Conmoción e interpelación. Dos palabras para dar cuenta del impacto que en muchos de nosotros provocó esa inesperada fisura de una historia que parecía destinada a la reproducción eterna de nuestra inagotable barbarie. Ruptura, entonces, de lo pensado y de lo conocido hasta ese discurso insólito que necesitaba encontrarse con una materialidad histórica que, eso pensábamos, huía de retóricas del engaño o la autoconmiseración. El kirchnerismo, ese nombre que se fue pronunciando de a poco y no sin inquietudes, desequilibró lo que permanecía equilibrado, removió lo que hacía resistencia, cuestionó lo que permanecía incuestionable, aireó lo asfixiante de una realidad miasmática y, por sobre todas las cosas, puso en marcha de nuevo la flecha de la historia.

Con pasiones que parecían provenir de otros tiempos, los últimos años, en especial los abiertos a partir de la disputa por la renta agraria en el 2008, han sido testigos de querellas intelectual-políticas que obligaron a cada uno de sus participantes a tener que tomar partido. Fue imposible sustraerse a la agitación de la época y a la vigorosa interpelación que el kirchnerismo le formuló a la sociedad. La política, con sus intensidades y sus desafíos, con sus formas muchas veces opacas y otras luminosas, se instaló en el centro de la escena nacional para, como hacia mucho que no sucedía, convocar a aquello que siempre estuvo en su interior aunque pudiera, en ocasiones, quedar escondido por las hegemonías del poder real: ”el litigio por la igualdad”.

El kirchnerismo salió al rescate de tradiciones y experiencias extraviadas corriendo la pesada lápida que había caído sobre épocas en las que no resultaba nada sorprendente el encuentro, siempre arduo y complejo, de la lengua política y los ideales emancipadores, y al hacerlo desafió a una sociedad todavía incrédula que sospechaba, otra vez, que le querían vender gato por liebre. En todo caso, hizo imposible el reclamo de neutralidad o de distanciada perspectiva académica, hizo saltar en mil pedazos la supuesta objetividad interpretativa o la reclamada independencia periodística mostrando, una vez más, que cuando retorna lo político como lenguaje de la reinvención democrática se acaban los consensualismos vacíos y los llamados a la reconciliación fundados en el olvido histórico. Lo que emerge, con fuerza desequilibrante, es la disputa por el sentido y la irrevocable evidencia de las fuerzas en pugna. El kirchnerismo, lo decía en otro lugar, vino a sacudir y a enloquecer la historia. El impacto enorme de su impronta, de esa invención a contracorriente formulada en mayo de 2003, sigue irradiando alrededor nuestro y continúa definiendo el horizonte de nuestros conflictos y posibilidades.

Pocos, muy escasos, acontecimientos políticos han despertado tantas polémicas, tantas querellas y tantas pasiones como lo abierto por la irrupción de esta extraña figura proveniente del sur patagónico. En Kirchner y, con una potencia duplicada por el propio dramatismo de una muerte inesperada, en Cristina Fernández se ha desplegado lo que pocos creían que podía volver a suceder en el interior de la realidad argentina: la alquimia de voluntad, deseo y audacia para torcer una historia que parecía sellada. El retorno, bajo las condiciones de una particular y difícil época del país y del mundo, de la política como ideal transformador y como eje del litigio por la igualdad. Ese es el punto de inflexión, lo verdaderamente insoportable, para el poder real y tradicional, que trajo el kirchnerismo: el corrimiento de los velos, el fin de las impunidades materiales y simbólicas, la recuperación de palabras y conceptos arrojados al tacho de los desperdicios por los triunfadores implacables del capitalismo neoliberal y revitalizados por quienes, saliendo de un lugar inverosímil, vinieron a interrumpir la marcha de los dueños de lo que parecía ser el relato definitivo de la historia.

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Una pancarta hecha y sostenida por manos inexpertas sintetiza, para mí, lo caudaloso del legado de Néstor Kirchner, la intensidad con la que tocó hondamente el alma de millones de argentinos. En letras bien visibles y desprolijas se podía leer: ”Los gitanos de Santa Cruz te recordaremos por siempre Lupo, fuerza Cristina”. Ese puñado de familias gitanas que al costado del camino que lleva al cementerio de Río Gallegos sostenían, en el día de la despedida que su pueblo le dio hace dos años, en medio del frío y del viento patagónico, ese cartel de agradecimiento se contraponía, así lo pensé en aquel momento de honda emoción, dramática y decisivamente, a las nuevas formas del racismo y la exclusión europeas. Mientras que en Francia, por esos días de octubre de 2010, Sarkozy expulsaba a los gitanos, en nuestro país se acogía, y se lo sigue haciendo, con enorme generosidad, y gracias a una ley impulsada por el gobierno de Kirchner, a los migrantes que buscan habitar nuestro suelo. Los gitanos simbolizan, con su sufrimiento, a los pueblos humillados y excluidos por los ricos del planeta, mientras que en nuestro continente, tantas veces saqueado y lastimado por esos mismos poderes, vemos de qué modo corren otros vientos que encontraron en nuestro país, y en el giro histórico que significó la llegada a la presidencia de Kirchner en 2003, la fuerza de la hospitalidad.

Parece una anécdota menor, una nota de color en medio de un acontecimiento estremecedor que marcó una inflexión en el derrotero de la Argentina; y sin embargo, es la metáfora de una manera de concebir la política y de imaginar los caminos de la reparación de una sociedad fragmentada y profundamente dañada por décadas de degradación y de concentración en pocas manos del poder económico. Kirchner, en todo caso, quebró, de modo inesperado, el rumbo inercial de una sociedad devastada y atrapada entre las redes de poderes implacables e inclementes que fueron desmontando, con siniestra prolijidad, tanto la realidad como la memoria de una época más equitativa en la que los derechos tenían como eje al mundo de los trabajadores.

Kirchner como el nombre de una reparación, como el santo y seña de un giro que habilitó la restitución de derechos y de memoria, pero también como el nombre de una refundación de la política sacándola del vaciamiento y la desolación de los noventa. Y haciéndolo de manera transgresora, pero no al modo de la farandulesca, banal y prostibularia ”transgresión” del menemismo, sino quebrando el pacto ominoso de la clase política con las corporaciones, tocando los resortes del poder y haciendo saltar los goznes de instituciones carcomidas por la deslegitimación. Kirchner como el nombre de una insólita demanda de justicia en un país atravesado por la lógica del olvido y la impunidad.

Ese nombre tantas veces gritado y llorado en esos días guardaba dentro suyo, y como un mentís histórico al fraude mediático, la verdad de lo negado, la verdad de aquello que quiso ser ocultado, el gesto desenfadado de quien había creado las condiciones, tal vez inimaginables años atrás, de una esencial reconstrucción no sólo de la economía sino, fundamentalmente, de la vida social, cultural y política envilecida por décadas de degradación y asoladas por algunas marcas indelebles como lo fueron la dictadura, la desilusión de Semana Santa y de las leyes de la impunidad, la caída en abismo de la hiperinflación, la frivolidad destructiva del menemismo y la desesperación posterior a las jornadas de diciembre de 2001.

Cabalgando contra esa desolación y viniendo de una tierra lejana, cuyo nombre no deja de tener resonancias míticas y fabulosas, un viejo militante de los setenta, aggiornado a los cambios de una época poco dispuesta a recobrar espectros dormidos, derramó sobre una sociedad, primero azorada y luego sacudida por un lenguaje que parecía definitivamente olvidado, un huracán de transformaciones que no dejaron nada intocado y sin perturbar. Un giro loco de la historia que emocionó a muchos y preocupó, como hacía demasiado que no ocurría, a los poderes de siempre. Sin esperarlo, con la impronta de la excepcionalidad, Néstor Kirchner apareció en una escena nacional quebrada y sin horizontes para reinventar la lengua política, para sacudirla de su decadencia reinstalándola como aquello imprescindible a la hora de habilitar lo nuevo de un tiempo ausente de novedades.

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Kirchner, entonces y a contrapelo de los vientos regresivos de la historia, como un giro de los tiempos, como la trama de lo excepcional que vino a romper la lógica de la continuidad. Raras y hasta insólitas las épocas que ofrecen el espectáculo de la ruptura y de la mutación; raros los tiempos signados por la llegada imprevista de quien viene a quebrar la inercia y a enloquecer a la propia historia redefiniendo las formas de lo establecido y de lo aceptado. Extraña la época que muestra que las formas eternas del poder sufren, también, la embestida de lo inesperado, de aquello que abre una brecha en las filas cerradas de lo inexorable que, en el giro del siglo pasado, llevaba la impronta aparentemente irrebasable del neoliberalismo.

Es ahí, en esa encrucijada de la historia, en eso insólito que no podía suceder, donde se inscribe el nombre de Kirchner, un nombre de la dislocación, del enloquecimiento y de lo a deshora. De ahí su extrañeza y hasta su insoportabilidad para los dueños de las tierras y del capital que creían clausurado de una vez y para siempre el tiempo de la reparación social y de la disputa por la renta. Kirchner, de una manera inopinada y rompiendo la inercia consensualista, esa misma que había servido para reproducir y sostener los intereses corporativos, reintrodujo la política entendida desde el paradigma, también olvidado, del litigio por la igualdad.

En el nombre de Kirchner se encierra el enigma de la historia, esa loca emergencia de lo que parecía clausurado, de aquello que remitía a otros momentos que ya nada tenían que ver, eso nos decían incansablemente, con nuestra contemporaneidad; un enigma que nos ofrece la posibilidad de comprobar que nada está escrito de una vez y para siempre y que, en ocasiones que suelen ser inesperadas, surge lo que viene a inaugurar otro tiempo de la historia. Kirchner, su nombre, constituye esa reparación y esa inauguración de lo que parecía saldado en nuestro país al ofrecernos la oportunidad de rehacer viejas tradiciones bajo las demandas de lo nuevo de la época. Con él regresaron debates que permanecían ausentes o que habían sido vaciados de contenido. Pudimos redescubrir la cuestión social tan ninguneada e invisibilizada en los noventa; recogimos conceptos extraviados o perdidos entre los libros guardados en los anaqueles más lejanos de nuestras bibliotecas, volvimos a hablar de igualdad, de distribución de la riqueza, del papel del Estado, de América latina, de justicia social, de capitalismo, de emancipación y de pueblo abandonando los eufemismos y las frases formateadas por los ideólogos del mercado.

Casi sin darnos cuenta, y después de escuchar azorados el discurso del 25 de mayo de 2003, nos lanzamos de lleno a algo que ya no se detuvo y que atraviesa los grandes debates nacionales. El nombre de Kirchner, su impronta informal y desacartonadora de discursos y prácticas, nos habilitó para volver a soñar con un país que habíamos perdido en medio del desierto de una época caracterizada por las proclamas del fin de la historia y la muerte de las ideologías e incluso de la política. Apertura de un tiempo capaz de sacudir la inercia de la repetición maldita, de esa suerte de inexorabilidad sellada por el discurso de los dominadores. Pero también un nombre para nombrar de nuevo a los invisibles, a los marginados, a los humillados, a los ninguneados que, bajo sus banderas multicolores y sus rostros y cuerpos diversos, se hicieron presentes para despedir a quien abrió lo que parecía cerrado y clausurado. Los otros del sistema, los pobres y excluidos pero también los pueblos originarios, los habitantes de la noche y los jóvenes de los suburbios, los migrantes latinoamericanos que se encontraron con sus derechos y las minorías sexuales que se adentraron en un territorio de la reparación. Todos, absolutamente todos, estuvieron para nombrarlo, para llorarlo, para agradecerle y para juramentarse. Nadie utilizaba, en la plaza multitudinaria, retóricas políticamente correctas y todos se sintieron identificados con la irreverencia de ”los putos peronistas”, como si en ellos, en su delirio agradecido, estuviera, una vez más, el nombre de quien dislocó el curso de una historia de la infamia, el olvido, la desigualdad y la represión.

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Extravagancias de una historia nacida de lo inesperado y que se deslizó por una grieta mal cerrada del muro de un país desguazado; que lo hizo para interpelarnos de un modo excepcional y que parecía provenir de otros tiempos y de otros corazones pero que se manifestaba en la encrucijada de un presente que pudo, gracias a su aparición a deshora, desviarse de la ruta de la intemperie y la desolación para dirigirse, con la intemperancia de lo inaudito, hacia la reconstrucción y la reparación de una sociedad descreída que, por esos enigmas de la vida y de la historia, se descubrió de nuevo alborozada por antiguas y nuevas militancias, de esas que entrelazaron lo anacrónico y lo contemporáneo y que se derramaron de a miles, con su tristeza a cuestas pero también con su deseo de seguir y seguir, para despedir a ese flaco desprolijo, pícaro, entrañable y decidido que nos cambió la vida a todos. Extraño y maravilloso privilegio el de aquel que recibe de ese modo el amor de los incontables de la historia; enigma de una vida vivida con la fervorosa plenitud de los elegidos. Privilegio, el nuestro, de haber sido tocados por su ímpetu.

El nombre de Kirchner convertido para miles y miles de jóvenes en Néstor, en una alquimia de padre y de compinche, en uno más que se entramaba con la emergencia, también inesperada y formidable, de la participación y de fervores desconocidos que remitían a otra Argentina. Los jóvenes supieron de qué va el nombre de Kirchner, descubrieron qué se guardaba en ese flaco desgarbado que dejó una marca indeleble y que hizo descender sobre todos nosotros, y al mismo tiempo, la tristeza infinita por su muerte con la potencia y la energía de saber que todo está allí, junto a Cristina, para transformar la sociedad y volverla más justa, solidaria y festiva.

Permítame el lector cerrar esta nota con una anécdota personal, de esas que se atesoran para toda la vida. Tuve el privilegio de asistir a la cena de honor que se realizó el 25 de mayo de 2010 en la Casa Rosada, allí, cuando la noche avanzaba hacia la madrugada, me estreché en un abrazo que no olvidaré con un Néstor Kirchner feliz ante tanto pueblo derramándose por las calles de Buenos Aires. Mientras nos abrazábamos me dijo al oído palabras que me resultaron sorprendentes y que a la luz de su muerte adquieren una especial relevancia: ”Ricardo, estamos revirtiendo la situación y vamos a entrar por la puerta grande a la historia”. Néstor ya lo hizo.

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