y de muchos aficionados a la introducción de sistemas tecnológicos que ayuden a los árbitros.

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La respuesta se encuentra en el sentimentalismo natural que todo aficionado al fútbol esconde dentro de sí. La FIFA, como extensión poco presentable, consideraba que el arbitraje tecnológico despojaría a este deporte de su esencia más natural: el fallo humano, la polémica, lo intangible, la atracción sempiterna e imperecedera de lo impredecible y lo incontrolable. La imperfección. El fútbol, acaso el deporte de masas más antiguo del continente europeo, aún mantiene un componente místico y religioso que lo aleja de la perfección técnica, de la matemática.

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Fuente: LN.py

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