La conveniencia del desarrollo industrial ha sido defendida en términos teóricos por el estructuralismo latinoamericano. Su versión más reveladora y refinada, la concepción de Estructura Productiva Desequilibrada (EPD) de Marcelo Diamand, enfatiza la imposibilidad de alcanzar el pleno empleo y un proceso sostenido de crecimiento de no mediar políticas de diferenciación cambiaria que incentiven transformaciones en la estructura productiva. Bajo esta concepción es posible conjugar una ampliación de la producción agropecuaria con la industrial, como lo demostró el ciclo de crecimiento 2003-2013.

Quienes abogan por el retorno al modelo agroexportador suelen apelar a las teorías de ventajas comparativas, según las cuales cada país debe dedicarse a producir aquellos bienes para los cuales posee más aptitud y, mediante el comercio, proveerse de los que no. En Argentina los perjudicados del libre comercio resultaron ser los trabajadores y los capitalistas industriales.

LA SITUACIÓN DEL CAMPO. Una vez que se difundieron los datos de producción de la actual campaña record, resultó más difícil para la Mesa de enlace continuar con su prédica derrotista sobre la crítica situación del sector. Sin embargo, las tensiones persisten.

Empecemos por la soja. A principios de año, distintos exponentes encabezados por el presidente de la Sociedad Rural se expresaron repetidamente a favor de la retención de los porotos de soja por parte de los productores. Si bien en un principio explicitaron su verdadera vocación (”no vamos a vender soja a ver qué hace el gobierno”), luego quisieron darle una racionalidad económica, basada en conceptos erróneos: que la inflación carcomería sus ingresos.

Pretender que un productor no tiene instrumentos para ”defenderse” de la inflación es subestimar a la opinión pública: a más capital, mayores son las posibilidades de invertirlo financieramente. Si un empleado con ahorros de su propio sueldo puede acceder a los mercados financieros, ¿cómo no iban a poder hacerlo personas que manejan millones de pesos?

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La retención de granos se efectivizó. Según los datos publicados por el Ministerio de Agricultura e informes de las consultoras IARAF y Elypsis, entre otras, las ventas de granos en la campaña 2012-2013 por parte de los productores han sido menores a otros años con niveles de producción similares.

Si el ritmo de liquidación hubiera seguido las pautas de años anteriores, hoy las reservas del Banco Central serían al menos unos U$S 3000 superiores, sólo con el aporte sojero. Los productores se podrían haber beneficiado de la evolución muy favorable que las alternativas financieras han mostrado en estos últimos tres meses: a modo de ejemplo, el MERVAL creció alrededor de un 60%, mientras que el índice de bonos del Instituto Argentino de Mercado de Capitales lo hizo en más del 20 por ciento.

Sigamos por el trigo, el otro cultivo que ha atraído la atención en el último tiempo. Durante los últimos años el área sembrada ha perdido peso en el total, en línea con la menor rentabilidad relativa que presenta con respecto a otros granos. El reconocimiento de que la rentabilidad triguera no podía competir con otros cultivos llegó de la mano del Decreto 516/2013. A través del mismo, se creó un fideicomiso a ser constituido por la recaudación de los derechos de exportación del trigo, que se destinarán a los productores en forma proporcional a la producción declarada por cada uno de ellos al cierre de la campaña. Lo que equivale a decir que los productores que declaren toda su producción enfrentarán una alícuota de 0% de derechos de exportación.
Se hubiera esperado por parte del sector alguna expresión favorable, pero la realidad es más compleja y las críticas no tardaron en llegar, bajo el pretexto de que entonces sería lo mismo quitar los derechos. En el fondo la Mesa de enlace no quiere que los productores deban declarar los verdaderos niveles de producción.

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LAS PROPUESTAS Y LA DEMAGOGIA. Como ya había ocurrido con el Impuesto a las Ganancias (IG) y la inflación, el frente de Sergio Massa vuelve a lanzar propuestas de escaso contenido técnico y baja aplicabilidad práctica, pero de alto impacto mediático. Vale aclarar que lo que dificulta su instrumentación no pasa por lo revolucionario de sus ideas.

En el caso del agro, se propone quitar las retenciones al trigo y eliminar los registros de operaciones de exportación (ROE) para la carne. Es decir, en términos económicos no se plantea una modificación para quien comercie su producción en el mercado formal. Es llamativo, tal como sucedió con el IG, que en un momento en el que el gobierno anuncia que están estudiando alternativas, se presente una propuesta ”renovadora” en el mismo sentido, pero que no traería aparejado cambios de fondo (a no ser un posible incremento de la comercialización informal). Según expresó el ministro de Agricultura, se están barajando posibilidades que tiendan hacia una mayor liberalización del mercado de granos, lo cual ”no se hace rápido” para asegurar el abastecimiento del mercado interno.

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También llaman la atención algunas expresiones vertidas recientemente por el presidente de la Rural. Los pedidos de ”eliminar retenciones” a la carne y las economías regionales, sin mayores precisiones, porque están ”ahogados” por los impuestos, suenan lindo para sus representados pero no consideran cuestiones básicas. Es cierto que la recaudación fiscal generada en estos sectores representa una parte mínima de la recaudación nacional, por lo que no habría mayor impacto para el fisco. Pero es necesario insistir en que el objetivo de los derechos de exportación no pasa por la recaudación, sino por la búsqueda de un esquema de tipos de cambio sectoriales que permita el desarrollo industrial y desacople los precios internos de la especulación internacional sobre los commodities.

Concluimos brevemente que las propuestas opositoras se enmarcan en la lógica que imperó en Argentina a principios del siglo XX, el modelo agroexportador, que pretende situarnos como granero del mundo. Implicaría un modelo de país exclusivo, en el que el producto per cápita es elevado pero desigualmente distribuido. El desarrollo industrial se daría sólo en sectores asociados a los tradicionales.

La alternativa consiste en el complejo camino de emplear a toda la población en un modelo de desarrollo autónomo con una mejor distribución del ingreso. El agro debe coexistir con la industria y las ventajas naturales se aprovechan para encadenar otras actividades más intensivas en mano de obra y conocimiento. Las principales dificultades pasan por apartarse de las teorías y formas de pensar tradicionales y por la reacción de los intereses perjudicados.

Podemos ser un granero o una nación en el mundo y dependerá en gran parte de nosotros.

Por InfoNews

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