Es una verdad comprobada, acá o en cualquier rincón del mundo que siempre un cambio acarrea nuevos hábitos. Hasta en la cultura de nuestras mentes cambiamos. Todo te traza desde que uno comienza a vivir una nueva era. Nuevos desafíos. Nuevos días de un nuevo año. La cosa va cambiando.  

La palabra cambio fue nombrada en este 2015 tantas veces como los te amo de una pareja promedio argentina. Fue tendencia en Twitter, Facebook o cualquier otra red con millones de seguidores. Bastaba hablar de un cambio para que alguien opine. Así pasamos mucho tiempo tratando de discutir sobre lo que no sabemos y dejamos atrás una palabra tan importante como esa: cambiar.

Tiene un peso específico decir cambiemos. Cambiar de casa, de dvd, de auto, de peluquero, de presidente, de gobernador, de verdulero, de psicólogo. Cualquier cosa que reemplacemos, sustituyamos o descartamos por otra es un cambio. A nuestra conveniencia, por supuesto. A veces, algunos no tienen opción. Otras están peor que hace un año. Piensan que el 2016 será mejor.

Hay otras cosas. El clima por ejemplo, ese cambia a cada instante. Sino es la niña es el niño. Pero la naturaleza pasa facturas con terremotos, tsunamis, inundaciones o seis u 7 elecciones en un año.

El medio ambiente está cambiando. Más que eso, lo están manipulando. Están explotando montañas por un anillo de oro. Envenenan pueblos por orden de grandes corporaciones. Ahí también si hay un cambio: las cuentan bancarias de las empresas crecen, aún en crisis.

Tanto cambió el mundo que en vez de ver aguas claras en mares u océanos, vemos al negro petróleo tiñendo el agua. Más grave es cuándo pensamos que son delfines los que se acercan con las mareas y en realidad son niños de unos cinco años que flotan muertos. Vienen de Siria, de Turquía o de dónde sea. Vaya si todo está cambiando.

Los humanos estamos dejando eso para convertirnos solo en seres. Sin sentidos ni sentimientos. Manteniendo estatus de mentiras. Manteniendo cambios que no existen. En fin, cambiando para mal. O por lo menos eso parece. Sino no se explica que festejar una democracia también, se trata de esperar saber dónde se pasará una batuta para dirigir a millones de personas. Al final sí, se está cambiando. Pero para mal. Y en eso no tiene que ver el PRO, ni Cristina, ni la UCR, ni los votos en blanco de Del Caño. Va más allá de eso. Más lejos llega el cambio que realmente puede darse.

Cuándo la crispación, la violencia verbal diaria, los piropos violadores a mujeres en las calles y las bocinas en el semáforo en rojo terminen de ser un cotidiano en esta hermosa ciudad, tal vez podremos cambiar. Siempre hay una segunda oportunidad.
La de perdonar, la de querer, la de escuchar más puede ser el cambio. Sin ser moralistas tampoco, pero si activistas de las mejores acciones que podemos llevar a cabo. La de juntarse con mate de por medio antes que un emoji del WhatsApp cambie todo.

Es evidente que un cambio, también, implica ver de otra manera. En nuestra provincia, cada uno la ve distinta. Desde el estatal que cobra tarde o el vecino de Guaymallén que se acuerda de las últimas gestiones municipales cuándo transita las calles llenas de baches en su barrio. Mendoza está complicada, pero si algo del slogan de gestión de Pérez tiene razón es que su propio pueblo tiene el espíritu para que vuelva a ser no solo la ciudad más limpia del país, sino la más solidaria y más inclusiva de Argentina. Nos hace falta dejar atrás los cambios de fachadas y de remeras para comenzar a entender que los gobiernos también se sostienen por la importancia que les da el mismo pueblo que los votó.

Desde mañana ya tenemos un gobernador nuevo dentro de esta tierra cuyana. Al igual que otras provincias más. También un presidente. Pero el cambio no está ahí. Está en lo que nosotros podemos aportar sinceramente al suelo dónde dormimos. Sino, unas vacaciones, un auto, un Smart, el delivery o la selfie no hacen la diferencia de querer cambiar. Tal vez, ese concepto de cambio tiene un peso específico que trascienda años de gestión de políticos de turnos y perduren. Por los menos un siglo.

Escribe: Marcelo Castro Fonzalida

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