Por Luis Tonelli , de la Revista Debate

Crecimiento y PJ es la fórmula de la que se aferra el kirchnerismo para intentar su recuperación política. Recuperación para apuntalar la gobernabilidad del sistema, resentida desde que la oposición comenzó a disputarle poder real al oficialismo como nunca lo había hecho en estos seis años. Pero también para esperanzarse con volver a ser lo que fue electoralmente, con vistas a la renovación presidencial de 2011.

En el kirchnerismo no hay lugar para pensamientos románticos: en política no existe el amor, sólo intereses. De este modo, el apoyo popular vendrá solo, con la mejora de la situación económica, así como su empeoramiento lo alejó. De este modo, la infraestructura de la billetera manda por sobre la superestructura de las pasiones políticas, según los preceptos del materialismo patagónico. Los que afirman otra cosa, sencillamente mienten (al fin y al cabo, “todos mienten”, como dice Dr. House). Y 2010 -auguran los gurúes, incluso los que se quejan de la seguridad jurídica- será un buen año para la economía argentina.

Si la expansión de la economía permitirá generar felicidad por el lado de la demanda económica (¿quién no se pone contento cuando se compra algo?), el disciplinamiento del PJ tiene como objetivo operar por el lado de la oferta política, pero no expandiéndola si no al contrario, limitándola.

La estrategia kirchnerista es muy clara. La reforma política brinda incentivos para que se unifiquen las fuerzas políticas. Si el PJ quiere mantenerse en el poder tendrá que jugar con el oficialismo, quien controlará la estructura legal partidaria y también la maquinaria electoral. Todos, gobernadores e intendentes, condenados a navegar en el gran barco peronista, ya que si juegan en contra, corren el riesgo de hundirse junto con el capitán, quien por el momento está ocupado en agujerear todos los botes salvavidas.

Pero, claro, si el mismísimo Tu Sam alertaba que las cosas podían fallar (y a veces le fallaban), la estrategia del kirchnerismo no está, ni mucho menos, condenada al éxito.

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Es cierto que aún conserva resortes decisivos de poder para disciplinar a propios y ajenos. Y también es cierto que, quizás, disponga de renovados recursos el año próximo. Pero la baja popularidad del Gobierno, engordada por el conflicto a todo o nada con las corporaciones mediáticas, lo condena por el momento a un círculo vicioso: toda acción gubernamental, incluso las que pueden ser consideradas positivas, son sometidas a una crítica feroz. Si se presentan estadísticas, con razón ya no se creen. Y si las cosas mejoran, muchos piensan que es a pesar del Gobierno y no gracias él.

La popularidad, ergo, no levanta y, como lo demostraron las últimas elecciones, las encuestas tarde o temprano se materializan en votos. La falta de recuperación en la popularidad oficial, envalentona a una oposición que sospecha que mucha de su suerte se jugará en su capacidad para demostrar que tiene vocación para ganar poder, y también para saber usarlo.

La creciente judicialización de la política es un clásico que preanuncia la alternancia del poder: por un lado, fiscales y jueces se le animan al Gobierno saliente, y avanzan causas que hacen que las balas judiciales le piquen cerca de los pies kirchneristas. Por el otro, la oposición encuentra en la vía de las denuncias, que hoy toman otra dinámica, la manera de exhibir poder sin necesidad de gobernar. Norberto Oyarbide podrá sobre-seer al ex presidente de la causa de enriquecimiento ilícito, pero los medios plantearán sus dudas sobre el fallo (más de allá los montos extraordinarios de ganancias del matrimonio gobernante, cuesta creer que abogados tan hábiles como Néstor y Cristina hayan realizado una declaración jurada que se vuelva un documento en su contra).

La dinámica de la situación sigue los patrones de la psicología política barata argentina: cuando la economía comienza a ir mal no es por la crisis internacional, la falta de inversión, la inflación, o la inseguridad jurídica, si no, porque la clase política se la “está llevando toda” y no le deja nada al pueblo.

Lo que está en duda entonces es si, como sostiene el materialismo patagónico, volver a crecer, de darse, toquemos madera, también implicará que se vuelva a creer en el Gobierno. O, si no, como lo sentencia otra de las manías criollas, una vez que un Gobierno entró en decadencia los sectores que se le van, hacen un click y ya no vuelven. Cosa que no pasa por cierto en otras latitudes, como en Chile, la presidenta Michelle Bachelet arrancó mal pero luego termina su mandato con índices de popularidad altísimos. Lo mismo Lula da Silva en Brasil, que a los pocos meses de empezar estaba por el suelo, pero luego se recuperó y hoy es muy popular.

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Kirchner sabe que la pregunta clave es: “¿cuánto es lo que necesito para ganar las elecciones?”. Y ahí volvemos al plano político. Para el kirchnerismo recuperar y encolumnar a los sectores populares permite superar el 40 por ciento de los votos y ganar así en primera vuelta, frente a una oposición dividida. Se puede discutir desde la estadística, pero ellos confían en eso y punto.

Mientras tanto, en la oposición todo es más ambiguo y más confuso, aunque esto no significa que por ello se pierdan votos, sino todo lo contrario. La oposición disfruta de las preferencias negativas contra el kirchnerismo y eso es lo que junta lo imposible de ser juntado de otra manera. Es el romanticismo opositor que ha logrado transmitir que el “problema son los Kirchner y que sin ellos todo va a ir mejor”.

Todavía no queda claro quién va a competir en las internas y bajo qué rótulo, ya que hay muchas conversaciones de todos con todos y versiones para todos los gustos. Inclusive la que menciona a un binomio conformado por Julio Cobos y Francisco de Narváez -quien parece que ya está “bien de papeles”-, basado en la imposibilidad de reelección del mendocino, que en caso de ser electo, luego le devolvería el favor al Colorado. En fin, mil versiones pero nada concreto.

Lo cierto es que al vicepresidente le conviene que todos los opinólogos lo consideren el próximo presidente (cosa que también parece creer Obama) y flotar así por encima de las miserias de las internas, más aun si se le pone enfrente Elisa Carrió.

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Las internas abiertas podrán ser utilizadas por el resto de las fuerzas políticas pero, quizás, no por el oficialismo. Néstor Kirchner aspira a controlar la llave de la competencia interna en el PJ y que, en todo caso, los “disidentes” tengan que jugar por afuera, compitiendo entre sí. Eduardo Duhalde, Felipe Solá, Francisco de Narváez, Mauricio Macri. Algo de eso debe haber prevenido a Carlos Reuteman para sacarle la cola a la jeringa que le quiso aplicar Chiche en nombre de su cónyuge, Eduardo Duhalde, quien a su vez había dicho que si finalmente el santafesino la saca, él la pondría gustoso. Se entiende que, en el dialecto conurbano, “jeringa” es la metáfora por la candidatura presidencial. Y “cola” -qué educados que son los Duhalde- se refiere a aceptarla. Quizás el Lole todavía se esperanza con llegar a un acuerdo con el kirchnerismo y dejar a todos los demás pataleando afuera. Quizás quiere todavía quedarse en boxes mientras los otros gastan la máquina en vueltas de prueba inútiles. O quizás vio, de nuevo, algo que no le gustó.

Entretanto, los conocedores del peronismo no descartan una candidatura final de Daniel Scioli, quien se encuentra en un difícil trance por la complejidad de los problemas de su provincia, pero no nos engañemos, también

-y en especial- por aparecer tan cerca del kirchnerismo. Scioli intuye que su futuro político dependerá de trascender a Néstor Kirchner pero no de enfrentarlo. Se dice que la promesa que le hizo el ex presidente es que si él no llega a medir para ganar las elecciones, entonces le dejará su lugar al ex motonauta. De darse esta posibilidad, mucho de la apuesta y el sacrificio del gobernador tendrá sentido, al menos para la política.

Pero, ¿quién puede confiar en Kirchner? Si se está de acuerdo con Dr. House, claro. Foto: F. Peña

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