Llega apurada y pide un café. Sonríe, es amable. Tiene los labios color rosa y los ojos con un brillo especial que asisten la intención de mantenerse tranquila. María Teresa Farmache o, como pide ser llamada, “Tesi”, confiesa haber descansado poco y mal. “Es que desde que María Elisa se fue, ya no puedo dormir bien”, dice.

Accede a las preguntas porque las entiende como una oportunidad para poder contar quién fue –y sigue siendo– María Elisa Norton. Su emoción se confunde todo el tiempo con el enojo, la impotencia que le genera saber que su hija murió sin haberse podido recibir de médica. La reprobaron por centésimos. Tesi está acompañada por la atenta contemplación de su compañero Carlos, que hace acotaciones durante la charla que llaman a la reflexión.

El afecto que recibe por parte de las amigas de la joven, los profesores, los allegados, le permiten a Teresa aliviar la ausencia de su hija. “Elisa quería ser neuróloga, era una estudiante a conciencia. Tenía buen carácter, era de bajo perfil pero muy divertida, clara en sus decisiones. ¡Qué te puede decir una madre de una hija!”, señala esta mujer que trabaja en el Poder Judicial por las tardes, pero que confiesa que le cuesta “hacer cosas” que la hagan feliz.

Para Elisa

En agosto de 2013 el Consejo Superior distinguió a María Elisa Norton e instituyó un premio en su nombre. Esto fue en una sesión plenaria del Consejo y con la presencia de familiares, compañeros y amigos de la estudiante reconocida por sus méritos académicos y su excepcional esfuerzo y voluntad.

La resolución que le otorgó el reconocimiento póstumo destacó que María Elisa había ingresado a la carrera de Medicina en 2001 y que su actividad se había desarrollado normalmente hasta 2004, cuando terminó cuarto año. Pero “a partir de esa fecha aparecieron síntomas de una enfermedad terminal y, a pesar de las diversas intervenciones quirúrgicas y tratamientos a los que debió ser sometida, nunca abandonó sus estudios y fue una alumna con muy buen rendimiento académico”. Al respecto, Tesi comenta: “Cuando le entregan esa distinción a María Elisa fue por propuesta de la profesora Ana María Martínez, personal de la Facultad de Ciencias Médicas, quien le tenía un cariño especial. Fue por la Ordenanza 59 de 2013. Se había establecido un día de entrega anual que era el 16 de agosto, fecha de conmemoración de la universidad, pero cuando se decreta la resolución no se aprueba con fecha establecida”.

Lo cierto es que una vez al año la Universidad Nacional de Cuyo dará esta distinción –que tuvo por primera destinataria a María Elisa Norton– a estudiantes propuestos por las distintas unidades académicas que hayan tenido dificultades en el cursado de sus carreras y que les impliquen un esfuerzo adicional. El 22 de este mes es la fecha elegida para este acto tan emotivo.

Estas valoraciones expresan la calidad personalísima de todos aquellos estudiantes que transitan con dificultades sus carreras universitarias, y han sido bien recibidas por la comunidad universitaria. “En el caso de mi hija es una forma de atenuar y reparar algo injusto. Me sorprende la repercusión en los medios, que la gente reaccione frente a algo que pensé que quedaría en la intimidad de la familia, de los amigos, incluso de la misma facultad. Sin embargo trasciende y se conoce la verdad”.

Teresa reconoce que está sorprendida por el efecto mediático que tuvo el caso de su hija. Es que ella tuvo que atravesar (o ser atravesada) por una situación para la que la vida no nos prepara jamás. María Elisa Norton, su hija de 28 años (le faltaban ocho días para cumplir 29), falleció después de luchar heroicamente contra un severo cáncer. Murió el 14 de junio de 2011, a la espera de una mesa extraordinaria para rendir su último examen. Murió sin darse por vencida.

En 2001 la joven ingresó a la Facultad de Medicina de la UNCUYO. Llevó sus estudios al día, en la medida en que pudo y los complejos estudios y tratamientos se lo permitieron. En 2005, cuando tenía 22 años, fue operada por primera vez de un tumor cerebral del tamaño de una mandarina. Tres años después volvió a crecerle un tumor en el cerebro y fue operada nuevamente. En 2010, a través de una resonancia, se descubrió un tumor expandiéndose en el hemisferio izquierdo. La lucha fue dificultosa e incesante.

Qué pasó

Teresa Farmache quiso saber qué había pasado realmente en aquella instancia en que su hija fue “bochada” en su examen final. De hecho, aún considera que quedan muchos detalles para develar. Comenzó enviándole una nota de “madre a decano” al entonces máximo responsable de la Facultad de Ciencias Médicas. En esa carta, la mujer destacaba que su hija había aprobado el global escrito, pero el Examen Clínico Objetivo Estructurado lo había desaprobado por centésimas; más exactamente, 37 centésimas y media. Esto daba lugar a una serie de situaciones que no lograba comprender del todo.

A esto se le añadió una nueva carta que llegó a las autoridades de la facultad firmada por Roberto Herrera, neurocirujano y jefe del servicio de Neurocirugía y Neurología de la Clínica Adventista Belgrano de Buenos Aires. Este especialista estuvo a cargo del tratamiento de Elisa, a quien también tuvo como colega cuando la chica hizo las prácticas profesionales en ese nosocomio.

El doctor Herrera pidió explícitamente que se le entregara el título de médica “por reconocimiento al esfuerzo de esta joven estudiante que podría haber fallecido con la dignidad de su título ganado a la enfermedad”.

La misiva en defensa de María Elisa decía: “Como paciente fue valiente. Nunca la vimos ni oímos quejarse ni bajar los brazos y en todo momento, aun cuando le informábamos que debíamos reoperarla, o cuando sabía que debía aplicarse rayos o drogas, siempre fue optimista y tenía una sonrisa constante, como tantos jóvenes sanos de alma y cuerpo (…) Creo que, por error o por omisión, por estar enfrascados en cosas que parecen más importantes que la sensibilidad entre los seres humanos, por estar haciendo otras cosas mientras la vida de una estudiante apasionada pasaba o por la inexcusable razón que sea, alguien ha sido injusto (…)”.

Las razones que dio la facultad fueron que las disposiciones institucionales establecían dos fechas: marzo y septiembre. “No fue una respuesta a una alumna que estaba con quimio, que tenía un cuadro contenido por medicación neurotóxica, que estaba cansada, con dificultades para moverse. Fue un examen exigente con estaciones. En cada estación, un actor hacía de paciente y el alumno tenía un tiempo corto para diagnosticarlos y de ahí tenía que salir corriendo a otra estación. Ella no podía agitarse mucho. Había pasado por siete operaciones de rehabilitación, quimioterapias, rayos… Y jamás pidió ventajas ni consideraciones” dijo Teresa. Además “esa notificación decía que los miembros lo habían determinado reunidos en gabinete, pero ese documento solo lo firmaba quien era el secretario de Asuntos Estudiantiles”.

“No quería el título sino que se reconociera el esfuerzo. Le negaron, por teléfono, la oportunidad de rendir nuevamente. Una opción que la misma facultad le había ofrecido. Soy honesta, por eso no acepto el doble discurso. Yo nunca pedí su título, lo pidió el doctor Herrera para que la Facultad de Medicina volviera sobre sus pasos, revisara los procederes”, define.

La mujer responsabiliza a las personas, no a la UNCUYO como casa madre. “Yo creo que las instituciones no son culpables de nada, lastiman las personas que tienen el dominio y el manejo de esas instituciones. Demoraron un mes para decir a María Elisa que no le daban una instancia especial. ¿Sabés lo que era un mes para ella?”, señala, intentando reflexionar por encima de su dolor.

Aparece entonces la pregunta concluyente tras el relato que todavía duele ¿Para qué sirven estos reconocimientos de parte la Universidad? “Lo importante es el acompañamiento, el sentirse querido, considerados en su individualidad. Pienso que con el tiempo puede formar parte de su currículo, que se sepa que la persona ha hecho un esfuerzo excepcional. Ojala también sea considerado un premio honorifico y académico. Es importante reconocer en el alumno esa ‘cuota de más’ para recibirse. Dice algo importante de esa persona”, define con firmeza Tesi asumiendo el acto reparatorio.

Tesi y Elisa: ellas dos

Reconoce en Elisa una belleza física evidente, pero también un lazo con la vida tan fuerte que la ponía en situación de ganarse el afecto de sus pares, docentes y personal de apoyo académico. “Salías con ella de bebé y hasta los adolescentes varones se paraban a hacerle cariño. Siempre fue muy querida. En tercer grado me llamó su maestra para decirme que en 15 años de docencia no había encontrado una niña como mi hija”, dice, emocionada por el recuerdo.

Señala que tenían una relación como cualquier madre e hija, en la que había lugar para las diferencias pero también mucho espacio para el amor. ”Me cuesta mucho pensar a mi hija como espíritu. Yo pienso en la hija que tuve, en su dulzura, en su tozudez, en su determinación, en su capacidad, en su ingenio… era muy ocurrente”.

“¿Qué me deja todo esto? El dolor de haber perdido a mi hija físicamente y que se fuera sin el título que tanto quería y por el que tanto hizo… Que se fuera con el dolor de no ser lo que ella ya era. Eso es un plus al dolor de haberla perdido”, puntea Teresa.

María Teresa seca sus lágrimas, tiene una tensión permanente en el rictus de su boca, pero muestra la fortaleza de una mujer que acompañó la fortaleza de su hija, casi como si esa condición fuese hereditaria.

La literatura es un mundo querido para ella. El 14 de cada mes, Tesi le escribe un mensaje a su hija y lo publica en la red social Facebook.

Estamos envueltos por la vida y por la muerte. Nos tocan el hombro a cada rato. Nos avisan que se llevan a la gente querida. Tesi lo sabe. Agradecida con los premios que se hacen en honor a María Elisa y que promueven el reconocimiento de muchos estudiantes más. Sabe bien que nada puede opacar el recuerdo y el amor de una hija brillante. Ninguna circunstancia puede otorgarle ya un título de médica, porque en realidad siempre lo tuvo. Contra eso, ella presiente que no hay cáncer ni mezquindad que valga.

Fuente: Edición UNCuyo / por Natalia Bulacio

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