”La Argentina demuestra que sí hay una salida”

El reconocido economista francés Robert Boyer dialogó con Tiempo Argentino sobre las particularidades que presenta el difícil escenario político y económico en la zona euro. Reconoce que la salida ”a la argentina” forma parte de los debates políticos pero marca diferencias con el contexto internacional actual y el vigente a comienzos de 2002. Dice que uno de los escenarios posibles es la coexistencia de dos euros distintos para Europa, critica los planes de ajuste llevados a cabo por el presidente francés François Hollande y dice que 2013 se presenta particularmente difícil para el país galo.

–Algunos países europeos, particularmente Grecia, parecen encontrarse en un laberinto insondable entre los problemas económicos que acarrean y las salidas propuestas. En ese contexto, ¿qué lugar ocupa una salida como la adoptada por la Argentina ante la crisis de 2001?
–El caso argentino representa una propuesta que ha sido muy discutida en la izquierda europea y en algunos países como Grecia. Efectivamente, el ejemplo argentino muestra que no es posible alcanzar una solución a partir de una permanente profundización de la austeridad y que la reconquista de la soberanía económica nacional es un requisito previo a la salida de la crisis. No obstante, es difícil encontrar en la coyuntura actual y en Europa las condiciones favorables que explican la recuperación argentina.
–¿Cuáles son los obstáculos coyunturales más importantes?
–En primer lugar, los miembros de la zona euro están sujetos a la irreversibilidad de su adhesión al euro: no pueden devaluar su moneda, mucho menos de forma masiva como hizo Argentina con su moneda para recuperar su competitividad. En una interpretación estricta de los tratados europeos, salir del euro implicaría también perder las ventajas del gran mercado europeo y de la unión económica. En segundo lugar, el riesgo de default de un país de la zona euro desencadena un movimiento general de desconfianza que contagia a la totalidad de las economías más débiles. No es el caso de Argentina, cuya crisis no tuvo mayor impacto en la economía de sus vecinos ni en el sistema internacional. Y una tercera diferencia responde a la pobre especialización de un país como Grecia o la deformación de la estructura productiva bajo los efectos de una burbuja inmobiliaria en el caso de España, lo que hace que la competitividad y la posición internacional de estos países sean particularmente frágiles, contrariamente a lo que se observa en Argentina luego de 2002 bajo el dinamismo de las exportaciones de recursos naturales. En síntesis, el contexto internacional cambió radicalmente: el fuerte crecimiento y optimismo internacional han beneficiado ampliamente a la Argentina, mientras que en 2012 la incertidumbre y el pesimismo abruman la dinámica económica mundial.
–¿Existen obstáculos políticos a la hora de las negociaciones internacionales como para evaluar una salida como la experimentada por Argentina?
–La situación es más complicada que en el caso argentino ya que los países desean preservar los logros de la construcción europea: la decisión de un país de declarar el default y seguir el camino de Argentina significaría una dramática ruptura en relación a las esperanzas de integración en el Viejo Continente. Las negociaciones políticas son especialmente difíciles a ese nivel, en tanto se oponen los valores y concepciones económicas con intereses nacionales.
–La ”troika” que supervisa la economía griega (FMI, Banco Central Europeo y Comisión Europea) propuso a las autoridades de ese país una serie de condiciones que flexibilizan el mercado laboral, entre ellas que los trabajadores griegos trabajen seis días a la semana, como parte de un plan de ahorro interno para liberar un nuevo tramo de la ayuda financiera. ¿Qué le parecen estas condiciones? ¿Pueden contribuir a mejorar la situación griega?
–Es una medida simbólica cuya eficacia es problemática. Se trata de convencer a la comunidad internacional de que los griegos se han vuelto serios y merecen la ayuda de la ”troika”. Desde la primavera de 2010, los planes de ayuda a Grecia se basan en suposiciones falsas, a saber, que se trata de una simple crisis de liquidez cuando la economía es insolvente. Se pensó en hacer fluir el crédito internacional para compensar un déficit externo que representa préstamos por el 15% del PBI. La mediocre especialización de Grecia y su problemática articulación con el resto de Europa están en el origen de las dificultades actuales. El problema tiene menos que ver con la rigidez del mercado laboral que con las características oligopólicas de la competencia y de una administración típicamente clientelística del presupuesto público. El fuerte crecimiento de los créditos extranjeros sobrepasa la riqueza total de Grecia y la contracción de la capacidad de generar valor agregado después de cuatro años tornan irrealista la posibilidad de lograr su reembolso. A mi parecer, Grecia entrará en default y la troika aparenta ignorarlo.
–¿En qué etapa de la crisis internacional nos encontramos hoy?
–La desaceleración mundial derivada de la crisis subprime ha impactado en Europa y aumentó el déficit en los países de la zona euro. La ironía es que los problemas de la deuda soberana son más una consecuencia que la causa de las dificultades actuales. Sin embargo, el predominio del neoliberalismo y el poder de las finanzas internacionales parecen justificar esta interpretación: ¡Que las crisis sólo puede venir de una mala gestión del Estado! Sin embargo, la crisis pone de manifiesto lo inacabado e incoherente de la construcción institucional y es la razón por la cual se extiende la crisis de la zona euro. Además, la desaceleración del comercio internacional pone en jaque el modelo de desarrollo de China, que puede convertirse en una fuente de desestabilización mundial ya que un crecimiento por debajo de cierto umbral puede hacer explotar las deudas incobrables acumuladas en el sector bancario y manifestarse a partir de numerosos conflictos sociales. En resumen, la situación de la economía mundial no ha sido nunca tan frágil ya que una nueva crisis podría surgir de uno de estos tres factores: que la torpeza de un futuro presidente estadounidense proveniente del Partido Republicano lo lleve a proponer un regreso al patrón oro; la desunión de los europeos en relación a la salida de la crisis y las reformas a las instituciones europeas y política o si se llega a un límite del control por parte del Partido Comunista chino sobre la sociedad y la economía de ese país.
–¿Existe un peligro real de que desaparezca el euro?
–Mi interpretación con respecto a Grecia es la siguiente: es de conocimiento común que Grecia no podrá permanecer en la zona euro a no ser que sea objeto de transferencias de recursos de manera permanente por parte de Europa del norte… ¡la cual se niega a otorgarlos! El juego entonces es el siguiente: por un lado, endureciendo los planes de ajuste en Grecia, algunos gobiernos de la Europa del norte esperan una rebelión por parte de la opinión pública de Grecia que decidirá finalmente salir de la zona euro. Por otro lado, los griegos pueden a su vez dudar y esperar un rechazo por parte de Alemania o incluso Finlandia en relación a la renovación de los préstamos a Grecia o aun el bloqueo del Mecanismo de Estabilización Europeo. Cada uno rechazará de este modo la responsabilidad de la salida del euro, dándosela a la otra parte. Excepto que suceda algo inesperado, la permanencia de Grecia en la zona euro se presenta sumamente problemática. Eso no significa el fin del euro. De hecho, uno puede imaginar diversos escenarios en los cuales se recompone la zona euro sobre una base mucho más restringida.
–¿Qué escenarios?
–Teniendo en cuenta la fuerte polarización entre los déficits de los países de Europa del sur y los excedentes en Europa del norte, no puede descartarse un escenario en el que coexistan dos euros correspondientes a la respectiva competitividad de estas dos porciones de Europa, para que finalmente emerja una nueva moneda común, una vez reconstruidas las capacidades productivas de las economías más débiles. En todo caso, la crisis del euro ha puesto en evidencia los límites del tratado de Lisboa y requiere una realineación de las respectivas responsabilidades de las autoridades de la comunidad europea y de los gobiernos nacionales.
–¿Lo sorprendió el plan de ajuste lanzado por el presidente Hollande para ahorrar 30 mil millones de euros? ¿Es viable en términos políticos?
–Para restaurar la credibilidad de Francia frente a la opinión pública alemana y los mercados financieros internacionales, el presidente francés eligió dar algunas pruebas de respetabilidad financiera. De hecho, gracias a la baja de la tasa de interés en los últimos préstamos franceses los especialistas estiman que el gobierno logró ahorrar unos 8000 millones de euros. Pero el precio a pagar será la posibilidad de una recesión y casi seguramente una suba en los niveles de desempleo. Los sindicatos franceses ya han decidido organizar una gran manifestación a comienzos de octubre para bloquear el voto en el Parlamento. Todo ello pone en evidencia cómo el presidente François Hollande se debate entre las exigencias de la política europea e internacional por un lado, y el mantenimiento de la coalición que lo llevó al poder, por el otro. No me sorprende la decisión, ya que Francia ha sufrido un proceso de deterioro casi continuo de su balanza comercial externa luego de su adhesión al euro. Entonces es necesario obtener financiamiento externo para darle tiempo al tiempo, es decir, para recomponer progresivamente el tejido industrial que no ha dejado de desintegrarse. El año 2013 se presenta particularmente difícil: por un lado los empresarios se van a quejar por el fortalecimiento de la fiscalización sobre las empresas mientras su rentabilidad es baja, por el otro, los sindicatos van a recordarle al presidente sus promesas y los ciudadanos reclamarán por los recortes en diferentes servicios públicos. «

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conocido de la Argentina
Habitual invitado a participar en seminarios y conferencias en la Argentina, el economista Robert Boyer es investigador del Instituto de las Américas de París, donde también fue director de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, siempre bajo el dogma de la teoría de la regulación.
Fuerte crítico de la concepción ortodoxa, dice que bajo un supuesto cientificismo de la disciplina económica, ”vivimos en una época de oscurantismo y de dominación del fundamentalismo de mercado”.
Su última visita a la Argentina fue a fines del año pasado.

el peso del pensamiento ortodoxo
Durante el diálogo con Boyer surgió el tema de la presencia del discurso económico ortodoxo. A pesar de que la aplicación de las recetas neoliberales justificadas por este discurso tiene una gran responsabilidad en la actual crisis económica, el peso de estas posiciones en los ambientes políticos, académicos y en los medios de comunicación sigue siendo abrumador. Boyer también habló al respecto.

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–¿Por qué a pesar de los fracasos actuales sigue siendo tan vigoroso el paradigma ortodoxo en materia económica?
–Sigue siendo para mí también un gran interrogante. De hecho, ha estimulado un programa de investigación a mi cargo para explicar el descenso de la macroeconomía keynesiana y el éxito asombroso de la nueva macroeconomía clásica, cuando esta última se basa en la hipótesis central del autoequilibrio de mercado, un supuesto que ha sido totalmente desvirtuado por la crisis actual. Pocos son los economistas que han reconocido sus errores. Es más, poderosos actores privados, como grandes empresas y grupos financieros, tienen interés en propagar la idea de que los mercados son muy superiores a la intervención de los gobiernos: es una legitimación para mantener la presión que ejercen sobre los gobiernos así estos no vuelven a regular la economía y las finanzas. Y los economistas le dan un aire de cientificidad. Además, hay que señalar un factor que es algo más que anecdótico: ¿no hemos descubierto acaso que la mayor parte de los investigadores académicos en finanzas trabajan para las grandes entidades financieras? Por otro lado, el campo heterodoxo está mucho más dividido que la ortodoxia. Hay marxistas, keynesianos, neo-schumpeterianos, neoinstitucionalistas, que proponen cada uno sus alternativas y su división misma explica, en parte, el fracaso para penetrar a la opinión pública y convencer a gobiernos poco permeables y sometidos al permanente juicio de las finanzas, que a su vez han desarrollado su propio modelo.

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