La tarde en que la Policía fue a buscarlo a la Fundación Felices los Niños, se había ido. Tenía que estar presente en un canal de televisión que había organizado un show de defensa del que participaron todos sus periodistas. Lo acompañaban varios de los chicos alojados en la Fundación. Cuando le informaron en cámara que estaba por llegar la Policía, se dio el lujo de pronunciar unas palabras de cierre, se levantó con tranquilidad y se fue.

Ese mismo día empezó un operativo en el que un equipo de abogados de prestigio, como Jorge Sandro y Luis Moreno Ocampo, pusieron en juego todos sus recursos para mantenerlo fuera de prisión. Grassi estuvo entre rejas algo menos de un mes, y desde la cárcel, daba entrevistas a los principales programas televisivos. Los medios, salvo excepciones, clamaron por su inocencia en su gran mayoría, y el diario Ambito Financiero –dirigido en ese entonces por Julio Ramos– empezó una campaña sostenida para desacreditar al equipo de investigación que había descubierto el abuso acusándolo de pagar testimonios, presionar a testigos e inventar pruebas.

Mientras tanto, se organizaba lo que el fiscal Alejandro Varela bien llamó un “grupo de tareas” para perseguir y amedrentar denunciantes y testigos. A Gabriel, el primer denunciante, le pusieron un arma en la cabeza cuatro veces: en un descampado en General Rodríguez, en un departamento donde se refugiaba en la zona de Tribunales, a una cuadra de una comisaría y en el Parque Urquiza, de Paraná, donde un auto con desconocidos lo interceptó. Le dijeron que no iba a llegar vivo al juicio. A la panadera de la Fundación, Betty, la asaltaron cuando volvía de cobrar la indemnización, diciéndole “Devolvele la plata al padre”. Hubo intentos de soborno, seguimientos, secuestros, amenazas de muerte. Nunca, en la historia del equipo de investigación que integré, ni siquiera cuando se investigaron mafias policiales con vinculaciones con el narcotráfico, se sufrieron represalias de esta naturaleza. ¿Eran acaso prácticas “yabranianas” que se explican por la relación del sacerdote con el entorno del empresario involucrado en el asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas?

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Grassi era probablemente una de las personas con mejor imagen pública de la Argentina. Se fotografiaba con políticos, recibía dinero de empresarios, desfilaba por los shows televisivos más vistos. Manejaba mucho dinero y lo invertía en los desprotegidos. Sus superiores lo apoyaban o toleraban y le permitían lo que a otros sacerdotes les estaba vedado: organizaba recitales, cenas beneficio, colectas masivas. Cuando recibimos las primeras denuncias en el contestador automático de la redacción, las encaramos con incredulidad. Tal vez se tratara de padres cuyos hijos le habían sido entregados al cura y hablaban por resentimiento. Y fue con dolor que comprobamos que no era sí. Las acusaciones eran reales. Grabamos más de cincuenta testimonios coincidentes, de los que pusimos al aire por motivos de espacio únicamente trece. Fue la investigación que nunca hubiéramos querido publicar: “Yo, Grassi”.

El abuso sexual es uno de los crímenes más difíciles de denunciar y de probar. No hay, como en la violación, fluidos corporales, hematomas, rastros físicos. Las heridas son indelebles pero invisibles a los ojos. El victimario por lo general es una persona cercana a la víctima, respetada, querida por ella. No usa la violencia, sino la seducción. El abusado está desvalido, débil, aislado. El abusador lo privilegia, lo hace sentir especial. Por eso cuesta tanto que una víctima hable. Se siente avergonzada, herida, pero también culpable de haber aceptado los halagos, los regalos, las ventajas. “Tendría que haber dicho que ‘no’ con firmeza y no lo hice”, dicen después de muchos años adultos que fueron abusados en su infancia. Cuando la víctima es un varón abusado por otro, el estigma de ser considerado homosexual también pesa.

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En el caso de las víctimas de Grassi, todo este drama se refuerza porque se trata de niños en situación de calle, que dependían para todo del cura: techo, comida, educación. Vivín en una institución cerrada, donde no se promovía la vinculación con el afuera, al contrario de lo que marcan las tendencias en políticas para los chicos institucionalizados. La Fundación, presentada como un paraíso terrenal, en realidad era un fracaso desde ese punto de vista. Nunca se promovió la externación de los chicos y se publicitaba por el contrario que cada vez había más niños. Dos mil, tres mil, seis mil… Eran los pobres producidos por la política económica de Domingo Cavallo, el mismo que, en un gesto paradójico le había donado a Grassi las hectáreas para asentar su organización…

Las víctimas de abuso sexual en la escuela hablan o muestran síntomas en el seno de la familia. Los que son abusados por sus familiares despiertan alertas en la escuela. Pero, ¿con quién iban a sincerarse los abusados por Grassi, si dormían y estudiaban puertas adentro de la fundación de su abusador? Un abusador que no era todopoderoso solo allí adentro, sino que también brillaba en el afuera.

Grassi, en la última audiencia, estuvo lejos de ser el curita manso y bonachón que todos conocían. Mostró otra cara. Iracundo, lanzó acusaciones a diestra y siniestra. El condenado cometió una gaffe cuando renegó de ser considerado un abusador serial por el abogado Juan Pablo Gallego. “Sólo me comprobaron dos casos”, dijo. Responsabilizó de su desgracia al fiscal general Nieva Woodgate y lo acusó de culpable de crímenes de lesa humanidad. Independientemente de la investigación que deberá llevar adelante la Justicia sobre el pasado del veterano fiscal, el recurso de Grassi se desmorona cuando se advierte que fue la Abuela de Plaza de Mayo Estela de Carlotto la que más vehementemente pidió prisión efectiva para el cura, después de haber provisto apoyo y representación para las víctimas a través del Comité de Seguimiento de los Derechos del Niño que preside y que fue admitido como querellante.

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Grassi está preso, como merece. Pero la reparación llegó solamente para una de sus víctimas, que tal vez ahora pueda superar el trauma. Las otras dos, que también se atrevieron a confrontarlo con la verdad, no obtuvieron respuesta de la Justicia. Ya son hombres, y con dificultad tratan de rearmar sus vidas después de un huracán. Uno de ellos estuvo defendiéndolo por televisión en aquel programa de la noche de la fuga, cuando tenía quince años. Cuatro años después, sin embargo, golpeó la puerta de la fiscalía para acusarlo.

Los procesos de denuncia de las víctimas de abuso sexual son duros, lentos, personales y contradictorios. No se puede establecer cuánto tiempo les es necesario para reunir fuerzas. Un hombre de 64 años dejó un mensaje en el contestador la noche del informe, llorando. Él y su hermano habían sido abusados por un cura en el colegio, a los diez años, y era la primera vez que lo contaba. Los niños abusados en México por el creador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, hablaron cuando ya eran abuelos. El abuso sexual de menores tiene que ser declarado imprescriptible. Ojalá lo ocurrido esta semana sirva para que alguien tome la decisión necesaria.

En una carta que entregó en la Nunciatura, Gabriel le pidió al Papa que le dé “su compasión y le ayude a recuperar la fe. Quizás la condena del Papa Francisco a la pedofilia y la prisión de Grassi sirvan para que los que todavía callan, finalmente hablen. Amén.

Nota publicada en Miradas al Sur

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