Allá lejos y hace tiempo en la Argentina hubo elecciones legislativas. Fue un 27 de octubre del año 2013. Ese día, un intendente de la zona norte de la provincia de Buenos Aires se alzaba con el 43% de los votos luego de conformar un frente electoral de último momento. El triunfo, decían los principales medios de comunicación, sería la antesala de su llegada a la presidencia de la Nación en el lejanísimo y casi futurista año 2015. También triunfaron, aquel día, referentes opositores en importantes provincias y distritos del país. Todos ellos auguraban en una novedosa consigna nunca antes mencionada que a partir de entonces “el oficialismo llegaría a su fin de ciclo”.

Aunque el calendario indica que solamente trascurrieron dos meses y una semana desde aquella elección, la sensación del paso del tiempo, medido al ritmo de la actualidad política argentina, podría parecerse al de una película rusa de Andrei Tarkovsky, de la década del ’60, en cámara lenta. Cada imagen, cada secuencia que se intente recordar de aquella elección y, más aún, de su agitada campaña electoral ubicada en la prehistoria del año 2013 remite a un pasado que, en los últimos 70 días, lo devoró todo, incluido a sus principales protagonistas, a las encuestas y a las propuestas que proponían nada y –al mismo tiempo– la solución de todos los problemas del país y de su historia (tal vez de eso, en definitiva, se traten los campañas electorales cuando toca ser oposición).

Sin embargo, como traídos a la actualidad por la máquina del tiempo, los protagonistas de ese lejano ayer volvieron al futuro. Al menos así parece a partir de lo que dan cuenta los medios de comunicación que tienen la capacidad de administrar la sensación del paso del tiempo a partir de la aceleración o desaceleración de sus partículas hechas de noticias y análisis cotidianos.

Cuestión de panes. En el último fin de semana de diciembre –bajo el calor agobiante y en medio de los cortes de luz y el colapso de las distribuidoras de energía–, el arco pan-opositor que, cual mamushkas, encierran las diferentes vertientes que conforman el panperonismo, el pan-radicalismo, el pan-progresismo, y el pan-de-derecha- comenzó a dar señales con vistas al nuevo año. 2014.

Por un lado, en la ciudad de Rosario, el domingo 29 de diciembre se reunió el pan-progresismo que vendría a representar a la Unión Cívica Radical de Ernesto Sanz; al socialismo santafesino de Hermes Binner; al juecismo de Luis Juez, de Córdoba, y al GEN de la provincia de Buenos Aires de Margarita Stolbitzer. Aunque no fueron de la partida, debería incluirse en este potencial armado al pan-UNEN porteño que conforman Carrió, Solanas, Lousteau, Donda, Tumini, Prat Gay, Gil Lavedra, Vera y Terragno, entre otros.

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A la finalización del encuentro, dieron a conocer un documento denominado Declaración de Rosario, en el que acordaron “trabajar en conjunto para construir una propuesta de gobierno junto a la sociedad civil, y buscar solución a los problemas del país” con vistas a las elecciones presidenciales del año 2015. Los ejes de la declaración no ahondaron en ningún diagnóstico serio sobre las dificultades que enfrenta el país, ni tampoco se anunciaron propuestas concretas: solamente la decisión de conformar una opción de gobierno opositora tanto al kirchnerismo como al pan-peronismo.

Por otro lado, un día antes, el sábado 28 de diciembre, una parte del pan-peronismo, encabezado por Sergio Massa, reunió en un almuerzo en el Barrio Náutico Alba Nueva, en Tigre, a Martín Redrado, Jorge Busti, Mario Das Neves, Carlos Reutemann, Alberto Fernández, Roberto Lavagna, Facundo Moyano, Graciela Camaño, Felipe Solá y José de Mendiguren, entre otras firmas. El objetivo de la reunión fue marcar el comienzo de la actividad que el Frente Renovador llevará adelante en 2014 con vistas a ampliar su presencia territorial en el resto del país. Durante el verano, haciendo pie en Pinamar, Sergio Massa realizará el habitual recorrido de campaña por los balnearios del partido de la Costa. En marzo, promete desembarcar en la amarilla ciudad de Buenos Aires que gobierna cómodamente el PRO para debilitar el único bastión de peso que dispone la fuerza de Mauricio Macri en el todo el país.

En cuanto a Macri, obligado a suspender sus vacaciones por los cortes de electricidad en varios barrios porteños, aprovechó su breve regreso para hacer lo único que aprendió mas o menos bien y que tanto gusta entre su electorado: responsabilizar al gobierno nacional de todos los males que padece el país desde 1810.

Luego de siete años de gobernar la ciudad, y de ser el niño mimado de los medios opositores y del establishment, su partido no logró trascender a nivel nacional. En las principales provincias obtuvo apoyos escuálidos como quedó reflejado en las elecciones de octubre. Cuenta con la simpatía del muy golpeado gobernador de Córdoba José Manuel De La Sota y de varios dirigentes de la UCR, entre ellos del también cordobés Oscar Aguad. Habría que sumarle algún apoyo del electorado que votó a Unen a través del puente que le facilita Gabriela Michetti con ese sector. La apuesta de jugar en la provincia de Buenos Aires con la vice jefa de Gobierno María Eugenia Vidal, solo le serviría para una eventual prenda de negociación con Massa. Su principal estrategia, por ahora, es la de insistir en marcar diferencias con todo lo que provenga del peronismo, sea el Frente Renovador o el gobernador Daniel Scioli. Comprobada la escasa capacidad de construcción política del PRO, más allá de la General Paz, las expectativas de aquí a 2015 se apoyan en presentarse como el sector opositor más duro al kirchnerismo, a las otras opciones que surjan del pan-peronismo y a cualquier proyecto que se diferencie de los postulados duros de la derecha tradicional argentina. Pero el tiempo les demostró que con eso no alcanza para jugar en las grandes ligas.

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El dilema opositor. Las reuniones que realizaron los pan-opositores, en el marco de un fin de año caliente, no arrojaron ni propuestas ni pronunciamientos, de manera concreta, respecto a los problemas planteados en las últimas semanas del año. La sociedad, fundamentalmente quienes votaron a la oposición en octubre, también espera una actitud que deje atrás los slogans vacíos y los discursos de campaña, tampoco quiere seguir escuchándolos como comentaristas de la realidad.

El accionar extorsivo de las policías provinciales tocó de cerca a muchos de ellos, y la respuesta fue optar por repudios a media voz, o al de apelar al infalible recurso de responsabilizar de todo, únicamente, al gobierno nacional. En cuanto a las distribuidoras de energía eléctrica y los cortes de luz, la ambigüedad fue aun mayor, dividida entre quienes apuntaban a la falta de inversión a causa de las bajas tarifas, a la eliminación de los subsidios y a la responsabilidad del gobierno nacional en no controlar a las empresas concesionarias, o pasar a estatizar las empresas. En ningún caso hubo un pronunciamiento serio, producido por sus equipos técnicos que tanto promocionaron en sus campañas.

Los riesgos de parecerse y la necesidad de diferenciarse del Ejecutivo nacional y de lo hecho durante estos diez años por los gobiernos kirchneristas son las dos caras del mismo dilema que comparten los dos grandes bloques opositores que conforman el pan-peronismo y el pan-progresismo. Reconocer los logros y avances obtenidos les implica ser tildados como una versión light del kirchnerismo.

Como ejemplo, basta con recordar la estrategia de Sergio Massa cuando al comienzo de la campaña de octubre sostenía que de lo realizado por el kirchnerismo en estos diez años había que mantener lo que estaba bien y corregir lo que estaba mal. Por esa definición, por demás ambigua, fue corrido por las voces que lo ensalzaban para terminar mostrándose como férreo opositor.
Empujados por las demandas destempladas de una franja de la sociedad y por los intereses del poder económico, motorizados por la cerril prensa opositora, hasta ahora los llevó a radicalizar su enfrentamiento con el Gobierno hasta niveles grotescos e irresponsables.

Determinar hasta dónde la actitud complaciente con los sectores del poder empresarial concentrado les rinde réditos, es el otro desafío que tienen por delante a riesgo de quedar atrapados en futuras alianzas condicionantes.

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Oponerse a todo intento oficialista y no reconocer nada al adversario cotiza bien alto en elecciones legislativas, donde el poder central no está en juego. Es natural que las demandas y exigencias sociales deban dirigirse en primer lugar al gobierno nacional por su responsabilidad en la conducción de los destinos del país. Relegar a la oposición a la comodidad denunciadora y comentarista de la realidad, sin más exigencia, es demasiado simplista: abona a la inconsistencia política y le resta a la misma oposición generar un proyecto creíble.

El ámbito parlamentario en 2014 servirá para que demuestren más que lo poco que dijeron en las campañas publicitarias y sostener, de alguna manera, los votos obtenidos. Las iniciativas y el papel que tendrán los nuevos diputados electos permitirán ver cómo juegan sus fichas y cotejar la consistencia de eventuales alianzas entre los diferentes bloques opositores.

Los desafíos que la oposición presenta como del Gobierno Nacional para los dos próximos años son también los suyos propios: dar cuenta de cómo resolverlos y transformase en una opción superadora. Combatir la concentración de la economía, revertir el proceso de transnacionalización, recrear una burguesía nacional, discutir la cadena de valor de los sectores monopólicos alimenticios, dar solución al déficit energético, reducir el trabajo informal, disminuir la inflación con sostenimiento del poder adquisitivo sin perder puestos de trabajo, incrementar las reservas del Banco Central, aumentar las exportaciones y la inversión privada, controlar la emisión monetaria y disminuir el gasto público, reducir la restricción externa, avanzar en un proceso de sustitución de importaciones, volver a los mercados de capitales sin perder autonomía en materia económica, otorgar el 82% móvil a los jubilados y profundizar la integración regional son, entre tantos, los ejes con los que habitualmente la oposición apunta al kirchnerismo como incapaz o sin voluntad de resolver. En contrapartida, el común denominador de las propuestas que surgen de los pan-opositores para encarar los problemas estructurales gira en torno a las previsibles medidas con las que se enfrentaron crisis estructurales en el pasado.

Si la acción de los sectores del pan-progresismo o pan-peronismo queda reducida solamente a ejercer una oposición cerril al oficialismo y no surgen propuestas claras respecto a cómo dar solución a los problemas antes mencionados, lo que queda por esperar es muy poco.

Los tiempos de la dinámica de la política argentina, la fiebre informativa que todo lo devora y confunde – omo se señalara al comienzo de esta nota– y los impacientes y reduccionistas análisis de coyunturas que mañana serán sólo eso, suelen concluir en soluciones desesperadas. Y de ellas surgieron los mayores fracasos y las mayores desilusiones.

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