Hasta ahora se usaban técnicas basadas en la pérdida progresiva de temperatura del cadáver pero han demostrado que no son tan precisas como la medición de bacterias del acné. Lectores jóvenes de Neoteo, tengan cuidado de no cometer crímenes o les van a cazar por sus granujientas caras de cráter.

Esta noticia se presta a la chanza y al morbo a partes iguales. Resulta chocante mezclar algo tan violento como la muerte y su relación con las bacterias del acné. Pero los estudios que ha realizado la bióloga Isabel Fernández Corcobado, no pueden ser más serios pues ha realizado un descubrimiento que puede revolucionar la criminología mundial. El estudio lo ha llevado a cabo dentro del marco de su tesis doctoral sobre termomicrobiología forense. De entre los 90 billones de bacterias que habitan en nuestro cuerpo, la experta decidió usar la Propionibacterium acnes por su menor riesgo biológico y peligrosidad en el laboratorio. No sabemos si eligió esta especie por motivos personales (quizá sufrió mucho en su adolescencia) o por pura intuición, pero el caso es que la doctora ha encontrado un indicador fiable de la muerte de un ser humano que supera en precisión a todo lo conocido hasta ahora.

Los investigadores sometieron a observación la piel de 40 personas vivos y 29 cadáveres procedentes Instituto de Medicina Legal de Granada, llegando a la conclusión de que la técnica funcionaba casi con la exactitud de un reloj. ¡Ojo! No se trata de una técnica que sólo se pueda usar con los adolescentes que tienen la cara llena de granos. Las bacterias del acné común se encuentran en la piel de todas las personas, lo que sucede es que no consiguen activarse como la misma virulencia que en los púberes, pero nada más. La técnica vale para cualquier ser humano que tenga piel y que respire (y luego deje de hacerlo).

¿Cómo funciona? La técnica se basa en el crecimiento de la población bacterial una vez se ha producido el fallecimiento. Los científicos comprobaron que hasta las 12 horas del deceso, la cantidad de bacterias aumentaba de modo proporcional según el tiempo transcurrido. A partir de ahí la colonia comienza a decrecer. Por tanto, conociendo el patrón y los datos temporales registrados en el certificado de defunción, la doctora Fernández pudo determinar la hora de la muerte con un 97 % de fiabilidad, varios puntos por encima de los métodos tradicionales. Pero además, esta bacteria tan odiada por los adolescentes, les regaló otra sorpresa al equipo de investigación.

No sólo se podía deducir la hora de la muerte con enorme precisión sino que además, el comportamiento demográfico de las Propionibacterium acnes mostraba el tipo de muerte que había padecido la persona.

Si la muerte había sido natural presentaban más bacterias y de crecimiento más rápido que los que habían fallecido en un accidente o de forma violenta. ”De la pura observación vimos diferencias entre los tres parámetros (número de nuevas generaciones, velocidad de crecimiento y tiempo de generación) de la población bacteriana en función del tipo de muerte”, explica la bióloga. Además, la doctora ha sido pionera en el uso de cámaras infrarrojas para determinar la pérdida de calor y asociarla a la hora del fallecimiento. Ambas técnicas han demostrado su fiabilidad y han coincidido en la datación del momento de la muerte.

A pesar de la espectacularidad del hallazgo y de la importancia de la técnica desarrollada, la científica se queja de que no hay dinero para seguir investigando: “las empresas privadas buscan un beneficio económico inmediato y las administraciones públicas, con la crisis, dedican las subvenciones a otros asuntos”, lamenta esta bióloga que, de un solo golpe, ha propuesto dos nuevos métodos con bacterias y cámaras infrarrojas para saber la hora del fin.

Estamos seguros que si se enteran los del CSI no van a dudar en patrocinar al equipo de investigación con todos sus recursos. Mucho cuidado con Grisson cuando le veas mirarte con atención ese granito que te afea la jeta desde hace un par de días.

Fuente: NeoTEO

 

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