Los que nos sentimos parte del campo nacional y popular caemos constantemente en la tentación de creer que somos lo suficientemente claros como para definir qué es el campo nacional y popular. Y cuando nos topamos con elecciones como la que ganó ampliamente Mauricio Macri, nos quedamos con la boca abierta, sin grandes argumentos que nos permitan explicar por qué el discurso al que adherimos fervientemente no caló lo suficientemente profundo como para transformarse en votos.

¿Qué pasó? ¿Cómo puede ser que el electorado no le haya dado importancia a la causa por escuchas que lo tiene procesado a Macri? ¿A la mayoría de los porteños no les interesa el estado de los hospitales y de las escuelas públicas? ¿La gente no cree que es una barbaridad que no se ejecuten los presupuestos de educación, salud y vivienda y que se sobre ejecute el de baches y publicidad oficial? ¿Los electores no se dan cuenta de que el Gobierno de Mauricio Macri es, básicamente, ineficiente?

Esas son las preguntas que nos hacemos constantemente y que, frente a la catarata de votos que recibió Macri, nos quedamos perplejos, sin nada para decir, sin respuestas para dar. Y entonces es cuando empiezan a hacer agua los argumentos que tenemos para definir al campo nacional y popular. Y empezamos a entender que nuestros intereses no son los mismos que los del resto de la sociedad y que las razones para emitir un voto son mucho más complejas.

Que un hombre, en este caso Mauricio Macri, sea capaz de reunir bajo un mismo paraguas a las señoras y señores de Recoleta y a los olvidados del Sur es algo que habitualmente queda afuera de nuestros diagnósticos. ¿Por qué ocurre? Porque su discurso de derecha popular (repetimos y lo dejamos claro: derecha popular) los interpela, les da identidad, los unifica. A los ricos los tranquiliza porque sienten que están haciendo algo por los pobres y a los pobres los incluye porque sienten que alguien que no es de su clase se fija en ellos, los tiene cuenta, los observa.

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A esta amplísima franja de ciudadanos no les interesa (como si nos pasa a nosotros) que Macri esté procesado, que mal ejecute el presupuesto y hasta que sea ineficiente. ¿Y por qué pasa eso? ¿Acaso son inconscientes? No. Ocurre que creen en sus buenas intenciones. ¿Está mal que así sea? No, por supuesto. Es legítimo. Puede no gustarnos, pero están en todo su derecho de defender su ideología, por más que eso se parezca bastante a la no ideología.

Descalificarlos sería hacer exactamente lo mismo que hacen los canallas cuando dicen que al Frente para la Victoria los votan los pobres porque les regalan una computadora, una heladera o un colchón. Como si el voto de los pobres pudiera ser dirigido o conducido por el clientelismo.

El voto es universal, vale uno por más vacía o abultada que se tenga la billetera. Y frente a ese uno a uno hay que abstenerse de hacer lecturas maniqueas para acomodar discurso. Macri ganó la primera vuelta en buena ley. El Frente para la Victoria también la perdió en buena ley. El voto es soberano. Las lecturas que se hagan de él son válidas, pero sirven para diseñar un futuro y no para maltratar el pasado. El peronismo es sabio en estos menesteres. Cuando gana, es por sus virtudes. Cuando pierde, es por sus errores. No se llora hacia afuera.  

Igual, más allá de todo, de estas elecciones se pueden sacar algunas conclusiones parciales a mano alzada, las que serán ratificadas o desmentidas muy pronto.

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1)    El electorado está bastante afín a votar a los oficialismos, sea el PRO en la Ciudad o al Frente para la Victoria en la Nación. El buen momento que vive el país hace que la mayoría de la gente tome estas elecciones con un espíritu gatopardista.

2)    Macri, y no el macrismo, es el principal recolector de votos de la Ciudad Autónoma. No sólo volvió a ganar otra elección, sino que además incrementó la cantidad obtenida hace 4 años. La gestión (buena para algunos, mala para quien firma esta columna) no le restó sino que le sumó.

3)    El Frente para la Victoria mejoró su elección en la ciudad en 4 puntos respecto de 2007 y casi en 20 puntos si tomamos en cuenta las legislativas de 2009, pero no consiguió lo que esperaba. El resultado, más allá de las lecturas positivas que se quieran hacer, dejó un sabor amargo porque se está muy lejos de dar vuelta la historia en el segundo turno.

4)    La lista completa del Frente para la Victoria, con Juan Cabandié como primer legislador, obtuvo el 14 por ciento de los votos. El resto de los votos de Filmus llegaron por las colectoras de Aníbal Ibarra (6 por ciento) y Gabriela Cerruti (6 por ciento).

5)    La Coalición Cívica, que siempre se hizo fuerte en la Capital Federal, con el 3 por ciento obtenido desapareció como fuerza política urbana. La declaración de Lilita Carrió después de las elecciones fue un papelón y dio vergüenza ajena.

6)    El radicalismo hizo otro papelón en la Ciudad con apenas el 2 por ciento de los votos.

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7)    Pino Solanas hizo una buena elección con el 13 por ciento y sumó dos legisladores a su bloque, pero ni por asomo estuvo a la altura de lo que el ego del propio Pino esperaba que fuera. Para Solanas se abre ahora un desafío extra: evitar que su partido se desintegre en los próximos meses como consecuencia de las decisiones unipersonales que pusieron a la fuerza en una situación incómoda. Esas decisiones fueron bajar a la Ciudad para presentarse como candidato desplazando a Lozano y quebrar el Frente Amplio Progresista (FAP) por diferencias con Hermes Binner y Luis Juez en el armado de las listas.

8)    Las lecturas que se hacen sobre el efecto dominó que la elección porteña podría tener en el escenario nacional, al menos por ahora, son disparatadas y tienen mucho más que ver con lo que desean los columnistas de los grandes diarios nacionales que con la realidad misma.

De cara al balotaje, hay que decir que políticamente todo es posible, pero que las posibilidades de que el triunfo del PRO se pueda revertir, son mínimas.

Según recuerda Mario Wainfeld en su columna del lunes 11 en Página 12, sólo hay un antecedente de algo parecido. Se trata de una elección nacional en Portugal, en 1988, cuando el dirigente socialdemócrata Mario Soares salió segundo en primera vuelta, con el 25,4 por ciento de los votos, detrás de Freitas de Amaral, quien había cosechado el 46,6. En segunda vuelta Soares obtuvo el 51,2 por ciento de los votos y ganó la presidencia.

¿Es posible que esto pueda ocurrir en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires? Todo es posible en la dimensión desconocida. ¿Incluso los milagros?

 

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