La aprobación de la ley de salida del default, por 54 votos a 16, se logró gracias a la drástica división del bloque kirchnerista y terminó dándole el impensado respaldo de tres cuartas partes de los senadores al proyecto impulsado por el Gobierno. El estado de necesidad de las provincias peronistas, con sus economías estragadas por doce años de centralismo y arbitrariedad en el manejo de los fondos, explica en parte esa votación apabullante. Pero la explicación se completa comprendiendo la decisión de la mayoría del peronismo con poder real –en el Congreso, las provincias y municipios– orientada a buscar un rumbo diferente y constructivo en la gestión, un profundo cambio de estilo político y una nueva relación con la sociedad, dejando atrás el liderazgo de Cristina Kirchner.

Esa porción mayoritaria del peronismo parece haber decidido qué es lo que no está dispuesto a repetir. Pero todavía mantiene entre brumas, apenas insinuado, el camino a tomar. Y, sobre todo, quiénes asumirán el liderazgo que consideran vacante. Así, entre rebeldías, fracturas y rencores que arden, el peronismo oscila entre la reconstrucción y el desquicio actual. Seguirá así hasta tanto decanten las nuevas relaciones de fuerza en su interior.

Los soldados de Cristina son menos y están muy golpeados, aunque no cejan en su empeño por retener poder. Igual, suele inundarlos el desaliento. Como hace quince días cuando Julio De Vido llamó desde el Congreso a Cristina, alarmado porque varios diputados K amagaban sumar su voto positivo al proyecto para pagar a los fondos buitre. De Vido, refugiado ahora como diputado, pidió una acción directa de La Jefa para disciplinar a la tropa. Cristina apenas le contestó que iba a retwittear lo que Eduardo de Pedro, jefe de La Cámpora, subiera a su propia cuenta de Twitter. Rara forma de conducir. La aprobación en Diputados fue abrumadora: 165 a 86. En el Senado lo sería aún más.

El gobierno de Macri alienta este dilema peronista aún sin solución. Su escenario ideal sería que el peronismo se mantenga parcelado el mayor tiempo posible. Los peronistas que trabajan para terminar de demoler el poder de Cristina ven venir el peligro. Están convencidos de que si no se recomponen y unifican para 2017 Macri ganará la elección de medio término y se irá derecho hacia un segundo mandato. “Ocho años es demasiado tiempo para estar afuera”, dice un referente peronista que disfrutó esta década de poder y ahora pretende renovarse para volver.

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Miguel Pichetto consiguió que la ley de salida del default se apruebe, atendiendo a la necesidad de los gobernadores peronistas. A la vez logró que el bloque de senadores no se partiera luego de dividirse en esa votación. Deberá mantener esa unidad, de modo que la bancada peronista siga siendo el altar inevitable ante el que Macri deba rendir tributo para conseguir hasta el más mínimo respaldo en el Congreso.

Un escenario inminente para esta pulseada entre lo que fue y lo que quiere ser es la renovación de autoridades en el Partido Justicialista. La semana que viene cierran las listas y si no hay acuerdo de unidad, en mayo habría que votar en elección interna.

Ninguna fuerza derrotada en las urnas, después de manejar a su antojo los resortes del Estado, queda en condiciones de procesar en tan corto tiempo semejante fracaso. Pero la unidad es, a esta altura, un objetivo improbable. Sin definir todavía el liderazgo alternativo, con gobernadores e intendentes nuevos recién acomodándose a las exigencias de la gestión y legisladores que han votado con profundas divisiones la primera ley que Macri mandó al Congreso, forzar la unidad puede apurar y acrecentar el desquicio. Por eso, desde distintos sectores internos se vislumbra la intervención judicial del PJ como el mal menor. Sería una manera poco elegante, pero eficaz, de ganar tiempo para la reconstrucción.

Hasta ayer, el único aspirante a presidir el PJ que había reunido y presentado los avales que reclama la ley era Jorge Capitanich, el paladín más evidente del sector que sigue considerando que Cristina es La Jefa. Su contendiente es el diputado y ex gobernador sanjuanino José Luis Gioja, potable para todos los sectores enfrentados al cristinismo. Pero Gioja no quiere llegar como resultado de una ruptura. Prefiere una unidad precaria donde haya cabida para todos. Hace gestos en ese sentido, como haber votado contra la ley de salida del default a pesar del apoyo que le dio su sucesor, el ahora gobernador Sergio Uñac.

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En la espera de que el choque entre Capitanich y Gioja termine neutralizando a los dos, juega su ficha Daniel Scioli. El ex candidato, que sigue siendo la figura más popular dentro del peronismo oficial, se prodiga en gestos de unidad y recorre el espinel con el ánimo retemplado después de largas semanas de pesadumbre. Pero tiene dos problemas. Fue la cara de la derrota y demasiados gobernadores e intendentes lo ven como el verdadero candidato de Cristina a comandar el PJ.

A Cristina le podría resultar ideal Scioli para maquillar la apariencia de un cambio en el PJ. Scioli ha hecho mucho para reforzar esa impresión. Sobre todo se radicalizó en un discurso ultra K, algo sólo entendible por la intención de buscar cobijo para defender su cuestionada gestión bonaerense. Sus allegados dicen, por enésima vez, que “Daniel se va a despegar de Cristina”. Lo anunciaron tanto durante los últimos años, sin concretarlo, que es lícito dudar que ahora se anime a hacerlo.

El ex gobernador y ex candidato ha desandado algunos caminos en las últimas semanas. Por ejemplo, después de criticarlo con mucha acidez en el inicio de la gestión, volvió a hablar con su viejo amigo, el presidente Macri. Tuvieron una larga charla a solas en la que abordaron asuntos políticos y personales. Ninguno de los dos lo hizo público, por razones que sólo ellos conocen.

En las discusiones internas, que toman rápidamente alto voltaje, desde el sciolismo señalan con acierto que sólo hay dos peronismos: el que tiene responsabilidades de gobierno y el que no las tiene. Obsérvese que el segundo grupo incluye, entre otros, a Cristina y al propio Scioli.

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En cambio, para los que empujan la renovación los peronismos actuales son tres. Los ultra K, en retroceso y sepultados por los escándalos de corrupción; los que tendrían “miedo a lo nuevo”, gobernadores, intendentes y diputados que pretenden cambiar pero temen la venganza de Cristina; y finalmente ellos mismos, que apuestan a cambiar para volver al poder.

Consideran incluidos en este grupo variopinto desde Juan Manuel Urtubey y los nuevos gobernadores, hasta figuras como Florencio Randazzo, cuyo retorno a la política activa busca buena parte del peronismo bonaerense. También están los diputados liderados por Diego Bossio. Y desde ya lo cuentan a Sergio Massa, quien juega por afuera del PJ pero es percibido por la opinión pública –si se cree en encuestas que maneja este sector- como un dirigente peronista capaz de conducir al peronismo.

Los que quieren unidad sin romper y los que proponen una reconstrucción más profunda podrían confluir pronto en un encuentro público. La idea es mostrar la amplitud de ese abanico y, de paso, evitar que Massa se quede con todo el rédito, como sucedió con un primer encuentro durante enero, en Pinamar.

Quienes buscan renovar al peronismo sin Cristina ni La Cámpora, están buscando consejo en quienes transitaron alguna vez un camino parecido. Hablan, por ejemplo, con José Luis Manzano –siempre cercano a Massa– que fue protagonista de la renovación peronista de los 80 que desembocó en el retorno al poder con Carlos Menem presidente.

De todos modos, lavar y suturar las heridas que Cristina y la derrota electoral dejaron en el peronismo es tarea de titanes.

Hay puntos de no retorno difíciles de remontar. Como el estampado hace un mes, en Obras Sanitarias, cuando el Congreso del PJ definió su junta electoral. Los emisarios de Cristina reclamaron, y les fue concedido, un lugar entre los quince integrantes. Pero cuando dijeron que el elegido era Carlos Zannini se lo rechazaron. Pongan a otro, los emplazaron. En cumplimiento de la orden recibida los cristinistas retrucaron: Zannini o nadie. Fue nadie.

Por Julio Blanck.

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