Hábitos

Por Emilio Vera Da Souza

Hace ya algún tiempo, dos reconocidas instituciones dedicadas a los estudios sociales realizaron un estudio con el fin de revelar los hábitos de los periodistas.

El trabajo concluyó que los trabajadores de prensa están más frente a la pantalla de la computadora que en la calle testimoniando la realidad o siendo parte de ella, y que a la mayoría de los esclavos de la tinta y el papel, les gusta y prefieren las entrevistas personales a participar de conferencias de prensa o transcribir comunicados emitidos por las oficinas de prensa y propaganda. Ahora les llaman o se autotitulan ”comunicadores sociales”, aunque en mérito a la síntesis y al poco espacio, nosotros nos referiremos a los que son objeto de este estudio simplemente como ”periodistas”. El estudio continúa. Los periodistas trabajan a tiempo completo. Aunque no estén dentro del horario de trabajo, igual piensan y actúan como si estuvieran trabajando. Los periodistas trabajan contra reloj. Apresurados por entregar el material a la hora de cierre en los medios gráficos, por el inicio del noticiero en las radios o por obtener un tiempo para editar en los canales de TV. En casi todos los casos los periodistas dijeron que trabajan 12 horas diarias o más, inclusive los fines de semana, feriados, durante los viajes y hasta en sus propias vacaciones.

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Casi todos los consultados, bajo la protección del anonimato, dijeron que se sienten presionados, que los honorarios que cobran por sus tareas no les alcanza, que siempre esperan ser tenidos en cuenta por sus jefes a la hora de un ascenso, y por sus pares y el público cuando hay algún reconocimiento o premio a la trayectoria. Los periodistas se quejan de las herramientas de trabajo, de grabadores que no funcionan, pilas que se agotan, computadoras que se mueren con el trabajo sin terminar, cámaras que empalidecen los colores, biromes que no escriben, cuadernos que se pierden, celulares sin señal y tarjetas de crédito sin crédito. Los periodistas dicen que se cansan más que otras personas dedicadas a otras tareas, inclusive aquellas en las que deben poner más el cuerpo. Lo adjudican a los extraños horarios, los malos hábitos alimentarios, los viajes sin suficiente programación y la ingesta de cantidades exorbitantes de café y en bastantes casos al tabaquismo.

De las relaciones que tiene que establecer un periodista con otras personas, la mayoría se queja de que tienen que tratar con políticos que no salen del discurso programado por asesores y respaldado por encuestadores para obtener las preferencias de la ciudadanía. También se quejan de los técnicos y científicos que hablan en una jerga incomprensible, que luego debe traducirse al público, y de los artistas que deben ser entrevistados desde la altura tan alta como su ego y de esta que es inalcanzable. Los periodistas, según el largo informe, ven poco a su familia, visitan sólo algunas veces a sus padres, pasados los 45 años suelen sufrir de enfermedades coronarias o vinculadas al estrés, la mala alimentación y el sedentarismo.

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Es considerada la profesión con más altos índices de divorcio, en segundo lugar después de los médicos, y con más riesgo de muerte luego de los buscadores de cangrejos de Alaska. Sin embargo, y para mitigar tanto dato negativo, el estudio revela que frente a la opción de cambiar de trabajo, salvo un caso, todos eligieron continuar en la misma tarea profesional. Los periodistas quieren a su profesión. Piensan, como García Márquez, que es el mejor oficio del mundo. Aman los horarios descuajeringados. Intentan permanentemente (y algunos lo logran) escribir algún libro. Otros se divierten cuando cuentan anécdotas inclusive aunque el público se dé cuenta de las exageraciones, habitual e injustamente atribuidas sólo a los pescadores.

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Los periodistas prefieren a las mujeres más hermosas y, aunque estas no les correspondan, insisten en enamorarse a pesar de saber que los amores contrariados no llevan más que a la desilusión y a las reuniones de colegas al finalizar la jornada laboral. A pesar de todo, los periodistas disfrutan de comer los mejores manjares. Prefieren tres porciones de la mozzarella de ”Capri” con un chop de cerveza, que un menú gourmet en los jardines del palacio de Versalles. Es más sabroso el lomo de Don Claudio, ”el primero de ayer, el primero de hoy”, o las picadas a las tres de la mañana del ”Ebano” de calle Colón. Mejor el pechito con manta al horno con papas y malbec de ”El Zócalo de la Cuarta”, que la cocina molecular que sirve Ferran Adrià en ”El Bulli de Barcelona”. El estudio incluye casos más cercanos. Luego de dos breves preguntas, la respuesta obtenida indica que nuestros colegas no cambian los seis años de hacer cotidianamente Diario Jornada por ninguna corresponsalía de la CNN o el más grande escritorio del influyente Washington Post.

Fuente: Diario Jornada de Mendoza

 

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