Vamos a linchar, mi amor, a todos los indeseables

Si el robo de una cartera justifica un linchamiento para los foristas de este diario. Aquí, una tabla para ajusticiar al resto de los delincuentes que nos rodean.

por Ulises Naranjo

”Caminamos con los pies descalzos sobre un espejo roto y cada esquirla de vidrio refleja un fragmento de la ficción multiplicada infinitamente en pantallas de móviles y tabletas. Media humanidad está sentada en la grada mirando cómo la otra media hace el ganso en la pista de este circo. No obstante, tenemos el derecho de estar bien informados, pero hoy la información se llama comunicación y la comunicación se presenta bajo la forma de espectáculo y el espectáculo no es nada si no genera audiencia, éxito mediático, negocio”.
Manuel Vicent.

Piñaderas

Para un niño surgido de los barrios hostiles del oeste de Godoy Cruz, el asunto de las golpizas jamás resultó algo ajeno. Varias veces, la vida me llevó a trenzarme en piñaderas con resultados dispares y, siempre, un sentimiento de absurdidad, mezclado con culpa al final. Normalmente, las piñadera se desarrollaban en contextos futbolísticos o bien en territorios en disputa con otras barriadas como zanjones, viñas, potreros y hasta en el pleno campo, si pintaba.

Lo nuestro era el cuerpo a cuerpo, tanto en la gambeta como en las piñas. Había, para esos casos, un pacto implícito: el uno contra uno. Y el pacto, en líneas generales, era respetado. Recuerdo una vez, que me detuvo una patota de ocho, que me tenía bronca, porque yo era jovencito y, al mismo tiempo, profesor de Literatura en el secundario de sus novias. El asunto es que me insultaron y me invitaron a las piñas. Me detuve, los miré y pregunté con quién tenía que pelearme y ellos designaron al oponente e hicieron un círculo. Nos trenzamos, uno contra uno, piña a piña, ante la atenta y respetuosa mirada de los otros. Al final, recogí mis cosas y seguí camino, con el respeto ganado y la cordialidad que impone, entre rivales, el ”tercer tiempo”, el momento posterior a la batalla. Estas cosas, desde hace mucho, ya no pasan, ya casi no pasan.

Claro que no todo era épica por entonces, también había cobardía y me refiero a esos momentos en que muchos golpean a uno solo. Yo mismo fui, en dos ocasiones, víctima de tales ataques: una vez me pasó en una cancha (unos doce me dieron para que tenga) y, otra vez, me pasó en una discoteca (unos ocho volvieron a darme para que tenga).

Entre otras cosas, de esos acontecimientos aprendí que jamás sería parte de una golpiza ni siquiera de dos contra uno y que intentaría -a riesgo de pagar mi precio- detener cualquier golpiza o linchamiento que presenciase. Más de una vez, lo hice, en fortuitas piñaderas desiguales.

Ahora bien, de aquellas roñas pugilísticas proletarias a estos linchamientos sociales de delincuentes que roban carteras o quioscos y se busca identificarlos como asesinos y violadores seriales, hay un abismo. Y este abismo habla a los gritos de cómo somos: una sociedad con una buena parte de personas que limita la mirada e identifica a los pobres -”los negros de mierda”- con delincuentes irrecuperables, una multitud de indolentes deshumanizados que condena ciertos delitos y otros, los ejerce con total naturalidad.

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Mis amigos y el cartel

Uno sabe que, como están las cosas y como han estado siempre, te pueden pasar dos cosas: que te conviertas en víctima o que te conviertas en victimario. Una -ser víctima- a todos nos pasa en algún momento y, estadísticamente, a algunos pocos, de trágica manera; sin embargo, la gente buena de corazón intenta seguir adelante. Superar tragedias, malos momentos, despedidas y muertes, es algo que a todos en distinto grado nos compete y de qué manera lo hacemos habla también de cómo somos.

La otra -convertirse en victimiario- habla también de una forma de responder a las dificultades de la vida. ¿Te atrevés a linchar a alguien? ¿Sos capaz o no sos capaz de pegarle patadas en la cabeza hasta dejar medio muerto a un chorro que intentó robarse una cartera? (ya imagino las respuestas de muchos foristas de este diario que, lamentablemente, no son católicos apostólicos y romanos -porque ellos jamás lincharían a nadie-, no obstante, volveremos sobre esto más adelante. A los foristas violentos, indolentes y cobardes -unas cosas van con las otras- ya mismo les digo que, aunque también padecí tragedias y fui víctima, bueno, no cuenten conmigo para linchar ni a Hitler ni a Videla ni al peor asesino serial. Olvídense de mis escritos, de leerlos y de opinar en ellos y olvídense de mí, háganme pasar de largo por sus vidas).

Vamos a situaciones más saludables: sucede que conocidas las noticias de los linchamientos, con mis amigos Pat Stillgher y Omar Peralta, fuimos a Peatonal y San Martín, con un cartel que escribió Raquel, la mamá de Pat: ”No a la ‘justicia’ por mano propia. No mates a tu hermano. No a los linchamientos”.

Ya mismo hay que decir que ni Pat ni Omar dan con el fenotipo ni con el genotipo de quienes podrían salir a identificarse con los ”negros de mierda”. Pat es rubia, alemana, guapísima, con muy buen pasar, escribe novelas y es cultísima. Omar es alto, tiene ojos claros, toca el contrabajo en una orquesta, cocina exquisiteces y es cultísimo. ¿Por qué jamás lincharían a nadie? No por las citadas características, sino simplemente porque son buenas personas, con corazones bien nutridos.

Dice Pat: ”No tenemos derecho a ser especie dominante de este planeta. Vengo acá a preguntarme qué nos queda de humanos. Siento miedo de mi vecino: ese que vive al lado de mi casa y está dispuesto a linchar a alguien que se roba una cartera. ¿Cuánto vale una cartera? Siento miedo del miedo de los otros, esos que confunden la idea de justicia. Entre las maravillas y las miserias que producimos como personas, ¿dónde se para cada uno? Yo tengo necesidad de salir y decir en qué lugar estoy parada yo y que ejemplo dar a mis hijos”.

Dice Omar: ”Mucha gente tiene un arma cargada: el odio que guardan dentro. A mí me espanta es este ‘regocijo’ por hacer ‘justicia’. Y siempre ese deseo se enfoca hacia los pobres. Esta que estamos viendo es la cara más perversa de la exclusión. Imaginate vos si las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo hubieras salido a linchar a los que desaparecieron a sus hijos y se robaron sus nietos. ¿Cuántos muertos estaríamos contando? Aquí pasa algo terrible: los educados, los que tienen recursos, los que se han visto favorecidos debieran ser los que más entiendan, sin embargo los domina el odio hacia los más pobres”.

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Yo lo tengo en claro: sé que, si muchos decidieran lincharme, me defendería como podría, pero también sé que allí estarían Pat y Omar para hacer lo posible para defenderme también. Y que los harían incluso por aquellos que ni siquiera conocen. Sé también qué clase de personas son mis amigos. Y son muchos. Y sostienen el mundo sin miedo.

Tabla tentativa para hacer justicia

Cambiemos de ángulo, crucémonos de vereda: volvámonos todos linchadores. Salgamos a la calle y matemos a patadas a todos los cabrones que van mucho más allá de robar una cartera, que ni siquiera era Louis Vuitton, mirá vos. Veamos juntos.

¿Cuáles son las reglas que habilitan a un linchamiento? ¿Robar una cartera o un kiosco habilita para matar a patadas a una persona? Inauguremos, entonces, una escala en conjunto. Quienes sostienen que estos hechos guardan algún tipo de justicia, tal vez atinen a responder.

– Joven que roba cartera que no es Luouis Vuitton: linchamiento a patadas. Si la cartera es Vuitton, también se linchará a su familia.

– Empresario que paga coimas y evade deudas e impuestos: linchamiento y remate por chirolas de todas sus empresas, a habitantes de villas inestables o a la competencia.

– Político que acepta coimas y que traiciona sus principios: linchamiento de él y todo su equipo de gestión; todos y cada uno.

– Comerciante que no entrega facturas y que evade impuestos: castración masiva de su familia, linchamiento de él y cierre de negocios de toda la cuadra.

– Sindicalista millonario (contradicción en sí misma): linchamiento de él y todos y cada uno de sus secuaces.

– Jueces que se burlan la ley: linchamiento e incendio de la toga y la peluca, si usa, y corte de un brazo a cada uno de sus parientes acomodados en el Poder Judicial.

– Profesionales (todos, todos y todas, arquitectos, contadores, abogados, médicos, ingenieros y mecánicos, empleados del Estado vagos, electricistas, veterinarios y decenas de etcéteras) que mantienen en negro sus actividades y jamás facturan un joraca) que vive en un real y concreto ”paraíso fiscal”: linchamientos masivos, quema de títulos en los Caballitos de Bob Marley.

– Religioso que viola, abusa, toquetea o hace el amor feligresas o malgasta la plata que recibe (en parte del Estado, aportada por creyentes y no): linchamiento e infierno.

– Automovilista que cruza semáforo en rojo: se le corta medio brazo, prohibición de por vida de manejar vehículos.

– Peatón que cruza por mitad de la calle: se le corta un dedo; luego dos y así.

– Señora que se estaciona en tu puente: se le cortan dos falanges (si anda en 4×4, que son más grandes, tres falanges).

– Señor que usas sus influencias en beneficio propio: se le corta el coso y un brazo (se aumenta la pena si el beneficio es grande).

– Periodistas que escriben cosas que no me gustan: se le cortan las manos y se le cose la boca.

– Periodistas ”empleado del mes” sin más criterio que el de la mera obediencia debida: con el desprecio alcanza.

– Borracho, drogadicto, loco malo, artista: se le cortarán los brazos y se les cocerá la boca. Cualquier forma de arte, inadaptación y placer será castigada.

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– Niños que no obedecen a sus padres y/o maestros: se le corta una falange por cada desobediencia, no importa su edad.

– Adolescentes y jóvenes que no llegan vírgenes al casamiento: se le cortas brazos y piernas, si soy creyentes y si no lo son, linchamiento.

– Vecino que hace ruido con la música: se le corta una falange o varias (depende la música que escuche: si oye cuarteto, tres falanges; si escucha rock, dos; si escucha clásica, una).

– Medios de comunicación que, en lugar de informar sobre la violencia, la promueven: linchamiento de todos los partícipes, incluyendo lectores.

Naturalmente, puede haber más. La lista tiene el carácter de borrador aún. Seguramente, a usted algunos de los delitos no les parecen delitos, pero recuerde que siempre hay alguien para quien lo sea. Y todas las voces deben ser oídas. Ya que nosotros promoveremos la justicia por mano propia, cada mano propia habrá de ser contemplada. Y no quedará ninguno de nosotros de pie.

(Aclaración: por supuesto, se excluye de toda esta lista a los católicos apostólicos romanos, quienes, obviamente, jamás apoyarían un linchamiento de nadie, porque Jesús mismo lo reprobó, cuando la gente quería apedrear a una mujer adúltera: ”El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra”, dijo el muchacho aquel. En fin, el hecho es que si todos fuésemos católicos apostólicos y romanos, no habría ni un solo linchamiento en toda la historia de la humanidad, ¿no?).

Dime, dime…

Dime qué delito cometes y te diré qué clase de personas eres. Dime que jamás has cometido alguna forma de delito y te diré, en primera instancia, que sos un mentiroso, una mentirosa o que desconoces el valor e impacto de tus actos. Y dime si has sido castigado por tu delito y te diré, con total eficacia, a qué clase social perteneces.

Digámoslo otra vez: nosotros fabricamos los delincuentes que tenemos y nos lo merecemos; nosotros fabricamos periodistas, políticos, biólogas, empresarios, curas, sopranos, chefs, sindicalistas, linchadores. Todo lo bueno y lo malo que nos pase es nuestra responsabilidad y nos compete, nos involucra, nos pide una respuesta.

Si algún viso de seriedad profesional tiene la encuesta que organizó este diario, si el 70% de los encuestados no repudia los linchamientos, pues que mal educados están los educados; que buen número de ”anormales” se ocultan en los espacios de normalidad; que cantidad de cobardes se disfrazan de personas nobles; que caridad la de la fe, que aloja al miedo en la suite de su pecho; que monumental pavor a que los de abajo se acerquen a los del medio; que hipocresía fenomenal constituye -como el hueso a nuestros cuerpos- a los medios de comunicación; que repleto de culpables está el mundo de los inocentes…

Confesión final de no creyente: qué capo el Jesucristo ese; qué capo el Gandhi también y tantos otros, como Luther King y la Madre Teresa. Y cómo es posible que haya tantos que se cagan en ellos. Sin anduvieran por ahí, si -en un descuido- hubieran salido de La Gloria o El Resguardo o La Favorita, ya los hubieran linchado en nombre de una deidad que, curiosamente, tiene los zapatos manchados con sangre.

Ulises Naranjo- Columna en MDZ

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