Moyano tensó la cuerda de la CGT y aceleró una convocatoria del Gobierno

(Gustavo Gabotti)
El jefe de los camioneros busca imponer su sello al paro general que vienen conversando las distintas líneas sindicales. Pero coloca sus preocupaciones judiciales en el centro de la pelea. El Gobierno busca transitar por la brecha interna que puede agrandar esa ofensiva.
 

Habrá que ver si fue sólo un amague o si pensó seriamente en emigrar, pero resulta visible que Hugo Moyano no piensa tanto en dejar la CGT sino en tratar de imponer su marca. El clima de protesta se ha ido generalizando en una estructura sindical en transición, que busca dirimir el armado de su nueva mesa directiva y recrear el modo de pararse frente al Gobierno, pero la pelea está lejos de haber sido saldada a mano del jefe camionero. La única coincidencia es el fin del ciclo del triunvirato integrado por Juan Carlos Schmid, Héctor Daer y Carlos Acuña. El resto, es disputa.

La ofensiva lanzada por Moyano, con amenaza de paro propio para la semana que viene, tuvo como objetivo inmediato meter presión de última hora sobre la reunión del Consejo cegetista que ya se había dado cita para hoy con un único punto de temario: definir finalmente la fecha del muy conversado paro general.

Pero al mismo tiempo, con su estilo de dureza –que no ahorró desafíos sobre su situación judicial-, reavivó resquemores en medios cegetistas y precipitó una convocatoria que se venía conversando en la primera línea de Gobierno y que circulaba también por canales del sindicalismo. La cita prevista para cerca de este mediodía -entre ministros, el triunvirato de la CGT y algunos otros referentes-, no podrá contar con Jorge Triaca, que asiste a la conferencia de la OIT, en Ginebra. Señal de la velocidad con que fue concertado el encuentro.

Moyano exhibe como capital propio el hecho de haber articulado un sistema de alianza coyuntural incluso con viejos competidores externos de la CGT y, en algunos casos, también enemigos. La combinación muestra a las dos CTA, mayoritariamente asociadas al kirchnerismo, y los sectores más duros de la interna cegetista, empezando por el que encabeza Sergio Palazzo. El nombre del jefe de los bancarios aparece asociado al de Pablo Moyano para dar batalla por la conducción de la CGT.

Moyano padre mantiene también una relación más o menos fluida aunque cargada de recelos con los diversos movimientos sociales, con los cuales ha coincidido en movilizaciones pero sin ánimo de darles espacio orgánico en la estructura tradicional del sindicalismo peronista.

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Con esa masa crítica –y táctica, se diría-, el jefe de los camioneros decidió postergar la idea de recrear su vieja sigla del MTA, con historia fundacional en los 90 cuando enfrentaba a la CGT que se exhibía incondicional del menemismo. Pero mantiene la decisión de escalar en la protesta y liderarla.

En las últimas horas, y anoticiado por supuesto de los canales siempre abiertos por otros sectores sindicales con el Gobierno, decidió forzar su propio conflicto por la paritaria para amenazar con un paro de camioneros, el jueves que viene. Ese mismo día es anotado en la agenda por los sectores sindicales más duros para tratar de imponer la fecha del paro general, que oscila según cada franja interna entre el jueves 14 y fines de mes.

Moyano explota además que aún no está cerrado un acuerdo definitivo entre los otros jefes sindicales. Los “gordos” de los grandes gremios, los “independientes” (construcción, estatales de UPCN, aguas, entre otros) y algunos más indefinidos (empezando por el estratégico gremio de los colectiveros) alcanzaron a consensuar la idea de volver al esquema de un mesa directiva con un solo secretario general. Luis Barrionuevo trabó ese recorrido, aunque sin cerrar filas con el moyanismo, mientras juega sus fichas también en la intervención del PJ.

Por supuesto, nada es homogéneo y no faltan pases de facturas. La conducción de la UTA, que encabeza Roberto Fernández, es colocado en lugar de privilegio en las negociaciones domésticas de la CGT cuando se avecina un paro, pero a veces es desconsiderado en su propio frente. Cierto malestar trascendió hacia los Moyano por el guiño a los metrodelegados, con cuentas pendientes a resolver con la UTA en el ámbito del Ministerio de Trabajo.

Moyano, se ha dicho, busca endurecer la protesta también como un modo de cerrar caminos a las negociaciones, no siempre visibles, entre los jefes sindicales considerados dialoguistas y el Gobierno, a pesar incluso de que hubo un intento de recomposición con él mismo desde Trabajo. Pero su discurso y su práctica complican el panorama hacia el interior de la propia CGT.

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Ayer, en un discurso de tribuna –es decir, no ante alguna pregunta de la prensa-, volvió a colocar en el centro del conflicto su propia situación frente a diferentes denuncias y causas judiciales. “Si me quieren meter en cana, vengan y llévenme”, dijo, con palabras y tonos similares a los del acto de febrero en la 9 de Julio.

Está convencido de que detrás de cada movimiento en el terreno judicial está el Gobierno o, en rigor, el círculo más próximo a Mauricio Macri. Y carga además contra los medios. Apunta así contra una alianza gobierno-jueces-medios. Suena amenazante, con eco kirchnerista. Y varios de los jefes sindicales evalúan que en ese juego puede desgastar a la propia CGT.

Sobre esa fisura, precisamente, intenta trabajar el Gobierno. Y por momentos, el cuadro replica de manera distorsionada la situación del peronismo. Los jefes sindicales computan el desgaste presidencial, la situación económica y el clima anticipado de campaña, todos elementos para redefinir el modo de posicionarse frente a Macri y al mismo tiempo resolver el tipo de conducción, tarea que el tejido interno proyecta para mediados de agosto. Moyano, en todo caso, quiere imponer de antemano un perfil de dureza.

La relación más amplia de la primera línea sindical con el peronismo sigue transitando por distintas vías individuales. Lo más sólido, desde el punto de vista orgánico, sigue siendo con los legisladores y en particular con el bloque de senadores del PJ. Sumó el martes un gesto de Miguel Angel Pichetto, de visita a la sede de Azopardo, con la reiteración de que cualquier proyecto vinculado con el mundo gremial deberá tener el visto bueno de la CGT antes de avanzar en el Congreso.

Ya el propio Gobierno se había encargado de dejar trascender que ese no sería un terreno de batalla. Es el caso de lo que queda de la reforma laboral, fraccionada hace rato en tres proyectos. La última señal del oficialismo es que será podada la iniciativa sobre indemnizaciones, rechazada sin vueltas por los jefes sindicales, para asegurar al menos la aprobación de la ley de blanqueo laboral. Síntoma también de cómo se han achicado los márgenes de negociación en el rubro sindical. Tal vez algo de eso sea conversado hoy en el encuentro armado ayer a la carrera.

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