Por Carlos Escudé *

Apreciado lector, no crea usted que me he vuelto loco. No. Sé que en el pasado he dicho otra cosa. Pero los tiempos han cambiado, y mientras en la década del 90 parecía que la Argentina jamás recuperaría sus islas irredentas, en la segunda década del siglo XXI vivimos en un mundo nuevo en el que todo es posible.

Veamos por qué. Pero antes repasemos algunos datos duros, porque como decía el General, la única verdad es la realidad.

Lo primero, primero. La Argentina tiene derechos a las islas Malvinas porque en 1833 las ocupaba legalmente y fue expulsada por la fuerza, contra todo derecho. Con arrogancia, la superpotencia de la época, Gran Bretaña, envió una poderosa fragata, tomó presos a nuestros pobladores, los fletó para Montevideo, arrió nuestro pabellón e izó el imperial Union Jack.

Es verdad que, como aducen los ingleses, desde 1833 hasta el presente multitud de territorios cambiaron de mano a raíz de la conquista, y que la mayor parte de los países que sufrieron usurpaciones no tienen derechos actuales sobre las tierras perdidas. Por ejemplo, durante la Guerra de la Triple Alianza, librada entre 1865 y 1870, la Argentina y Brasil ocuparon tierras que entonces eran paraguayas, pero el país guaraní carece de derechos a éstas porque después firmó tratados en los que reconoció que la mayor parte de esos territorios correspondían a los vencedores. Con ese acto, perdieron los derechos que hipotéticamente poseían.

Pero el caso de Malvinas es distinto, porque la Argentina jamás firmó un tratado reconociendo la legitimidad de la usurpación británica. Por eso nuestro país no perdió sus derechos. Podemos decir con toda confianza que nuestro reclamo tiene legitimidad jurídica.

Dicho esto, sin embargo, hay algunos malentendidos que deben aclararse. La cuestión de las Malvinas tiene muchas complejidades, y simplificarlas en aras de un fácil adoctrinamiento de nuestra gente es contraproducente para nuestra causa.

Tomemos, para empezar, la cuestión de la población. Los habitantes actuales de las Malvinas remontan su presencia, como colectivo, a la usurpación de 1833. Es una población artificial tal como dice nuestra Cancillería. Pero las cosas no son tan simples, ya que toda población de las Malvinas es necesariamente artificial. Por cierto, en el archipiélago jamás hubo una población nativa. ¡Nunca hubo indígenas malvineros! Es casi el único lugar de las Américas donde los indigenistas no puede aducir, indignados, que los pueblos originarios fueron expulsados de sus tierras. Y los malvineros actuales ya tienen entre siete y ocho generaciones en las islas: ostentan el récord.

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La paradoja es mayor si consideramos que la primera población de las islas no fue argentina, ni española, ni inglesa. ¡Fue francesa! Y profundizando en la complejidad, no viene mal recordar que, mucho antes de que llegaran los franceses, los holandeses las pusieron en el mapa. Por cierto, en 1600 fueron avistadas por el marino Sebald de Weert, y el primer nombre por el que se conoció a nuestras islas fue el de islas Sebaldinas.

Los franceses llegaron recién en 1764. Liderados por Louis de Bougainville, fundaron la localidad de Port Louis en la isla Soledad. Como usted seguramente sabe, lector, sus marineros provenían de la isla de Saint-Malo, y fue por eso que nuestras islas fueron bautizadas Malouines, un nombre traducido al castellano como Malvinas. Pero en 1766, sin conocimiento de los franceses, llegaron los ingleses y se establecieron en la isla Gran Malvina, fundando Port Egmont. Bautizaron Falkland Islands al archipiélago donde franceses e ingleses cohabitaron sin saberlo.

Mientras tanto, los españoles se habían quejado a los franceses, porque según los términos de un tratado franco-hispano llamado Pacto de Familia, todas las islas cercanas a las costas patagónicas, conocidas o desconocidas, debían pertenecer a España. Los franceses reconocieron que eso era verdad, pero declararon que como ellos ya habían hecho una inversión, las islas les serían entregadas a España sólo si ésta les pagaba una fuerte suma. Los peninsulares aceptaron, y en 1767 Francia entregó Port Louis a España, que repobló la localidad con su gente y la rebautizó Puerto Soledad. A partir de entonces, en islas diferentes, ingleses y españoles cohabitaron sin saberlo.

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Cuando finalmente se encontraron, los españoles mandaron una expedición desde Montevideo para expulsar a los ingleses. Juan Ignacio de Madariaga los desalojó en 1770, y estuvo a punto de desencadenarse una guerra entre España e Inglaterra. Fue evitada porque, en 1771, los españoles accedieron a que los ingleses regresen a Port Egmont. Finalmente, en 1774, los ingleses se fueron motu proprio, dejando una placa que decía que esas tierras pertenecían a su majestad británica. Y en 1811 se fueron también los españoles, dejando otra placa que adjudicaba la soberanía al rey don  Fernando VII.

Las islas permanecieron sin gobierno ni población entre 1811 y 1829, cuando llegó la expedición argentina a cargo de Luis Vernet, quien se estableció en Puerto Soledad, rebautizándolo Puerto Luis. Pero Vernet se equivocó cuando, en 1831, tomó presos a tres pesqueros norteamericanos que operaban en aguas de las Malvinas. Fue el principio del fin. El gobierno de Estados Unidos envió una corbeta de guerra, que tomó Puerto Luis y declaró a las islas ”libres de todo gobierno”. Los argentinos regresaron en 1832, pero como dijimos al principio, poco después, en 1833, llegaron los británicos y se apoderaron de las islas.

Esa, amigo lector, es la complicada historia. De los tres países que participaron en los episodios de las décadas de 1820 y 1830, sólo las Provincias Unidas del  Río de la Plata obraron legalmente. No expulsaron a nadie y reclamaron la soberanía como Estado sucesor de España, ya que las Malvinas habían sido parte del Virreinato del Río de la Plata en tiempos coloniales. Los ingleses tomaron las islas por la fuerza, pero como dije al principio, la Argentina jamás aceptó la validez de esa usurpación. Por consiguiente, su reclamo de soberanía actual es tan válido como entonces.

Después no pasó casi nada hasta la invasión de 1982 y la guerra resultante. Éstos fueron grandes errores de la dictadura militar argentina, que dañaron gravemente nuestras perspectivas de recuperar las Malvinas. Hasta ese momento, aunque a regañadientes, Gran Bretaña había estado dispuesta a negociar, pero a partir de entonces se comprometió firmemente con los supuestos derechos de autodeterminación de los isleños (un derecho que, durante siglos, los ingleses les negaron a los escoceses, irlandeses y galeses).

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Para colmo, cuando en 1991 cayó la Unión Soviética, pareció que el mundo se encaminaba a un siglo de unipolaridad anglo-norteamericana. En ese contexto era casi imposible conseguir nada. De allí que Guido Di Tella adoptara la tonta estrategia del osito Pooh: no había mucho más que pudiera hacerse. Por cierto, la década del 90 fue negra para nuestra causa.

Pero hoy las cosas están cambiando. Estados Unidos está en crisis. Gran Bretaña también. China desplaza económicamente a los yanquis. La economía brasileña desplaza a la británica de la sexta posición mundial.  ¡Y Brasil, Chile y Uruguay apoyan a la Argentina! Este es un enorme logro diplomático del gobierno actual: nuestros vecinos no permiten que barcos con bandera de Malvinas recalen en sus puertos.

Si estas tendencias continúan, los británicos eventualmente harán con las Malvinas lo que hicieron con Hong Kong: devolverlas a sus legítimos dueños. Pero para esto, amigo lector, debemos hacer las cosas tan bien como en los últimos años… y además, esperar otros cincuenta.

Esa es la verdad. Como consta en el caso de China y Hong Kong, la recuperación de las Malvinas es un proyecto de muy largo plazo. Debemos adquirir una paciencia china, permanecer unidos y llevarnos muy bien con nuestros vecinos.

 

El Doctor Escudé es actualmente Investigador Principal del CONICET y Director del Centro de Estudios de Religión, Estado y Sociedad (CERES), que funciona dentro del Seminario Rabínico Latinoamericano ‘Marshall T. Meyer’, la institución de ordenación de rabinos del judaísmo masortí latnoamericano. Anteriormente se desempeñó como docente en las Universidades de Belgrano, Torcuato di Tella, UCEMA, y en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación. Los trabajos de Escudé se asocian con el neomodernismo y el realismo periférico.

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