Recuerdo una maestra que en 1983, peronista ella, con muchas ilusiones en sus ojos, enseñaba a sus alumnos de 12 años qué era eso de volver a la democracia y cómo se votaba. Toda una subversiva para los genocidas dictadores militares de esa época, y resulta una trágica coincidencia con la visión macrista de la ”institución Escuela”, como alardea el ministro Bullrich.

Es que hacer alegremente cosas terriblemente serias no entra en la reducida mirada conservadora del macrismo, menos aun, si la actividad lúdica implica parodiar lo inexplicable: cómo cierran cursos de escuelas. Si bien no se sale del ridículo prohibiendo la ridiculización, lo cierto es que los niños tienen derecho a saber por qué sus maestros paran, porque la racional explicación neoclásica es inaprensible para las criaturas, y pareciera ser que es la mejor máscara para ocultar, hipócritamente, una política canalla que les quita de a poco su derecho a educarse y comprender críticamente a sus gobernantes. La controvertida medida del macrismo expresa una óptica conservadora, que criminaliza y desciudadaniza a los jóvenes.

Como el saber es poder, los poderosos no quieren que la gente sepa, mucho menos que tenga ciudadanía, por eso, una propuesta de ampliarla molesta tanto. Incluso, aquellos que impulsan la responsabilidad penal a partir de los 14 años, se oponen a otorgarles derechos, especialmente los políticos. De hecho, los conservadores siempre criminalizaron a aquellos que quisieron expresarse en política, lo hicieron con el movimiento obrero, con las mujeres y ahora pretenden lo mismo con la juventud. Sólo con una ignorancia supina, y escondiendo intereses, se puede sostener que una persona de 16 años no tiene capacidad para elegir a sus gobernantes.

Tanto por los adelantos en los despegues hormonales, como los avances fisiológicos, así como el acceso a la educación y a la cultura, dan sustento a pensar una ciudadanía a esa edad. De hecho, ya hay países que lo aplican, como Brasil, que tiene voto optativo desde los 16 años.

Fue esa conquista que fortaleció un sujeto social protagónico durante el Impeachmet de Collor (los carapintadas, los alumnos de secundaria que echaron a un presidente corrupto, nada que ver con nuestro trágico ejemplo). Incluso, en muchas ciudades de Brasil, los niños desde los 12 años, pueden elegir prioridades presupuestarias en sus municipios.

Y sin ir más lejos, en Rosario existe la experiencia del Presupuesto Participativo Joven, donde ellos mismos hacen, eligen y monitorean la ejecución de programas culturales en su área. A su vez, diversos municipios desarrollan espacios como Concejos Deliberantes Juveniles, algo que está previsto en la Ciudad de Buenos Aires, por Constitución y por Ley, sin embargo el macrismo no reglamenta el Consejo de la Juventud.

Es claro que las políticas de universalización de la educación media y la expansión de la educación superior, marcadas con el incremento presupuestario en el área y el crecimiento de universidades nacionales, despliegan el crecimiento de jóvenes (en sí) con el potencial de constituirse como juventud (para sí), donde este giro hegeliano necesariamente esta mediado por la política, e implica disputar una nueva arena. Por eso, así como antes se prohibía leer El Capital en las fábricas, ahora intentan negarles leer críticamente El Eternauta en los talleres de sus centros de estudiantes.

Para colmo, seudo intelectuales liberales, neoadmiradores del nazismo y encubiertos de republicanismo, enaltecen a simpatizantes de un régimen con prácticas genocidas y menosprecian el compromiso cotidiano de militantes de base; y es que sólo con una apología ideológica y fanática se puede reivindicar los ideales asesinos del hitlerismo. Basta con leer a Ian Kershaw, máxima autoridad en estudios sobre Hitler y el nazismo, para comprender las distancias estructurales entre esa política de horror y tormento con el kirchnerismo, y peor aún, quienes tratan de endilgar similitudes, sólo esconden sus preferencias por salidas autoritarias en desprecio de expresiones populares.

Por el contrario, la propuesta de ampliar la ciudadanía política y otorgarles el derecho de voto a jóvenes de 16 años, lleva consigo el desafío de ampliar el compromiso cívico y la responsabilidad institucional de quienes serán, necesaria e indefectiblemente, el futuro del país. Incluso, para quienes aceptan la idea pero se oponen, porque beneficiaría al kirchnerismo, comenten el mismo error de parte del feminismo que rechazaba el voto de las mujeres en 1951 por sus efectos políticos. Cabe preguntarse, desde la filosofía y la ciencia política misma, si es legítimo un gobierno que no expresa una parte consciente de la población que está siendo incluida económica, social y culturalmente.

A su vez, se puede ser más radical, y pensar la posibilidad de habilitar el sufragio a temprana edad, a quienes acrediten conocimientos para decidir sobre prioridades de políticas públicas, representantes o gobernantes. ¿Por qué no dejar votar a un joven de 14 años, con buenos conocimientos en historia y formación ciudadana, que participa activamente en su centro de estudiantes y tiene el interés por elegir los destinos de su país? ¿Existen jóvenes así?, pueden encontrarse en los claustros de los preuniversitarios de la UBA y en diversos centros de estudiantes del país.

Además, es un desafío generar un sistema educativo que promueva la formación ciudadana y fortalezca la soberanía popular. Así, ante el voto a los 16 años y la política en las escuelas: ¡Sepa la juventud: Votar! La Ciencia Política deja paso a la Política.

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