Por Martín Omar Aveiro para Mendoza Opina

Pues si bien es cierto que el primer gobierno peronista tuvo una pésima gestión universitaria, cuestión que reconoció el mismo Perón, también lo es que el peronismo no careció de una propuesta estratégica para la educación superior del país. La misma consistía, según las palabras del líder, en ”la conquista más grande” dado que: ”[…] la universidad se llenó de hijos de obreros, donde antes estaba solamente admitido el oligarca. Porque la forma de llevar al oligarca es poner altos aranceles, entonces solamente puede ir el que los paga. Nosotros suprimimos todos los aranceles”.

Es que antes de la irrupción del peronismo subsistían siete antiguos prejuicios en las universidades latinoamericanas, que fueron desarticulados más tarde por el intelectual brasileño Darcy Ribeiro: la educación superior debe ser para una élite y no para las masas; disminuye la calidad conforme se imparte a un mayor número de gente; sólo una proporción mínima es apta (digamos el 0,01 o el 1%); se debe seleccionar a los más aptos; no se debe proporcionar más allá de las posibilidades de empleo; el Estado está gastando demasiado y por eso debe no debe ser gratuita o semigratuita; no se debe querer que todos sean profesionales. Por el contrario, afirmaba Perón: ”Era un crimen que estuviéramos seleccionando materia gris en círculos de 100.000 personas cuando lo podíamos seleccionar en cuatro millones… hubiera salido más abundante”. En el mismo sentido se manifestaba Ribeiro: ”Repetimos varias veces que nuestra meta, aunque lejana, debe ser la de abrir la universidad a la totalidad de los jóvenes de cada generación”.

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El motivo de aquella preocupación tenía sus fundamentos en que para lograr la transformación interna de la universidad, que sirviera a los intereses y las necesidades de la sociedad de la que formaba parte, se imponían una serie de limitaciones. Entre ellas: la circunstancia de ser la universidad más accesible a los hijos – de – familia, cuyas facilidades de vida y correspondientes disponibilidades de tiempo para el estudio, al ir aparejadas con una mejor escolaridad en el nivel medio, hace de ellos los mejores estudiantes. Cuestión que se vincula con que una vez recibidos, por más rebeldía juvenil que hayan manifestado durante su época de cursado, se acomodan a las funciones que les eran prescritas de élite beneficiaria y custodia del viejo orden. Esto sin mencionar aún los graduados que luego tiene la posibilidad de realizar estudios de postgraduación en el exterior. Por ejemplo, existen casos conocidos de quienes emigraron a realizar especializaciones, maestrías o doctorados en universidades españolas, inglesas o estadounidense, y que de regreso a su lugar de origen sirvieron más a esas nacionalidades que a la propia.

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Por eso, se nos hace urgente repensar, nuevamente, el lugar y el servicio que deben prestar los estudios superiores y el conocimiento en una región latinoamericana como la nuestra. Puesto que es imposible desconocer el carácter clasista de la universidad, en tanto institución jerarquizada y jerarquizadora, donde todavía se mantiene una categoría minoritaria de estudiantes socialmente privilegiados, y otra, ampliamente mayoritaria, constituida por el proletariado estudiantil. De ahí que, tal cual lo expresa Ribeiro, es imprescindible crear mecanismos que aseguren la participación efectiva de los jóvenes proletarios en la vida del sistema de educación superior. Porque, particularmente pensamos, que es la única manera de revertir una concepción anquilosada, elitista y banal de la erudición. Situación que quedó claramente expresada en la ”prestigiosa” Universidad de Harvard hace unos días cuando un grupo de estudiantes, entre los cuales se encontraban varios argentinos y latinoamericanos, deslizaron una serie de preguntas hacia la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. La mayoría de los televidentes que asistieron al acontecimiento se habrán preguntado: ”¿Y esos son los elegidos por Harvard?”. Es que los cuestionamientos, además de faltos de información, eran un relato textual de la prensa opositora argentina.

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En consecuencia, y para finalizar, los saberes para tener un carácter legítimo deben enraizarse en las necesidades de los pueblos en los que están insertos. Y para ello como sostenía el Ing. Roberto Carretero, ex-rector de la Universidad Nacional de Cuyo entre 1973 y 1974, tenemos que: ”Constituir la Universidad de los Trabajadores, diluida en el seno del Pueblo, para integrarla en forma efectiva y real a partir del Proyecto Político de la Nación, al proceso de reconstrucción y liberación y a la construcción de la Patria Grande Latinoamericana”. De lo contrario seguiremos escuchando alumnos argentinos, salvadoreños, venezolanos, etc., preguntar lo que le interesa al imperio que más golpes de Estado y más daño económico impulsó en sus territorios. En lugar de analizar críticamente como resolver los graves problemas de injusticia, desigualdad y vulnerabilidad que nos afectan. Sin embargo, solamente quien padeció o padece de aquellas situaciones puede tener una conciencia clara de que sus oportunidades en la vida tienen que ser dispuestas para el beneficio de sus hermanos y no para provecho de un sector político o social privilegiado.

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