La madrugada del sábado 25 de enero de 1997 quedará grabada a fuego en la memoria de todos los reporteros gráficos y periodistas argentinos. Es que, como una bisagra oxidada, un crimen mafioso a sangre fría marcó un antes y después en la historia de la prensa nacional en democracia.

José Luis Cabezas fue asesinado mientras cubría la temporada de verano como fotógrafo enviado por la revista Noticias. Durante cinco años había sido enviado a Pinamar, por entonces la ciudad balnearia más importante de la costa. Allí, todas las figuras del espectáculo y la política se congregaban, muchas de ellas a la espera de ser descubiertas para tomar un poco más de notoriedad.

Un año antes, el 15 de febrero de 1996, Cabezas retrataba veraneantes y jugaba con el obturador de su cámara Nikon cuando junto a su compañero de trabajo, el periodista Gabriel Michi, vieron que a lo lejos se aproximaba el empresario más buscado por los todos los flashes luego de que Domingo Cavallo –entonces ministro de Economía– lo acusara públicamente de ser ”jefe de una mafia enquistada en el poder”, en 1995. Todos querían retratarlo, pero nadie lo había logrado. Él mismo dijo irónicamente en una entrevista: ”Sacarme una foto a mí es como pegarme un tiro en la frente”.

Era el segundo exacto para presionar el disparador de la cámara, y lo disparó. José Luis se jugó completo: Alfredo Yabrán quedó retratado mientras caminaba en traje de baño junto a su esposa María Cristina Pérez. Esa imagen y el titulo de la nota de Michi ”Yabrán ataca de nuevo” fueron la tapa de la revista del 3 de marzo de 1996.

Al año siguiente, la ira del empresario (acusado de ser el autor intelectual del crimen) terminó en la peor novela policial, lamentablemente conocida. Cabezas había ido con Michi a la fiesta de cumpleaños que todos los años daba el empresario postal Oscar Andreani, pero se retiró antes avisando que se iba a descansar. Sus asesinos (la banda de los Hornos) lo estaban esperando, lo siguieron y lo secuestraron. Lo llevaron con los ojos vendados a la cava de General Madariaga, a 15 kilómetros del centro de Pinamar. Lo obligaron a arrodillarse como si tuviese que pedir perdón por algún crimen. Lo mataron y dejaron su cuerpo dentro del auto en que lo llevaron hasta allí. Lo prendieron fuego. Fue el humo el que puso en evidencia el crimen; luego llegó la policía con los peritos. El cuerpo estaba atado y calcinado.

La cava de Madariaga en primera persona

El año pasado, la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina (ARGRA) me invitó a participar del homenaje anual al cumplirse los 17 años del crimen de Cabezas. Una vez más la Cava fue escenario.

Había ido al primer acto que se hizo en el centro de Pinamar el 25 de enero de 1998 siendo estudiante de periodismo y de fotografía, luego a los que se hicieron en la Ciudad de Buenos Aires. Esta fue la primera vez en que muchos trabajadores de prensa pisamos el lugar donde mataron a nuestro compañero.

Salimos de Buenos Aires la noche anterior, descansamos en Pinamar y por la tarde partimos a la Cava. Viajamos en micro, pero pudimos llegar hasta el cartel de la ruta que indica el camino en el que se encuentra el monumento a José Luis. El camino sinuoso colmado de pozos y la lluvia del día anterior no nos permitió avanzar. Arrancamos a pie, pero las camionetas y autos de gente que nos vieron empezaron a parar al reconocer nuestras remeras que decían ”los ojos hablan” y la mirada de Cabezas en medio. Fuimos en tandas.

Cinco kilómetros nos separaban del lugar. No recuerdo en cuánto tiempo llegamos, sólo recuerdo el silencio y haberme visto en el espejo retrovisor con los ojos vidriosos. La sensación de ese momento es indescriptible. Pensé que por ese mismo camino, 17 años atrás, un hombre era obligado a despedir su vida, sus amores, sus sueños. Pensé que seguramente habría sentido miedo, mucho miedo.

El llanto fue incontenible, sobre todo cuando los motores pararon y bajamos en el mismo lugar donde a Cabezas le quitaron su vida. La única que tenía y la que seguramente no planeó que terminara en ese momento ni de esa manera. Había cruces, placas con su nombre y algunos rosarios colgados, víctimas del desgaste del tiempo. Esa era ”la cava”, ese pozo en medio de la tierra; estaba verde de césped bastante crecido. De lejos vi cómo su hermana Gladys se abrazaba con los presentes, muchos de ellos familiares de víctimas de crímenes impunes que siempre acompañan. Michi bajaba de otro auto y Hugo Ropero, su ultimo jefe, también se acomodaba para el homenaje.

Se habló poco, lo necesario, en realidad. Como en cada uno de los actos en que se lo recuerda, las cámaras fotográficas fueron levantadas con tanta furia y sentimiento de impotencia e impunidad casi al unísono. Quedaron petrificadas en lo más alto, más allá de lo que el propio brazo permitía, y al grito de ”¡Cabezas, presente!” todos los objetivos miraron el cielo, regalándole ese instante de recuerdo y promesa de jamás olvidarlo.

Esta tarde a las 19, la plaza del Congreso será el nuevo escenario para volver a hacer memoria y pedir un basta definitivo a la impunidad. Porque, como en otros casos, los asesinos de José Luis estuvieron presos y ahora están libres, y los asesinados siguen en el mismo lugar donde sus seres queridos los despidieron para siempre.

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