Por Demián Verduga para Miradas al Sur

En el despacho de Aníbal Fernández hay seis plasmas colgados en dos paredes y todos están encendidos. En cada uno, como si fuera la redacción de un diario, se ve un canal distinto de noticias. Hay también una mesa junto al escritorio principal, en la que se apoya un mini cartel callejero con la foto de Néstor y Cristina abrazados. Se lee, en el mini cartel, ”Por siempre Néstor, fuerza Cristina”. Hay una segunda mesita, al otro lado del escritorio principal, con varias fotos, cada una en su portarretratos. En primera fila, hay dos, una del senador al lado de su hijo y otra de su hija, sola, sonriendo hacia la cámara y tomando con dos dedos el ala del sombrero rojo que lleva puesto.
Pero esta entrevista con Aníbal Fernández no girará alrededor de la decoración de su despacho. El senador hablará sobre la situación de la ley de medios, sobre los saqueos que precedieron a la Nochebuena, sobre el movimiento obrero, el peronismo, la clase media. Todo sucederá con los seis plasmas encendidos, sin volumen, por suerte, y con Aníbal enviando mails desde su computadora portátil mientras responde las preguntas. Un hombre activo, sin dudas.
–¿Cómo evalúa que la Corte Suprema haya rechazado los pedidos que hizo el Gobierno por la ley de medios, el per saltum y la anulación de la cautelar?
–No hay mucho que opinar sobre eso. La reglamentación del per saltum le da 10 días a la Corte para pronunciarse. El Alto Tribunal lo hizo y también instó a la Cámara a que falle rápido sobre la constitucionalidad de los dos artículos cuestionados. Cuando la Cámara se pronuncie, seguramente alguna de las partes apelará. Y, finalmente, la causa volverá a la Corte.
–¿Cuánto tiempo cree que llevará todo el proceso?
–Esperemos que sea rápido. El Tribunal le pidió a la Cámara que se expida rápido y había hecho lo mismo con el juez de primera instancia. Quiero creer que ese reclamo que le hizo a las instancias inferiores lo aplicará para sí mismo cuando le llegue el turno. De todos modos, prefiero no hacer muchas conjeturas y esperar.
–Cambiemos de tema, entonces. ¿Qué opina de los saqueos previos a Navidad?
–Eso fue un invento, una situación creada por sectores que quieren generar zozobra. Hubo coordinación en todas las acciones y la gente se da cuenta de esas cosas. Quieren provocar una situación de caos, pero no lo lograrán porque no están dadas las condiciones. La Argentina conquistó derechos que la gente no quiere perder. Acá no hubo gente llevándose un pedazo de carne para comer. Fueron grupos de ladrones que se llevaron electrodomésticos, incentivados por ciertos sectores que todos conocemos.
–¿A qué sectores se refiere?
–Son los mismos que no pueden competir con la Presidenta en términos electorales, los que arman movilizaciones a las que no va nadie, los que creen que de esta manera van a conmocionar al pueblo.
–¿Quiénes son?
–La gente los conoce. No hace falta nombrarlos. Y el pueblo no es tonto. Sabe que hay muchos derechos que se consiguieron estos años para los que menos tienen.
–Ya que hablamos de sectores. Hace un año que Hugo Moyano se pasó a la oposición. ¿Cómo ve la situación del movimiento obrero?
–Moyano tiene todo el derecho de hacer lo que se le ocurra. Yo nunca me pondría a cuestionar a Piñón Fijo. ¿Por qué voy a cuestionar a Moyano? Nuestra posición es muy clara. Somos parte del movimiento nacional peronista, que conduce la Presidenta. El peronismo tuvo y tiene como columna vertebral a los trabajadores. Este gobierno, con Néstor y Cristina, no ha dejado de dar muestras de la sensibilidad que tiene por los trabajadores. Se han impulsado decenas de leyes y medidas que benefician a los laburantes y a los jubilados. Nosotros no tenemos que dar examen. La Presidenta no tiene que demostrar nada porque lo ha hecho con su gestión. Los que deben dar examen son los que estaban en este proyecto y, de golpe, se volvieron alcahuetes de Héctor Magnetto. Si quieren seguir así, que lo hagan. Pero, como dije, yo no me voy a ocupar de lo que haga Piñón Fijo y tampoco de lo que haga Moyano.
–Los gobiernos que impulsan conquistas para los trabajadores siempre tienen un punto complejo: el momento en que por distintas circunstancias deben pedirle mesura a los sindicatos.
–En este país hay convenciones colectivas de trabajo porque Cristina es la presidenta. Si hubiera ganado cualquiera de los otros, no habría paritarias. Ahora se sientan a la mesa los trabajadores, los empresarios y el Estado. En ese marco, tenemos que intentar no irnos de mambo. Cuando uno no es prudente con este tema, se puede generar una situación complicada, porque además de aumentar los sueldos hay que ver si eso se puede sostener en el tiempo y además mantener las fuentes de trabajo. Todo tiene que estar en la mesa a la hora de las paritarias. Creo que por eso la Presidenta algunas veces llama a la prudencia. Es un equilibrio que hay que buscar.
–Para la búsqueda de ese equilibrio, ¿no sería mejor que hubiese una sola central de trabajadores?
–No hay varias centrales. La CGT es una sola, la que se conformó conforme a derecho. El congreso que armó Moyano no contó con la mayoría necesaria como para ser válido y el que convocó Antonio Caló sí. Esa es la única CGT que existe. El resto son gremios con ganas de reunirse y tienen todo el derecho hacerlo. Hay una anécdota que tiene que ver con este tema. Una vez hubo un sector del gremialismo que fue a ver a Juan Perón a Puerta de Hierro, en España. Allí, cuestionaron la tarea que hacía Raimundo Ongaro al frente de la CGT de los Argentinos. Uno de los que quiso denostar a Ongaro dijo: ”General, esta loco ese hombre. Dice que habla con Dios”. Y Perón le contestó: ”Prefiero que hable con Dios y no con el gobierno”.
–¿Cómo conecta esa anécdota con la situación actual?
–El punto es que los gremios que están en la CGT de Caló defienden a los trabajadores; los otros, no sé. Porque no sé con quién hablan. Sólo estoy seguro de que no hablan con el peronismo.
–Sigamos con el PJ. Daniel Scioli ha sido un hombre muy leal a la conducción de Cristina Fernández y también lo fue a la de Néstor Kirchner. Ese acompañamiento, ¿es sólo partidario o también es ideológico?
–Scioli es un gobernador que me merece todo el respeto. Yo lo voté y trabajé desde mi lugar para que ganara las elecciones. En algún momento, me pareció que se había adelantado demasiado para anunciar su candidatura presidencial. Todavía hoy faltan más de 1.000 días para las elecciones de 2015. Hay que ser más cuidadoso. Sobre su gestión, hay cosas que comparto y otras que no. El manejo del presupuesto generó un déficit importante por no querer cobrarle impuestos a los que más tienen. Creo que podría haber tomado decisiones más contundentes en ese sentido.
–Le tiro otro nombre: José Manuel De la Sota.
–Es un hombre que debe dedicarse a gobernar su provincia.
–¿No lo ve capaz de liderar un espacio opositor que surja del peronismo?
–No. Creo que tiene las intenciones, pero nada más.
–El próximo año será electoral. ¿A quién imagina encabezando las listas en la provincia de Buenos Aires?
–No hay que imaginar. Hay que tomar la decisión de poner a los mejores y a las mejores cuando llegue la hora. Como yo no soy el que arma las listas, me eximo de tener que pensarlo. Si tuviera que hacerlo tendría alguna idea, pero…
–Diga un nombre, de onda.
–Nunca. No soy el que arma la lista. Y si fuera mi rol, tampoco lo diría ahora, para que le tiren a matar cuando todavía faltan 10 meses para la elección.
–Usted escribió un libro tomando como inspiración a Arturo Jauretche. ¿Cómo ve la relación del gobierno con la clase media? ¿Qué reflexión le merece, mirándola en perspectiva, la marcha que se hizo el 8 de noviembre?
–El 8N no es la representación de la clase media. Son sectores, en su mayoría privilegiados, que se expresaron con total libertad, aunque a mi criterio de muy mal modo. Insultaron a la Presidenta, le dijeron de todo. Se burlaron de la muerte de Néstor, criticaron la Asignación Universal y la entrega de las netbooks. Hubo gente en esa marcha que decía que para tener hijos había que tener plata. No nos podemos ocupar de ese odio, que lo paseen por donde quieran.
–¿Lo que dice es que la clase media no estaba representada allí?
–En esa marcha no estaba la clase media. Mayoritariamente eran sectores más privilegiados, que encontraron un lugar para expresarse y está bien que lo hayan hecho. Luego apareció algún oportunista, como Mauricio Macri, tratando de aprovechar la situación, pero lo cierto es que tampoco lo siguen a él.
–¿Hay porciones importantes de sectores medios que acompañan este modelo?
–Claro que los hay. Pero también hay otros que no acompañan y no se manifiestan con el odio que se vio en esa marcha. Pueden estar en contra del Gobierno, pero no lo expresan de esa forma. Yo suelo viajar mucho por mi trabajo. Cuando voy en avión se me acerca mucha gente a saludarme, a decirme que no aflojemos. Esos ciudadanos tienen cierto poder adquisitivo. Claro que también hay algunos que no te quieren, pero son las reglas del juego.
–A veces, pareciera que la sociedad está demasiada polarizada. Digamos: que tanto el respaldo como el rechazo al Gobierno son muy viscerales. ¿Tiene esa sensación?
–El Gobierno tiene una posición asumida. No somos neutrales. Hay un proyecto político. Tenemos la decisión de volcar nuestras medidas sobre los sectores más vulnerables y nuestras decisiones van en ese sentido. Lo que pasó todos estos años, a partir de la presencia de Néstor y Cristina, es que el poder fáctico se separó del poder electo. Eso genera discusión. Hoy, el poder Ejecutivo decide sin consultar a los poderes fácticos. Los que no estén de acuerdo con eso, lo que tienen que hacer es armar un partido y competir. Y si ganan las elecciones, conducirán como les parezca.
–De todos modos, las posiciones, a favor y en contra, a veces, son muy extremas.
–Quizás nosotros somos muy vehementes en nuestras posturas y eso hace que los otros también lo sean. Mirá, hay un libro de Massimo Manfredi sobre la vida de Alejandro Magno. Allí cuenta que Alejandro, educado por Aristóteles, le preguntaba a su maestro por qué lo formaba como a un griego, si en Atenas lo que más había era desorden. Todos discutían fuertemente entre sí, gritaban. Siempre había quilombo. Aristóteles, en ese libro, le contesta a Magno: ”Eso es la libertad”. Entonces, lo que pasa ahora es lo mismo: es la libertad

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