Por: Oscar González
La vil agresión a la familia Kicillof remite a pensar, históricamente, en aquellos elementos que pululan en los pliegues de las clases medias que, aunque provenientes de un sector ilustrado y supuestamente bienpensante, suelen deslizarse hacia el fascismo cuando imaginan, usualmente sin razón, que peligra su ”modo de vida”, al que estiman privilegiado. Esa ”amenaza” puede provenir de inmigrantes, afrodescendientes, comunistas, obreros, judíos, árabes, homosexuales, jóvenes, cabecitas negras y una profusa nómina tan frondosa como disparatada.
En esa lógica, el linchamiento, sea material o simbólico, es presentado como una reacción ”natural”, fruto de la indignación, como los nazis intentaron justificar la ”Noche de los cristales”, donde murieron decenas de judíos. La llamada ”Liga Patriótica”, integrada por ”niños bien” que se dedicaban a apalear obreros, quemar libros y empastar imprentas a comienzos del siglo XX, pretendía justificarse en la supuesta defensa del ”ser nacional”.
Como lo muestra la ultraderecha en Francia e Italia, ese fascismo suele ir acompañado de burdas manifestaciones antipolíticas. Así, el comerciante adinerado que opera en negro para evadir impuestos, la señora elegante que no registra a su empleada, el exportador que subfactura sus envíos, el propietario rural que reduce a sus trabajadores a condiciones de servidumbre; todos se escandalizan de la corrupción de la ”clase política”.
Mientras los asuntos públicos, de creciente complejidad en todas las sociedades contemporáneas, demandan cuadros y funcionarios cada vez más calificados, el sentido común fascistoide proclama que esas tareas requerirían apenas el concurso de una suerte de voluntariado barato. Ese cacareo ignorante y peligroso es empujado, desde luego, por operadores periodísticos y articulistas que cobran cientos de miles de dólares mensuales por inclinar la balanza hacia el lado del privilegio.
Es la prédica que pavimentó la llegada de la dictadura y, en los ’90, el arribo neoliberal a todos los estamentos y agencias del Estado.
Veinte años más tarde, el objetivo es el mismo y los resultados pueden verse en los ”espontáneos” cacerolazos y las letrinas digitales por las que circula la opinión de ciertos lectores de la prensa hegemónica. También, de un tiempo a esta parte, se revelan en las agresiones a periodistas y funcionarios. Es el caso de la infame provocación de que fue objeto el viceministro Axel Kicillof, mientras viajaba en la clase turista de un medio de transporte de línea, a la luz pública, en compañía de su mujer y sus pequeños hijos, y sin custodia alguna.
Hijos del prejuicio, las mentiras y campañas orquestadas por los medios que operan para la restauración conservadora, estos patéticos lumpenburgueses que agreden a un funcionario ejemplar y su familia, pueden caer en la cuenta tardíamente de que su cobarde conducta, aunque esté basada en ingenuidad o ignorancia, los convierte en lacayos de quienes apenas ayer le vaciaron los bolsillos a la clase media y, lo peor, la despojaron de su dignidad.

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