Las escuelas mendocinas comienzan a adaptarse a una nueva metodología para redefinir roles y trabajar en la igualdad de género. Para ello se usan estrategias a través de una literatura infantil y otras actividades en clase, pero también apuntan a cambiar desde la base. Por eso desde el Programa Provincial de Educación Sexual de la DGE promueven abandonar “el rosa y el celeste” para diferenciar géneros, que se construyan baños mixtos en las escuelas y que las filas sean también para niños y niñas.

La finalidad es demostrar que tanto los niños como las niñas pueden escogen qué lugar quieren ocupar dentro de la sociedad. A esto se suma la enseñanza progresiva de educación sexual, que permite introducir conceptos de autocuidado, pautas de relación, privacidad y protección. Incluso desde los manuales se promueven cambios. En la primaria, por ejemplo, uno de los cuentos propuestos da vuelta la clásica historia de Disney. En ese caso es la princesa la que rescata al príncipe.

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De pequeños, tanto los niños como las niñas son clasificados por sus padres de acuerdo a actividades que consideran propia de su género. De este modo, las niñas se visten de rosado, “juegan” a que realizan tareas domésticas y sueñan con ser como las princesas de los cuentos. Del mismo modo, los varones se visten con la camiseta del club de preferencia de su padre y son educados para ser los “jefes” del hogar y trabajar para mantener a la familia.

La psicóloga Ana Laura Roitman, miembro del equipo técnico del Programa Provincial de Educación Sexual de la Dirección General de Escuelas, explica que a partir de la aplicación de la Ley 26.150 de Educación Sexual Integral se ha comenzado a trabajar en las aulas con contenidos que rompen los estereotipos fijados por la sociedad patriarcal.

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La idea es que los más pequeños aprendan que la cultura actual ha llevado a que los roles ya no sean exclusivos para un solo género y que las actividades son compartidas tanto dentro del hogar como el mundo laboral.

Para esto, se han introducido modificaciones para dejar de lado viejas normas escolares como la formación en filas de nenes y nenas antes de entrar al aula. “También se ha eliminado el concepto de que el color rosado es para nenas y el celeste para varones, por lo que cualquiera puede usar el que más le guste para hacer sus tareas escolares”, explica la psicóloga.

Otra práctica que se realiza desde el nivel inicial es el reconocimiento de los denominados “rincones del hogar”, que de acuerdo a las actividades que se lleven a cabo eran conocidos antiguamente como el “rincón de la mamá” si se trataba de labores domésticas o el “rincón de papá”, en el caso de actividades laborales. “Ahora lo que se busca es que puedan reconocer las actividades sin atribuirlas a un género, sino que tanto niños como niñas se puedan sentir libres para tomar uno u otro rol, de acuerdo a sus gustos y preferencias”, argumenta.

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El trabajo se complementa con la enseñanza de pautas de relación, normas de autocuidado, nociones de privacidad (qué se muestra y qué no), y el reconocimiento de los límites. “Muchas veces los familiares responden con temores y preconceptos de lo que implica la educación sexual en las escuelas, pero estos preconceptos son derribados cuando los docentes les explican las actividades que se realizan en clase”, explica Roitman.

Fuente: DV

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