Por Emilio Vera Da Souza
(everadasouza@gmail.com)

 

Lo primero que recuerdo es que en la casa de mis viejos, allá por el final de la dictadura militar (años 1981 u 1982) a la Beba se le ocurrió pedir el teléfono. Pasaba que con tantos de familia era casi imposible organizar horarios de comidas, satisfacer los incompatibles gustos de todos, hacer algunas tareas laborales, otorgar permisos a la distancia para quedarse a dormir en casa de compañeros o tíos y principalmente permitía a los hijos -mis hermanos y yo- dar excusas lejanas a la hora de una demora impensada.

En síntesis: el teléfono serviría para satisfacer la necesidad de informar sobre urgencias, eliminar inseguridades, comunicar imprevistos. Cuando no había teléfono -en la mayoría de las casas y en casi todos los casos- no quedaba más remedio que llegar a tiempo a casa, no aceptar invitaciones imprevistas, o conseguir a alguien que llevara un mensaje urgente, desde el centro de la Ciudad de Mendoza al Barrio Fuchs, en los límites de Godoy Cruz, cuando Palmares era nada más que una finca de viñas y cerezos.

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En ese entonces había una sola empresa la CAT (Compañía Argentina de Teléfonos de origen europeo) que se demoró casi dos años en satisfacer la pretensión familiar. Cuando colocaron el aparato gris, pensamos que todos nuestros problemas de comunicación se arreglarían. Ingenuos nosotros. Con el tiempo pudimos darnos cuenta que ese era el comienzo de una carrera interminable.

 

Al aparato gris hubo que agregarle una cajita chica con una cerradura que servía para bloquear las llamadas a larga distancia ya que extrañamente la factura de la compañía telefónica era más abultada que la del supermercado.

 

 
Al poco tiempo, el Pelucho, consiguió un aparato extrañísimo que nos serviría para un futuro no tan cercano. Funcionaba de la siguiente manera: por una ranura del frente se colocaba un papel, se marcaba el número del destinatario y si tenia otro aparato igual -sólo así-, recibía una copia del papel que nosotros teníamos. Como si fuera una fotocopiadora a la distancia. Teníamos un fax.

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No nos sirvió de mucho en ese momento: nadie conocido tenía semejante trasto.

 

 
Así pasaron los días y los meses hasta contar años. Cada miembro de la familia pasó  a tener sus propias obligaciones fuera de casa y nadie atendía el teléfono. Nos compramos la secretaria perfecta que atendía las llamadas por nosotros. Se llamaba Contestadora Automática. Todo bien al principio. Eficiente, barata y con pocos botones. A las semanas se tragaba las cintas y los mensajes parecían las grabaciones diabólicas de los Beatles cuando se escucha al revés el Álbum Blanco o la Banda de Corazones Solitarios del Sargento Pimienta. Quedó archivada la contestadora.

 

 
La era de la computación llego a casa y entonces conectamos la más actualizada 586 a un modem que nos permitía acceder a las bases de datos de todo el mundo en instantes. Pero nadie en el barrio necesitaba datos de, por ejemplo, la última cotización del oro sudafricano en la bolsa de Tokio. Había que tener paciencia y esperar que se inventara la internet. Allí nos llegó el correo electrónico y el chat. Simultáneamente, los primeros aparatos celulares llegaban a Mendoza con el número 0666 y cinco dígitos más. Andábamos tan felices con esos pesados y gigantes ladrillos negros en las valijas llamando a primos lejanos y a novias demasiado cercanas. Cambió la tecnología y el celular se achicó pero las posibilidades de comunicación se agrandaron. Correo de texto en la pantalla, mensajes de voz en la casilla, posibilidad de mandar fotos y música; todo eso siempre y cuando la señal de la antena nos permitiera el servicio. Todas las posibilidades juntas de la comunicación accesible para cualquiera, por unos pocos pesos…

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Habíamos llegado tan lejos, pero el tiempo fue inexorable. Las líneas estaban tan ocupadas como nosotros en asuntos tan importantes, que la Beba se cansó de esperar esa llamada. Hoy ya no está. Se fue sin dejar mensaje.  
 

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