Sigue cometiendo errores no forzados en momentos en que su imagen baja por el recorte del gasto. Lo único que lo ayuda es la fractura del peronismo y el desprestigio kirchnerista.

El presidente suena alarmado y con razón. Las opiniones favorables a su gestión siguen en descenso desde la violenta protesta de diciembre contra la reforma previsional. Según varias encuestas cayeron de 10 a 14 puntos entre octubre y fines de enero.

Desde que llegó a la Casa Rosada su estrategia había apuntado en forma prioritaria a fortalecerse electoralmente. Con ese objetivo no cambió demasiado lo hecho por el kirchnerismo en materia económica y en algunos casos lo profundizó. Aumento el déficit fiscal al 6,1% del PBI, aumentó los planes y la Asignación Universal por Hijo, aumentó las jubilaciones con la “reparación histórica”, aunque paradójicamente lo acusan de perjudicar a los “abuelos, y acicateó el consumo y el crédito.

La única diferencia es que hizo todo esto adquiriendo deuda en lugar de emitir moneda y que aumentó las tarifas de servicios públicos. Beneficiarios principales de este desmanejo fueron los sectores pobres que le respondieron en las urnas. El kirchnerismo todavía no entiende por qué el pobrerío lo abandonó, pero la causa es más que obvia.

Esta estrategia exitosa hasta octubre ya resulta, sin embargo, inviable porque no se puede abusar más del gasto. Pero los beneficiados no aceptan el ajuste y la oposición más violenta aprovecha para amenazar con la desestabilización. Es en estas circunstancias que la política debería entrar en juego, pero sigue sin aparecer. Ministros y secretarios gerenciaron bien el despilfarro, pero se quedaron sin ideas a la hora de ajustarse el cinturón.

Para peor el presidente comete errores innecesarios como el de la protección del ministro de Trabajo. Pide austeridad, pero sostiene a un funcionario al que un sindicato le pagaba la mucama. Volvió a equivocarse al sobreactuar con un decreto contra el nepotismo para tapar el caso Triacca. Cuando podía diferenciarse gratis del kirchnerismo y hacer algo en favor del cambio y la transparencia, insistió en un error que le quita credibilidad.

Otro error innecesario fue el del DNU sobre desburocratización. Se expuso al rechazo del Congreso que, de producirse, representaría un durísimo golpe a la gobernabilidad. Había actuado con prudencia al no convocar a sesiones extraordinarias, pero con el DNU facilitó el escenario para la revancha del kirchnerismo y el massismo derrotados hace apenas tres meses. También le abrió el juego al peronismo de los gobernadores que no hace nada gratis.

El oficialismo tiene todas las herramientas legislativas que necesita para gobernar; simplemente tiene que utilizarlas. Cualquier otra cosa que forme parte del “relato” sobre el “cambio cultural” y el “reformismo” a esta altura sólo puede traerle más desgaste que rédito.

Por suerte para el presidente existe el peronismo en sus distintas variantes. Primero, Hugo Moyano que divide a la cúpula cegetista y llama a una movilización que será, quién puede dudarlo, otra exhibición de personajes patibularios y violentos que espantan a la clase media. Segundo, la facción kirchnerista que cada vez que alguno de sus integrantes abre la boca termina por darle aire al presidente.

El último fue el ex ministro de la Corte Raúl Zaffaroni al decir con todas las letras que quería que Macri no termine su mandato. Con alguna lentitud el oficialismo alumbró un proyecto para que se lo separe de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Esa tardía reacción no busca otra cosa que impulsar un debate en la Cámara de Diputados para arrinconar al kirchnerismo y retomar la iniciativa.
Por último hasta al Papa auxilió involuntariamente a Macri. Según Hebe de Bonafini, que tampoco quiere que el presidente termine su mandato, la comparó en una carta con Cristo y la consideró una víctima de calumnias operadas desde el Poder Judicial.

Hay, de acuerdo con reciente mediciones de opinión pública, un importante sector social antidemocrático. Ante la pregunta de si la democracia es la mejor forma de gobierno un 25% dice que no, un 63%, que sí, y un 12% que no sabe. La tendencia autoritaria no es nueva y se fortalece con el frustrante desempeño de los gobiernos electos por el voto popular, pero hoy sigue lejos de constituir una amenaza para las instituciones. En buena medida porque no es funcional al peronismo como ocurrió, por ejemplo, en 2001.

La novedad es que el peronismo en función opositora se encuentra por primera vez con un gobierno que lo desafía de palabra pero lo imita en el asistencialismo y que se ha transformado así en un problema que su dirigencia todavía no encontró la forma de resolver.

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