”Chacarera ñaupa ñaupa, vieja como los dolores, pero yo te siento nueva, nueva como mis amores”. Con esa chacarera tan añosa como el impreciso tiempo lejano del que habla la voz quichua que le da nombre, Los Manseros Santiagueños salieron a hacerse cargo del torrencial afecto que brotaba de todos los rincones del anfiteatro.

La contundencia del pronunciamiento popular era imponente. Lo decía el canto de la gente a la manera de las hinchadas, el campo de la doma tan repleto que casi no quedaban orillas para bailar, el aire espeso por la voluntad de la multitud. Y lo decían los números: a la una de la mañana habían pagado entrada 21.900 personas y seguían ingresando.

Era la noche más convocante de toda la edición 51 del Festival. Y no sólo eso: también era el domingo final más concurrido de todas las ediciones. Nunca Jesús María había vivido así un cierre así (esta noche, la de Lali Espósito, es el habitual lunes de yapa).

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¿Y qué podían hacer Los Manseros? Sonreír, asombrarse, acaso turbarse un poco, y seguir siendo Los Manseros de siempre, es decir, dar otro paso en su largo y fecundo camino del mismo modo como lo hicieron durante más de medio siglo, en el que persistieron  en la huella sin siquiera sospechar que hoy serían el vórtice de un impresionante huracán popular.

Por eso arrancaron con La ñaupa ñaupa. Por eso se demoraron un poco para arrancar para hacer andar una guitarra. Por eso cantaron canciones que marcan su historia y otras que pertenecen a un tiempo siempre inaugural: Huaico hondo, Añoranzas, Desde siempre y para siempre, Eterno amor, Puente carretero, Canto a Monte Quemado…

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Y la gente las cantaba palabra por palabra, como en un ritual.

Onofre Paz (único que estuvo en la primera formación de 1959), Guillermo “Fatiga” Reynoso (el más alentado), Alfredo Toledo y Martín Paz, son los integrantes. “Esta creo que va a ser la última formación; de aquí no se va nadie, únicamente que alguno se muera en el escenario”, dijo Onofre, y sobrevino la ovación.

Son tres guitarras, un bombo, más el auxilio de dos violines. Esa es toda la alquimia sonora. Luego, se trata de interpretar y representar con autenticidad la música con la que crecieron, que forma parte de la cultura regional que los identifica.

No hay artificio, ni estrategia de impacto. Sólo cantar como lo han hecho siempre. Todo fluye tan natural, que cuando Onofre se disponía a dedicar una zamba que compuso para su esposa recientemente fallecida, invitó a sus hijas Florencia (que antes se presentó sola con buena recepción) y Karina, pero las chicas, de tantas lágrimas que tenían, prefirieron no cantar y entrar a darle un beso después.

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¿Qué hicieron Lo Manseros para merecer esto? Tal vez no mucho más que seguir en su camino, creyendo en el profundo sentido de la música que hacían. Hasta que finalmente fueron señalados por la popularidad masiva.

Es la decisión de la gente, en un acto soberano, la que los puso en este lugar. Y es posible que el mensaje sea que más allá de las modas, de los artificios, de las estrategias pensadas en la búsqueda del éxito, a veces es necesario aferrarse a lo verdadero, a lo sustancioso y esencial para poder reconocerse como parte de una cultura.

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