El hombre judicializado
Entrevista a Rolando López, autor de la novela “Hasta que vuelva a tenerte”. Un padre separado de su hija por un trágico y eterno litigio judicial le encarga a un periodista que escriba un libro con su historia. En el camino, el caso testigo cede su lugar a la ficción y así es como aparece en forma de novela el último libro de Rolando López.
-Hablemos de tu rol, el del escritor que se presta a ayudar a un hombre separado de su hija y termina escribiendo una novela con ritmo de thriller psicológico. Si bien nada en la trama indica que se trate de una autobiografía, intuyo que pudo haber influido una dosis de identificación entre el protagonista real y el narrador que también es un hombre separado y con una hija…
-El trabajo nace a partir de un libro por encargo pagado por quien, dice, ser víctima de una injusticia: su esposa lo acusa de abusar de la hija de ambos y él asegura que la denuncia es falsa. El hombre, que es contador, me dice que él quiere dejar por escrito lo que padece por esos días pero que no está en condiciones anímicas de hacerlo: por eso me ofrece un dinero para que yo lo escuche y escriba la historia. Luego, con el escrito terminado, el contador decide no publicarlo pero me deja la libertad de trabajar con algo de ficción la historia. De eso nace la novela. En cuanto a que yo tengo una hija y fui un padre separado, no hizo que me sintiera identificado (por suerte nunca tuve que vivir algo parecido). Se me hace que sólo las personas que están en ese trance sabe de qué se trata: mi tarea, en todo caso, fue meterme en la cabeza del protagonista que de pronto comienza a vivir algo para lo que no estaba preparado: un mundo sórdido y feo como es el ser un objeto judicializado. Es decir que no hubo una identificación de género: creo que hubiera escrito lo mismo si una mujer era la protagonista.
-En la vida del protagonista hay algo que no es normal pese a las apariencias. Una suerte de automatismo que, paradójicamente, no se revela hasta que da comienza el calvario del extraño accidente y la falsa denuncia. Tampoco parece ser motivo de análisis con el terapeuta durante la batalla judicial. ¿Cuál es la razón por la que no entraste en ese terreno un tanto falto de autoanálisis?
-No ingresé en ese tema porque no soy especialista en abuso sexual ni en minoridad ni en Justicia de Menores. De ese modo estaríamos hablando de un libro "especializado". Voy más a la historia del ser humano común y corriente que tiene que experimentar algo que no espera y que carece de experiencia. La novela no sólo habla de lo que le pasa al protagonista con su hija -eso en todo caso es una excusa-: ya que están remarcados temas como la soledad, la hipocresía, la violencia de género, lo implacable que el Poder Judicial Argentino que llega a jugar con las personas sin ningún tipo de pruritos.
-Respecto de publicar la historia. Se hace inevitable el tono de denuncia por la burocracia y las personas que claramente la encarnan en el peor sentido. ¿Por qué no dar los nombres reales?
- El hecho de cambiar los nombres de los protagonistas tiene que ver con que en su momento los más de los mencionados no tenían interés en salir en la novela; que el mismo protagonista me lo pidió y porque los jueces, fiscales y abogados son muy proclives a iniciar demandas contra los periodistas cuando no salen pintados del modo que ellos desean. En realidad se cambiaron los nombres para evitar futuras demandas: además me lo aconsejó un abogado. Y reitero, no es un libro de denuncia, por más que las haya.
-Has pensado qué habría sido del calvario del protagonista si en vez de contador, escritor, conferencista, etc, se hubiese tratado por ejemplo, de un albañil, es decir un hombre sin estudios ni recursos como para contratar abogados o psicólogos que bien lo asesoren…
-Obviamente que sí lo pensé. Si el protagonista hubiese sido un verdulero de barrio, todo su proceso hubiese sido más lento. En este plano se da lo que en todo momento: si no tenés dinero para "mover un expediente" (pagar un abogado especializado), lo tuyo va a ir al ritmo de un caracol de jardín. Otro tanto sucede con quienes no cuentan con contactos políticos y judiciales. A esos les va mucho peor: lo que a un contador le lleva dos meses, a un verdulero le lleva seis, porque no lo queda más que recurrir a un defensor de pobres y ausentes; eso lo comprobé con la novela.
Por María Eva Guevara



