Hacía 20 años que Adriana Kozub no pisaba suelo mendocino y mucho tiempo más desde la infancia que dejó atrás cuando un buen día sus padres partieron junto a ella y su hermano rumbo a un cambio de vida en Buenos Aires.

La finca de sus abuelos en General Alvear, los pequeños pies descalzos, el cambio de temperatura en la piel cuando hundía los dedos en la tierra, los árboles, el cielo abierto y la naturaleza vuelven este mediodía al brillo de sus ojos, cuando recuerda su niñez en la provincia ahora que el ciclo vuelve a pasar por el mismo lugar: Mendoza.

“Hasta los 18, 19 años volví siempre aquí porque una parte de mí no se podía separar, entonces los tres meses de vacaciones me los pasaba en el campo con mi familia y andaba sola por los surcos buscando cosas, algo que todavía conservo. Si yo no hubiera nacido aquí no guardaría los recuerdos que guardo ni sería quien soy. Revivo mi infancia, en algún punto, como la posibilidad de todo”, dice la artista nacida en Mendoza, crecida en Buenos Aires y radicada en la Ciudad de México, ahora sentada en medio de la sala principal del Subsuelo del ECA, donde expone las obras que integran la muestra “Corte Carré” hasta el 10 de agosto.

-¿El arte es de algún modo eso para vos: la posibilidad de todo?    

-Sí. No me había puesto a pensarlo pero sí. Revivo un poco esa sensación de espacio. Cuando materializo las obras en mi estudio, porque siempre estoy conectada con lo que hago, inclusive cuando duermo, entro en una especie de contacto con todo, donde las cosas no son fáciles pero son posibles con esfuerzo y eso me da cierta liviandad para avanzar.

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Adriana Kozub busca una a una las palabras, con delicadeza y precisión. Ese modo consciente de comunicar en la oralidad se traduce con sutileza a su obra, donde el realismo -por momentos- y lo figurativo -de modo permanente-, dejan entrever algunas de sus reflexiones entre lienzos pintados en óleo, objetos intervenidos y cabellos encapsulados en tela.

Formada en dibujo y pintura en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, en Buenos Aires, y más tarde en México y España junto a maestros como Gilberto Aceves Navarro, Tomás Parra, Luis Nishizawa, Damaris Ceres o Cristina Ballesteros, sumó al aprendizaje plástico talleres de teatro y cine gracias a los cuales exploró en la performance y la acción.

“Mi obra tiene mucho que ver con la condición humana, con la que a veces me deprimo ante las cosas que ocurren. Entonces me pregunto, desde este punto minúsculo que me toca habitar en el Universo, dónde me voy a ubicar. Y es circular, siempre vuelvo a este tipo de pensamientos, pero vuelvo renovada. Siento que eso es el arte: la posibilidad de algo; no una respuesta sino más bien una pregunta y el juego de estar buscando la respuesta”.

En “Corte Carré” los materiales que utiliza son cabellos encapsulados de distintas personas, incluido el suyo, como un abanico simbólico de significados ligados a la genética, la resistencia, la memoria y el afecto.

“Siento que son líneas que nos interconectan como seres vinculados y vinculantes en un espacio”, dice. Es entonces el cabello en el contexto actual, una manera, un elemento, un canal, un puente material para llegar a otros aspectos: “Recordar que ahí estamos, que todo es una decisión, que no hay nada impuesto, que podemos elegir vincularnos o no pero respetando las diferencias de que el otro es como es y no ir al encuentro violento y destructivo de lo que no conozco, de lo que no me gusta o de lo que no es igual a mí”. 

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-¿Por qué decidiste quedarte en México?

-En realidad fui 10 días a filmar un comercial a Chiapas y esos paisajes mágicos y su gente me dejaron encantada. Cuando empecé a conocer un poco más de México decidí que era mi lugar y no regresé.

Adriana tenía 26 años. Vive en el mismo barrio desde entonces, Colonia Condesa, una zona que creció a la par de su crecimiento como artista. En ese continuo proceso en el que se siente inmersa, la obra es sólo un canal, un medio, y lo que importa es el diálogo con los otros, el conocimiento de otras maneras de sentir y vivir que alteran y amplían su búsqueda.

En este regreso a Mendoza y por una estadía de un mes y medio, se detuvo a reencontrarse con los lazos que quedaron invisibles tanto tiempo atrás. En las calles encontró también los signos del pasado y la sensación directa del paisaje, las acequias, las montañas y las viñas. Este punto en que todo converge le da sentido al círculo vital del que habla en el momento presente.

-¿De qué se nutre tu obra?     

-De todo lo que vi en mi vida, de la gente con la que me crucé, a quienes les hablé, a quienes quise hablarles y no les hablé, a quienes vi de reojo, a quienes vi de frente, libros de los que recuerdo la esencia pero no sus títulos y que impregnaron en mí, lecturas que busco, lecturas que me encuentran a mí y detonan, otros artistas, sentarme en un banco en un parque a no hacer nada, ver una hormiga pasar; todo, literalmente todo.

-¿Por qué “Corte Carré”?

-Hace unos años empecé a recolectar mi propio cabello sin saber que lo que estaba recolectando eran más que fibras naturales. Ese rastro genético es también un rastro de tiempo, memoria y resistencia.

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La producción de “Corte Carré” se vincula a la simbología que contiene este material, a través de ella exploro la resiliencia de los seres humanos y los lazos visibles e invisibles que nos interconectan. En cada pieza que realizo se une la identidad de personas anónimas entre sí que, sin saberlo, están ligadas por una parte de ellos mismos.

En la anatomía de los rostros y cuerpos se refleja una ausencia perimetral; incompletos ante la idea de estar en un proceso de reconstrucción continuo. Me interesa indagar en lo inmaterial del hombre a través de la materia; vacíos emocionales y añoranza de lo que no fue.

En un mundo saturado de distracciones en el que los procesos de pensamiento mediatizados se inclinan a la concepción del Ser humano como objeto de consumo, quiero evocar la vida e invitar a que nos detengamos a observar y habitar el silencio que nos acerca a la memoria de quienes somos.
 
Bicentenario en el ECA

En el Espacio Contemporáneo de Arte, 9 de julio y Gutiérrez de Ciudad, también se exhiben las obras seleccionadas en el Salón de Pintura de Gran Formato con motivo del Bicentenario de la Independencia y una serie de murales callejeros que aluden a la temática y se encuentran emplazados en el frente del edificio.

Además se presenta la muestra itinerante de afiches “Arte Único”, con trabajos de todo el país, y la exhibición de fotografías “Vasta intimidad” de Marcelo Piazzoli, un imperdible recorrido en imágenes en el que el autor contrasta el paisaje local con lo íntimo del individuo entre luces y sombras. Abierto de lunes a sábados de 10 a 20, domingos de 16 a 20. Teléfono: 4252543.

Fuente: Los Andes

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