Von botella

Pinta su vida, la configura de tal forma para que nadie sepa sus
sentimientos. Salvo las noches, el cigarrillo y la madera que toca sus
pies. Parece ser amable, pero en realidad es noble; como un soldado
defendiendo su causa o luchando por un pedazo de isla.

Sus labios son firmes, dice palabras duras pero no tantas como la
realidad. Da pasos fuertes como el león que recién comienza a cazar. Va
de aquí para allá, como un péndulo de un reloj antiguo olvidado en una
casona gris. Cada pelo de su cuerpo se eriza con una palabra de la cual
es preferible ni mencionarla.

Hay huellas por toda la sala. Como si los siglos pasaron por ahí en
una soplido del suave viento. Las paredes están manchadas de rojo, pero
no es sangre, más bien es vino. Vino del que se toma, con el que se
brinda, con el que se casa o se llora.

Las paredes son de todos colores aunque parezcan blancas y lo único
que resalta es el borravino, uno bien oscuro, como el de los traidores a
la patria.

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Hay varias piedras de castillos que reposan en una repisa empolvada
de inviernos con sabor a cuyo. Más atrás hay otras rocas, muy pequeñas y
grisáceas, pero con un poder que atrae, una energía imponente como el
Aconcagua.

Es una sala pequeña y él pinta hasta que la cabeza deja de pensar. La
mano sigue. Crea y bebe. Despoja sus sueños por dios o por el amor a su
cuerpo. Sus manos están prolijamente descuidadas y con rasgos de
caballeros configura acuarelas de siglos divinos.

De fondo suena una mezcla de jazz con psicodelia que entona a un atelier lleno de personalidades frescas.

Uno es una hormiga, un átomo, un delfín solo en un mar. Una bala
perdida en el cielo austral. Tan pequeño es todo que la sala se vuelve
una palacio. Excepto sus cuadros o todos ellos. Hay cruces, hombres
parecidos a Jesús, banderas iguales a las nuestras, animales salvajes en
extinción, caras conocidas y maldecidas, ideas y hechos, vencedores y
vencidos, historia y gestas, botellas y cenizas, pólvora y humor.

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Las lágrimas parecen un pacto de caballeros. Una impronta que cae a
un roble para que crezca más fuerte. Todo ayuda a la pintura. Ni las
enfermedades más terminales cierran la hoja de la creación ni los
aprietes de la renta mensual. Pues las lágrimas son más que eso.

Hasta la muerte se pinta. Hasta que los ojos dejen de latir o la tierra de girar.

Hasta en la eternidad quedarán los olores a las parras. Desde las
colonias a las conquistas del mañana un cuadro valdrá  más por observado
que por oro.

Nada se compara, no es lo mismo la sonrisa de un papa a la de un ávido y codicioso coleccionista.

Parece no acabarse la sangre de cristo, el Malbec y sus cuerpos. Esos
que inspiran a visualizar todo lo que sea para deleitar a un vulgar ser
humano.

Lo demás lo dice un cuadro, unas miles de botellas en lienzos especiales para la eternidad.

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Por Marcelo Castro Fonzalida

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