En Roma había unos lugares que eran llamados anfiteatros, como el nuestro que está detrás del Cerro de la Gloria, al oeste del Parque General San Martín, donde se juntaban frente al público los cantantes, bailarines y músicos con sus respectivos instrumentos, para alegría de los asistentes.
¿Porqué lo hacían así? Simple: no tenían discos, ni CD, ni DVD, ni MP3, ni videoclips. Nada. Ninguna forma de reproducir música. Por lo tanto lo importante era tener a los músicos si se quería escuchar melodías, acompañar poemas, danzar o poner algo que sonara de fondo mientras acontecían las historias que interpretaban los actores para regocijo del público. No había ninguna otra forma de entretenerse. Ni pantallas planas, ni internet, ni cine, ni canales satelitales, ni Film And Arts, ni canal Venus, ni PakaPaka, ni Encuentro, ni Espacio Cultural Le Park. Era la orquesta. Eso, o lo que podía acontecer en las alcobas. Pero sin público y sin música de fondo. Había que imaginar bastante si uno se perdía una función de la orquesta.

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Las primeras orquestas clásicas tenían, según cuentan los que saben, por lo menos ocho violines, tres violas, dos violonchelos, un contrabajo y un clavecín, dos flautas, dos oboes y un fagot que eran tocados por los mismos músicos, dos trompetas y dos trompas, dos timbales. Luego los teclados: órganos, claves, pianolas, pianos. Arpas, triángulos, platillos y las mejoras que introducían los avances tecnológicos que permitían desarrollar nuevos instrumentos.
Habían quienes enseñaban a tocar los instrumentos, quienes los fabricaban, quienes los cuidaban y los reparaban. Había compositores y quienes escribían las partituras para que los músicos pudieran leer lo que el autor componía. Directores y ayudantes. Eso, más o menos, sigue igual que ahora.

Así, podemos saber qué cosas pasaban en la historia humana por medio del arte más difundido del mundo: la música.
Y la única forma de sentir las mismas emociones del público de cada época es escuchar eso que las orquestas interpretaban. Ahora hay discos o MP3, pero para meterle algo a los discos o los reproductores electrónicos, antes, siempre previamente, debe haber músicos que toquen para que lo podamos grabar.

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Imaginemos entonces un mundo sin música de fondo. Películas donde la gente habla, se escuchan tiros, frenadas de autos, rotura de vidrios, corridas, platos rotos, explosiones… pero sin nada de música. Imaginemos la radio, cualquier trasmisión de radio, sin música. Imaginemos los actos del 25 de mayo, del 9 de julio, sin himno, sin la Marcha de San Lorenzo, sin la Aurora, sin que nadie cante nada. Imaginemos un mundo donde los únicos sonidos sean los estruendos de los objetos al caerse, al romperse, al golpearse, con truenos, estruendos, chapas que se retuercen, huesos rotos, relojes que hacen tictac, dedos tecleando en las computadoras. Todo sin música de fondo. Imaginemos una reunión festiva, pero sin baile. Imaginemos una escena amorosa, un instante de pasión con la persona deseada, sin ningún acorde.

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Eso es lo que nos pasaría si nos quedáramos en esta comarca sin Orquesta. Por eso. Solo por eso, sería bueno que siguieran tocando. No solo en el Teatro, en las calles también. No solo para los que ya conocen. Para los que nunca antes, para los nuevos, para los más chicos, para los lejanos, para los curiosos, para los enamorados, para los que tienen sentimientos contradictorios, para hacerles mejor la vida. Para los tristes, para los solitarios, para los noctámbulos.
Para eso necesitamos todos los músicos en la Orquesta.
Para tener una vida mejor.
Con música de fondo.

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