La ley y la trampa

Aunque Clarín haya tratado de presentar el último cacerolazo como un déjà vu del 2001, hay que aceptar que la protesta no trajo un nuevo país ni tampoco un liderazgo capitalizador. Fue un movimiento catártico de sectores antikirchneristas urbanos con epicentro en tres distritos (Capital Federal, Rosario y Córdoba) donde el kirchnerismo jamás gozó de simpatías mayoritarias. Esa franja social continúa en emergencia política por no hallar un candidato opositor que canalice su universo de demandas, y en desconcierto existencial, además, porque sienten que el nuevo paradigma económico y cultural los atemoriza y acecha. No es toda la clase media, por supuesto. Es sólo la parte antikirchnerista de ella la que se manifiesta contra el gobierno que votó el 54% de la sociedad.

La lectura sobre el día después del reclamo que hizo Clarín tiene mucho de expresión de deseos y bastante de frustración. Los emotivos spots de TN buscando contagiar de espíritu de epopeya la movilización (”Lo viste por TN. Te viste…”) revelan cierto límite en su estrategia de demolición del oficialismo de todos estos últimos años. Porque sin negar su masividad focalizada, o incluso la repitencia del fenómeno, es mucha más la gente que no se sumó a la protesta que la que sí lo hizo. Tampoco hubo consigna unificada ni nacionalización de la demanda. Para instalar un clima social de beligerancia, esto alcanza; pero para destituir a Cristina Kirchner antes del 7 de diciembre, día en que Clarín debe resignar su supremacía monopólica acatando la Ley de Medios, es insuficiente. A propósito, el gobierno ayer blanqueó su Plan 7D: no va a expropiar ni a estatizar Clarín, sino que licitará las licencias para adecuarlo a la ley y garantizar las fuentes de trabajo. Tres años fueron suficientes. Clarín no puede tener más poder que el Estado, aunque insista con que no va a pasar nada. Va a pasar.

Volvamos a los cacerolazos. Molestan al gobierno, a lo sumo lo hieren un poco, pero no lo doblegan, no lo pueden doblegar, porque si así fuera se estaría avasallando la voluntad popular, alma y combustible de la democracia moderna. Además, porque Clarín fracasó en articular un liderazgo opositor que pueda batirse, en democracia, de igual a igual con el kirchnerismo. Todas sus apuestas, desde Macri a De la Sota, de Lilita Carrió a Ricardito Alfonsín, generan tanto o más rechazo que ”los K” en sus audiencias, producto del propio enardecimiento inoculado desde sus 240 licencias, y el carácter meramente instrumental que Magnetto les confiere. Y al anestesiólogo Hermes Binner, hombre de cintura proba en materia de definiciones tajantes, se le haría muy difícil pescar votantes en ese mar que agita banderas de centro a la derecha, o incluso un poquito más allá. Y eso que Binner fue el segundo candidato más votado en las últimas elecciones, claro que a 30 puntos de Cristina.

Clarín cayó así en su propia trampa. Es casi imposible construir una alternativa política desde el discurso antipolítico de sus lineamientos editoriales sostenido por la necesidad de supervivencia de sus cuatro familias accionistas. Gobernar el humor de una franja social a la deriva, crear sentido sobre los acontecimientos y no tener envase político electoral que lo recoja, tarde o temprano desvanece esa misma acumulación. La vuelve estéril.

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Pareció más adecuada la interpretación oficialista de los sucesos. Lejos de las respuestas atávicas, la mayoría de los operadores del gobierno pusieron paños fríos al escenario de agitación. Esta vez, no perdieron la cabeza: la usaron. Luis D’Elía parecía un pacífico predicador evangélico en los canales, ”El Cuervo” Larroque salió rápido a decir que no habría contramarcha y la presidenta eludió magnificar el episodio, retomando con fuerza la iniciativa política: promovió enseguida a Martín Sabbatella como presidente de la AFSCA, recuperó para el Estado el negocio de los formularios que expenden los registros automotores, evitando así que cayeran en manos de la duhaldista Boldt y Clarín (es antológica, para un manual de la manipulación, la secuencia de notas previas en su diario con denuncias sobre la invasión de los Registros Automotor por parte de La Cámpora, demostrando dos cosas: 1- que Magnetto usa el ropaje periodístico para ganar o defender negocios, y 2- que el gobierno tiene internas irresueltas); y se mostró con intendentes , gobernadores y militantes dándole nuevo impulso a la construcción de viviendas del plan Pro.Cre.Ar. En el medio de tanta hiperactividad, mandó un proyecto de ley al Parlamento para modificar el régimen de riesgos del trabajo, flanqueada por empresarios y sindicalistas comprensivos. Cristina lo había prometido el Día de la Industria, festejado en Tecnópolis, con Paolo Rocca (Techint) ausente y De Mendiguren (UIA) presente. Los abogados laboralistas –a quienes la nueva ley les bajaría la cuota litis– no están muy conformes. El diputado por el FPV Héctor Recalde, especialista en la materia, no hizo pública su opinión. No estaría tan convencido de sus bondades, primero quiere leerlo en profundidad, aunque alguna vez dijo que lo que había era pésimo. Habrá que ver qué sucede: Cristina también habilitó que empresas y sindicatos constituyan ART mutuas, sin fines de lucro, y se comprometió en público a trabajar sobre otro proyecto de prevención de riesgos, que es un reclamo histórico de los trabajadores.

Pocos lo dirán. Casi nadie, salvo los que le reconozcan al kirchnerismo olfato para construir correlaciones de fuerza con distintos actores, a veces antagónicos, según la batalla a librar. Pero con este proyecto, el Ejecutivo abrió una grieta clave en el frente patronal, cuando falta muy poco para que el Estado avance con todo el peso de la ley sobre el Grupo Clarín, pretendido altavoz de la AEA (Asociación Empresaria Argentina), que ya tiene armado un plan de contingencia tanto a nivel nacional como internacional con eje en el supuesto ”giro chavista” y ”confiscatorio” del gobierno nacional. Para los patrones, la nueva Ley de Riesgos del Trabajo, que impide la doble vía judicial; es decir, que un empleado accidentado pueda recibir indemnización y luego litigar en sede judicial por más dinero, sería como elevar el mínimo no imponible de Ganancias para los sindicatos: es la música que hace rato quieren escuchar. De Mendiguren, como titular del ala patronal no colonizada por AEA, ya tiene qué mostrarles a sus pares. Y todo, fruto de su política de evitar confrontaciones innecesarias con la Casa Rosada. ¿Quizá el gobierno espera de los empresarios muestras de solidaridad atenuada para con el holding de Héctor Magnetto a partir de este gesto? Es lógico, más lógico que probable. Pero sería temerario que los empresarios, entre ellos, Rocca de Techint, socio de Clarín en Impripost, elevaran la voz para validar un monopolio que incumple la ley, cuando el mismo Rocca bebió el trago amargo de ser manipulado por Magnetto, que le hizo decir a través de su diario que estaba exigiendo una devaluación, lo que le valió una réplica por carta de la presidenta explicándole en tono didáctico que había sido víctima de una operación de parte de un grupo que no respeta el derecho humano a la información veraz. La impresión es que el 7 de diciembre, Magnetto podría recoger solidaridades simbólicas y no mucho más que eso. Sólo le queda hacer arder la calle.

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Todo lo que suceda hasta esa fecha, no puede dejar de leerse en el marco de la pelea central por la legitimidad y la legalidad entre el Estado democrático y el sector corporativo más belicoso y destituyente de la Argentina. Los que se movilizaron soñando con un helicóptero para Cristina podrían reflexionar sobre cómo sueñan las pesadillas de otro, en realidad, porque eso sólo puede suceder en la fantasía del CEO de Clarín que, más que nervioso, hoy está desesperado. A nadie con dos dedos de frente, por más enojado que esté, se le puede ocurrir que agravar el problema sea parte de la solución que está buscando. Salvo que sepa que ya está perdido y quiera inmolarse.

Haría bien la oposición democrática en despertar de su letargo. Hay una parte de la sociedad que exige ser representada. Tendrán que mejorar al kirchnerismo si quieren gobernar el país y no especular con que Clarín lo esmerile abriéndoles el paso a una victoria a lo Pirro. Para eso, hay que pensar en un proyecto distinto. Distinto y mejor, que contemple el piso de derechos alcanzados desde 2003 a la fecha. Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, pero cuando se observan los argumentos opositores contra el voto para los jóvenes de 16 años, la duda se agiganta. Victoria Donda y Lepoldo Moreau demuestran que se puede ser antikirchnerista sin ser necio. El resto, no es que sean conservadores, son directamente reaccionarios. ¿O qué es decidir, como ya lo hicieron modificando la ley penal, que los jóvenes de esa edad pueden ir presos, pero no meterse en política? Y si no se meten en política los jóvenes, ¿quién garantiza la democracia para las generaciones futuras? ¿Clarín?

Cuando los dirigentes opositores dejen de autoafirmarse en la idea de que cuanto peor van las cosas, más les conviene, el sistema institucional argentino será más saludable.

Mientras tanto, es difícil que superen al kirchnerismo así.

Que sepan, entonces, que las cacerolas también doblan por ellos.

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