Imprimía unas páginas con argumentos contra una ley cuando llegó el mensaje de texto de mi tío. Esa noche, la Cámara de Diputados estaba animada: el poder ejecutivo había enviado una serie de medidas que afectarían al poder judicial y todos los diputados, a favor y en contra, querían lucirse. Las calles de los alrededores estaban desiertas, lo que hacía que resaltaran aún más las luces de los camiones de exteriores que transmitían en vivo cada detalle para los principales canales de noticias

Esa noche era una más de la mayor parte de las noches de sesión que pasábamos en el Congreso, donde se monta una escenografía y se representa una obra que se ha escrito de antemano en la semana. Porque en los pasillos diurnos es donde se trabajan y se discuten las leyes en serio; las noches de sesión son solo el desenlace con pompa y circunstancia. En esa suerte de teatro trabajaba como asesora desde hacía más de cuatro años. Estaba terminando de cerrar unas líneas para sumar a los discursos de los diputados para los que trabajaba, cuando llegó el ”a tu mamá la asaltaron”desde el teléfono celular de mi tío Amílcar, hermano de mamá.

Hacía más de quince de años que había dejado la casa familiar en el conurbano bonaerense para vivir en Capital Federal. No era de sentirme en casa en esa casa, salvo las tardes de sábado en las que el sol se filtraba por entre las cortinas de lino teñidas con té, y bañaban todo de un tono amable. Atiné a contestar ”voy” y me paralicé por segundos. ¿Qué hacer? ¿A quién recurrir? Ya me había olvidado de la última vez que había tenido un novio a quien llamar, mi tío Amílcar cuidaba de mi abuela viuda, mis amigos vivían lejos. Carlos, uno de los abogados que trabaja conmigo en la oficina, me dijo: ”Andá, Caro, yo aviso acá”. Ese fue el empujón que me faltaba para asumir que, una vez más, estaba sola para decidir y hacer. Bajé los siete pisos que me separaban de la calle revisando la cartera. Tenía las llaves de la casa de mi mamá pero nada de dinero. Calculé que no solo debería pagar un remís que me llevara sino también un cerrajero y algunos medicamentos, ya que mi mamá aparentemente estaba golpeada y esperaba en lo de una vecina que la había socorrido.

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Llegué al banco de la esquina donde el cajero automático denegó mi tarjeta. ”No funciona, ya le pasó a varios”, me dijo el linyera que se protegía de la noche entre las máquinas. Salí y miré para los cuatro lados, no había nadie en la calle. Respiré profundo y recordé que en mi departamento tenía algo de efectivo guardado. Por Callao vi asomarse una luz roja. Un taxi. Estiré el brazo y me subí, indicándole las coordenadas.

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El habitáculo cerrado y el silencio del conductor me ayudaron a concentrarme. ”Hacé foco”, me repetía, mientras me tragaba la angustia. Busqué en la memoria del celular y llamé a la comisaría del barrio. Me atendieron rápido. Comenté lo que había pasado, le di la dirección de mi mamá al operador y le pedí que enviara un patrullero. ”La asaltaron al entrar, se llevaron las llaves y está con su vecina, las dos son solas, están asustadas”, imploré. Corté. Los reflejos azulados de las torres de Retiro indicaban que ya llegaba a mi casa. El taxista habló por primera vez. ”Conozco el barrio para el que va, ¿quiere que la lleve?”. La voz no me dijo nada, sonó operativa, justo lo que necesitaba.

Pensé un instante: ¿Conseguir un auto que quiera encarar a esta hora de la noche un viaje a provincia? ”Espéreme acá que subo a buscar algunas cosas y vamos”, le contesté. Agarré una remera, un pantalón y el dinero que guardaba en una bota al fondo del placard. Empujé todo dentro de la misma cartera que traía, le di un beso a la figura de Ganesha que tengo sobre la mesa del recibidor y salí.

A pesar del otoño, aún el aire olía a la madreselva de la terraza vecina mezclada con hollín. El taxi esperaba donde lo había dejado. Subí, me ajusté el cinturón y tomamos la 9 de Julio directo al sur, nos esperaban unos cuarenta y cinco minutos de viaje. En Twitter tipeé un comentario deseándole un lento dolor de huevos al asaltante. El teléfono comenzó a sonar: algunos de los diputados con los que trabajaba, un amigo, mi hermana que recién se enteraba, mi tío Amílcar. Repetí la historia del robo mil veces siempre con tono eficiente y casi distante pero estaba muerta de miedo y angustia. Si le hubiese pasado algo más grave… no podía dejar de pensarlo.

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Pasaron unos veinticinco minutos, los llamados cesaron y se me ocurrió mirar alrededor. El dispensario de Temperley en el que trabajaba la mamá de mi primer novio se asomaba por la ventanilla, estábamos a minutos de mi jardín natal.Entonces miré hacia adelante y me choqué con el rostro del taxista en el espejo retrovisor. No podía creerlo. Cerré los ojos y apreté fuerte los párpados, abrí y volví a mirar. Tenemos los mismos ojos, no había dudas.

Miré de nuevo hacia afuera, se me dio por observar el cielo, no había luna ni una estrella. Respiré hondo y escribí un mensaje de texto a Aki, mi mejor amigo. ”No sabés lo que está pasando: el que maneja el taxi que me lleva a casa es mi viejo”. Treinta años después de la última vez que lo había visto, una tarde de sábado en la puerta de la misma casa a la que ahora volvíamos, me reencontraba con mi papá.

”Taxi. Cómo me encontré con mi papá después de 30 años”, de Carolina Ortega (Reservoir Books).

Fuente: Infobae.com

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