El mes de octubre concentra, por un raro y seguramente casual capricho del calendario, una sucesión de acontecimientos históricos y políticos fundamentales. De los que dejan marca y señalan futuro. De los que forman y forjan generaciones.

El 8 de octubre de 1895 nació en un pueblo de la llanura pampeana en la provincia de Buenos Aires Juan Domingo Perón (cuyo origen mítico y político ocurrió un 17 de octubre). John Winston Lennon llegó a la vida en un barrio obrero de Liverpool el 9 de octubre de 1940, en el clima bélico de la Segunda Guerra Mundial. Entre el 8 y el 9 de octubre de 1967 fue apresado y asesinado Ernesto Guevara en La Higuera, Bolivia. Sus últimos días son reportados minuciosamente en su Diario de Bolivia hasta el 8 de octubre de 1967, en el que el Che dice que le parece ”rara” una información del ejército boliviano acerca del paradero de los revolucionarios y describe la noticia como ”diversionista”. Pero en ese diario no sólo lo vemos entregarse a la lucha sino también –por no decir ”sobre todo”– a la lectura. Ricardo Piglia recrea magistralmente esos momentos en ”Ernesto Guevara, rastros de lectura”, de El último lector (2005), donde vemos a Guevara arrastrar sus pertrechos por las sierras, pero también una pequeña biblioteca. Es la imagen del revolucionario que no puede –ni quiere– abandonar su tarea de joven lector. Juventud, revolución y lectura son de algún modo pilares de cierta tradición en la base militante de América Latina.

Estas fechas no nos dirían demasiado si no fuese porque son vida y muerte de tres hombres de la historia que forman parte de un amplio sistema ideológico que abarca la segunda mitad del siglo XX y se extiende hasta hoy, en las nuevas generaciones de jóvenes.

Perón fue el impulsor de un discurso político que comienza con las movilizaciones de 1945 y de donde crea la más original doctrina antiimperialista y de liberación que nos ayuda a pensar desde América Latina, los elementos culturales distintivos del difícil y complejo proceso de la integración continental. Guevara es –tanto en su vida como en su obra, categorías que podrían intercambiarse– quien sostiene el discurso utopista de la revolucíón. Utopista y realista, porque sus estrategias no dialogaban con quienes reducían la utopía a una escritura, sino con la acción directa como herramienta extrema de la política empleada contra la injusticia. Y en cuanto a Lennon, qué duda cabe acerca de que su función política fue darle al discurso pacifista una versión agitada. Con Lennon, el pacifismo fue una operación callejera, como demuestran las protestas en Estados Unidos contra la Guerra de Vietnam, de las que las manifestaciones actuales contra el capitalismo global son, sin dudas, un desprendimiento.

De esos tres cauces biográficos y verbales surgen los movimientos sociales más importantes que ha estado encabezando la juventud argentina desde mediados del siglo XX. Porque si bien Perón y Guevara, por cuestiones de nacionalidad, son fenómenos locales (aunque ”exportables”), el caso de Lennon como vocero ideológico de Los Beatles penetró en nuestros jóvenes con mucha intensidad y produjo el rock fundacional de habla hispana. Sin la doble influencia de Lennon (la musical y la ideológica), quizás no sea posible pensar no sólo la rebeldía del rock argentino, sino tampoco sus momentos ”pacifistas”, entre los que se destaca el festival Buenos Aires Rock de 1982, cuando ya se había perdido la Guerra de Malvinas.

Los cruces y combinaciones de sentido entre Perón, el Che y Lennon los han hecho de un modo natural los jóvenes argentinos a lo largo de varias generaciones. Existen muchos puentes para asociar (en un lenguaje más juvenil, para linkear), la idea de justicia social, de hombre nuevo y de paz.

Entre ellos, recordemos uno que tiene su importancia histórica: la carta que Perón escribió el 24 de octubre de 1967, luego de la muerte de Guevara, a quien lo unía el mismo sentimiento antiimperialista. Dijo: ”Hoy ha caído en esa lucha, como un héroe, la figura joven más extraordinaria que ha dado la revolución en Latinoamérica: ha muerto el comandante Ernesto Che Guevara. Su muerte me desgarra el alma porque era uno de los nuestros, quizás el mejor: un ejemplo de conducta, desprendimiento, espíritu de sacrificio, renunciamiento.” En el último párrafo, plagado de elogios a Guevara, Perón –en ese momento exiliado en Madrid– nos recuerda que el peronismo es un movimiento ”nacional, popular y revolucionario”.

La ”comunión” entre Guevara y Lennon, en cambio, es de tipo iconográfica. Sus figuras –es decir, sus imágenes– funcionan como las capillas ardientes de millones de jóvenes que ven en ellos las utopías de la revolución y la paz, dos deseos juveniles, en apariencia antagónicos, que de algún modo funcionan como la plataforma ideológica de la sensibilidad adolescente. Son héroes de ese panteón exclusivo en el que resplandece el modelo del antisistema, la honestidad, el compromiso, la creatividad y el sacrificio personal. Que a uno lo haya asesinado la CIA y al otro un fanático no impide que se vea en ellos una extraña hermandad fundada en la fatalidad común de dos almas jóvenes y malogradas.

Enlazados entre sí por muchas razones (y para no faltar a la verdad: separados por otras tantas) estas tres figuras de la historia que unimos por la arbitrariedad del calendario han tenido en común una pasión extraordinaria, canalizada como un servicio moral a los demás. En eso la juventud, que no digiere bien lo que no se hace con pasión, no se equivoca al distinguir entre aquellos que desean cambiar el mundo y aquellos que siempre tienen al lobo suelto y al cordero atado.

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