El especialista en informática que asistía a Nisman brindó una conferencia de prensa junto a su abogado penalista, Maximiliano Rusconi, en la que relató que el sábado anterior a su muerte el fiscal lo convocó en su casa sin ningún motivo manifiesto y que una vez que estuvo allí, sin más vueltas, le preguntó: ”¿Tenés un arma?”.

Aquella jornada comenzó, según el relato de Lagomarsino, con dos llamados por parte del fiscal, dado que en el primero no llegó a atender. ”Era Nisman pidiéndome ‘por favor, ¿podés venir?’. No era frecuente que me llame y me diga vení”, confesó.

El joven contratado por la Unidad Fiscal encargada de investigar el atentado a la AMIA relató que fue a la casa del fiscal, ingresó por la puerta de servicio y vio los papeles y los resaltadores de su jefe que días atrás había presentado una denuncia contra la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, sobre la cual iría a exponer a una comisión del Congreso.

Lagomarsino contó que, tras un breve diálogo sobre la repercusión de la denuncia de un ”pacto de impunidad” para que se deje de investigar a los ciudadanos iraníes acusados de participar en el atentado contra la AMIA, el fiscal le dijo: ”Tengo más miedo de tener razón que de no tenerla”.
Fue en ese momento que, según el relato del joven imputado, el fiscal le hizo la pregunta que lo dejó ”mal parado”: ”¿Tenes un arma?”.

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Lagomarsino dijo que le preguntó para qué la quería y que el fiscal le respondió que tenía ”miedo por las chicas”.

”Pero Alberto, vos tenés seguridad”, le cuestionó, a lo que -siempre según su relato- Nisman le respondió: ”Ya no confío ni siquiera en la custodia”.

Tras ese diálogo, contó que le dijo al fiscal que tenía un revólver viejo calibre 22 que no le serviría para defenderse de nada, a lo que su jefe le respondió: ”No te preocupes, es para llevar en la guantera por si viene un loquito a pegarme un palazo”.

Lagomarsino sostuvo que intentó disuadirlo una vez más pero que el fiscal le insistió con que le hiciera el favor, por lo que se fue a su casa a buscar el arma, que no estaba a mano como para poder tomarla e irse sin que su familia lo notara.

La actividad familiar en su vivienda lo obligó a tener que postergar unos minutos la entrega del arma, lo que generó a las 19.02 una nueva llamada del fiscal que se había puesto insistente: ”¿La encontraste?”.

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Lagomarsino lo contuvo, le dijo que todavía no la tenía, pero que se quedara tranquilo que la iba a encontrar y entonces sí se dispuso a llevarle todo al fiscal que lo estaba esperando.

Desde el principio del relato que ofreció en los estudios Rusconi, en Córdoba y Suipacha, el imputado dejó en evidencia que su oratoria estaba condicionada por los diálogos previos que había mantenido con su abogado.

En el comienzo de su exposición explicó que hubiera preferido contarle personalmente la historia de aquel sábado a la ex mujer de Nisman, la jueza Sandra Arroyo Salgado, a quien conocía personalmente, pero que desistió por consejo de Rusconi.

La guía del abogado volvió a notarse cuando Lagomarsino se preocupó por relatar que cuando sacó el arma de su casa tomó la precaución de llevar ”la credencial roja, el título de propiedad”.

Lagomarsino dijo que cuando llegó por segunda vez a la casa del fiscal le comentó que le había llamado la atención no haber visto a su custodia en la primera visita y aseguró que Nisman le respondió que los había mandado a hacer un trámite.

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Sobre su segundo arribo al edificio de Le Parc, en Puerto Madero, Lagomarsino dijo que justo cuando él llegaba el fiscal le estaba dando un sobre a uno de sus custodios para que lo llevara a alguna parte.

En ese segundo encuentro, Lagomarsino dijo que le explicó cómo se usaba el arma y que Nisman lo tranquilizó: ”No te preocupes porque no la voy a usar”.

Antes de irse, por la puerta principal y no por la de servicio que utilizaba siempre, Lagomarsino le explicó a Nisman las medidas básicas de seguridad y fue el fiscal quien ”hizo toda la operatoria, de cargar y descargar”, según relató.

En más de una parte del relato, Lagomarsino narró que Nisman quería el arma para proteger a sus hijas aunque ellas no estaban en el país, por lo que su apuro por hacerse de un arma no pudo entenderse.

La noche siguiente al encuentro que relató Lagomarsino, Nisman apareció muerto en el baño de su casa, tendido sobre un charco de sangre y con la pistola calibre 22 a su lado.

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