Un Cobos a medida

Las condiciones que impone el radicalismo a la candidatura presidencial de Julio Cobos y la jugada de Ricardo Alfonsín

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Hasta no hace tanto era Julio Cobos, ¿ahora es Ricardo Alfonsín? Los bríos del “voto no positivo” y el reencuentro con los viejos correligionarios parecían no dejar margen para dudas, malsanas y de las otras: el radicalismo ya tenía su candidato a presidente. Las últimas elucubraciones y la persistente recaída en el internismo cuasigenético del “centenario partido” permiten que el interrogante sea posible. La desconfianza en aumento, que el mendocino ha sabido apuntalar, y la caída (menor, pero caída al fin) de su imagen positiva envalentonaron a más de un boina blanca para buscar alternativas. Mientras otros, más pragmáticos, vieron la oportunidad para marcarle la cancha. O, en términos menos futboleros, obligarlo a subordinar sus pretensiones a la estrategia orgánica del partido. De ahí que fuese posible la reaparición del “Ahora Alfonsín”, que tantas resonancias conlleva. Y, de ahí también, que la figura de Ricardito (como todavía lo llaman muchos) surja como una más que concreta amenaza.

El dictamen de Cobos, en contra de la continuidad de Martín Redrado en el Banco Central y distante de la postura del partido, fue el detonante. Abrió el grifo de un malestar que muchos acumulaban desde hacía rato y sirvió de plataforma para las críticas y más de una sobreactuación. Subrayar que los radicales nada quieren menos que quedar pegados al Gobierno, por ejemplo. O recordarle al vicepresidente que la vuelta al partido por la puerta grande sólo será posible (y definitiva) si deja de lado su fruición por “cortarse solo”. Se sabe: el doble rol de Cobos como vicepresidente de la Nación y figura prominente de la oposición ya no tiene la misma impronta. Ésa que tantos frutos le había permitido recoger hasta aquí. Un punto de inflexión, artero con la lógica política seguida por el vice, parece haber surgido. Y amenaza con aliarse con otros datos de coyuntura para erosionar su carrera presidenciable.

Por caso, las miradas puestas en la reaparición de Carlos Reutemann.

ORGÁNICOS

Dos tipos de impulsos han convergido para instalar la posibilidad de una candidatura de Alfonsín. Por un lado, el de quienes siguen pensando en Cobos como la mejor propuesta electoral, pero aún dudan de su predisposición partidaria y buscan “bajarle el precio”. Por el otro, el impulso de aquellos que lo malquieren y no terminan de aceptar su regreso. Y, menos aún, subordinarse a él. El intento de los primeros es “disciplinarlo” lo suficiente, sin horadar sus posibilidades. El de los segundos, obtener su contracara y olvidarse del mendocino. Dirigentes orgánicos en los dos casos, de ésos que han cavado trincheras y mantenido en alto la bandera del partido en momentos de diáspora K, evalúan riesgos, miden operaciones cruzadas y, sobre todo, se miran de reojo. Entre quienes más han insistido en la necesidad de postular a Alfonsín como reaseguro está Gerardo Morales. Senador de peso y presidente del partido hasta diciembre último, no pudo superar nunca la tirria que le dejó el pase de Cobos al oficialismo, vía la Concertación Plural. Para el jujeño esa actitud no ha dejado de ser una traición, que amerita mucha desconfianza y ningún nuevo crédito. Este dato, además, se suma al desencanto que tiene con Elisa Carrió, con quien había hilvanado una relación amigable y pensaba considerarla como una buena opción para el Acuerdo Cívico y Social. La acusación de la chaqueña de un acuerdo “por debajo de la mesa”, cuando Morales proponía una negociación en buenos términos para destrabar el “affaire Redrado”, han convertido a la sociedad en un entuerto difícil de remontar. Por eso, la opción Alfonsín. Y por eso la convocatoria a un encuentro nacional en Buenos Aires, con fecha en marzo, para reposicionar la imagen del hijo pródigo. Y, sobre todo, mantener en alto “la resistencia”, como a Morales le gusta llamarla.

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La dureza del ex gobernador mendocino, Roberto Iglesias (se consideró el primer traicionado por Cobos), la desazón de Víctor Fayad (quien, en algún momento, lo llamó “el padre Grassi de la política”) y los desaires públicos del chaqueño Ángel Rozas aportaron sus bemoles. Por ascendencia en el partido y por influencia en el interior del país. De alguna forma, representan el grupo (numeroso, dicen ellos) de disconformes que pretenden llevar más allá de la amenaza sus reparos. Aquéllos que, en privado manifiestan que, en 2011, prefieren una derrota honrosa con un candidato orgánico que ganar con Cobos y desechan los argumentos que esbozan en la contraparte, ligados al renacer del partido que un triunfo significaría para una estructura tan grande como anquilosada. Entre estos dirigentes, consideran que Alfonsín puede ser una buena opción, por la identificación partidaria que implicaría hacia adentro, y por la reminiscencia de retorno “a la convivencia, el diálogo y el consenso” que su figura, resignificada por el recuerdo de su padre, proporcionaría hacia el resto de la sociedad.

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Pero Alfonsín no es el único dirigente mencionado como posible alternativa. En la lista, ciertamente reducida, también figura Ernesto Sanz, el nuevo presidente del partido. Síntesis de la unidad lograda, participa dentro del grupo que pretenden un Cobos más comprometido con la causa radical pero no descarta jugar sus fichas. Por eso fue uno de los primeros que salió al cruce de su coterráneo cuando aquél dio a conocer su polémico dictamen (“El radicalismo le había aconsejado otra cuestión para su voto en la bicameral”, dijo) y uno de los más taxativos para advertirle que algo había cambiado. “Ni Cobos, ni yo, ni nadie es candidato de la UCR”, remarcó entonces, poco tiempo después de mencionarlo como casi seguro presidenciable. El acuerdo del sector de Sanz con otras fracciones del radicalismo mendocino, para dejar al cobismo sin candidaturas propias en la elección a concejales del 28 de marzo de la capital provincial, representa una muestra del tenor de las jugadas.

EL DICTAMEN

Cuando se desató la discusión sobre si Cobos debía renunciar a la vicepresidencia o no, muchos radicales, aun los más reacios a su figura, manifestaron públicamente que preferían que permaneciera en su cargo porque, de esa forma, iba a tener que desempatar en varias ocasiones durante este año. Claro, con el recuerdo del “voto no positivo” como horizonte de sentido. Pero no. El voto que desempató, en la Comisión Bicameral que debatía la suerte de Redrado, no fue el esperado y no tardó en tronar el escarmiento. Más aún cuando los dirigentes radicales, de la más diversa extracción, advirtieron que ese voto, en contra de lo sugerido por el partido, hacía mella en su popularidad. El vicepresidente defendió su posición, salió a capear el temporal y se recluyó entre los suyos. ¿Quiénes? La senadora nacional Laura Montero, el diputado Daniel Katz, el neuquino Horacio “Pechi” Quiroga y el histórico cerebro en las sombras del radicalismo, Raúl Baglini. Salvo Baglini, dirigentes que cruzaron el charco con él y se mantienen leales.

A este grupo, lo acompañan otros, de mayor peso simbólico y renombre en la historia reciente del partido. Entre ellos, Enrique “Coti” Nosiglia, Jesús Rodríguez, Leopoldo Moreau y Federico Storani, quienes le dan anclaje en el radicalismo más orgánico (“Le perdonamos todo, pero sin olvidar nada”, se ufanan). Vinculados con el alfonsinismo desde sus orígenes, consideran que Cobos es la mejor opción para llevar el partido a los primeros planos y le marcan los tiempos. Conscientes del desfiladero que tendrá que atravesar de aquí en más y de la prontitud con la que lanzó su candidatura, le aconsejan que baje la exposición pública, recompongan puentes con el radicalismo “oficial” y acepte algunos de los condicionamientos de los radicales más ortodoxos. En ese sentido, lograron que Cobos aceptara participar del encuentro de parlamentarios en San Nicolás de los Arroyos (la ciudad del acuerdo que sentó las bases de la Constitución de 1853, vaya significación), el jueves 11 y el viernes 21. Y, sobre todo, lograron que los radicales malquistados lo recibieran, si no con los brazos abiertos, por lo menos con una buena cuota de cordialidad, que tuvo en Oscar Aguad su mayor acento: dijo que el radicalismo necesita un hombre como Cleto, con un “nuevo modelo que trate de enamorar a los argentinos”. “En San Nicolás, la sangre no llegará al río, pero nada tampoco quedará definitivamente cerrado”, concluyó ante Debate un dirigente cercano a Jesús Rodríguez.

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Tanto los orgánicos que lo quieren jugando en el partido, como aquellos que no bajan la guardia con su desconfianza, saben que el Cobos que apareció por el Hotel Colonial de San Nicolás lo hizo en una posición de debilidad flamante. La caída de su popularidad ya mencionada forma parte de la explicación, pero mucho más incide en esa situación la reaparación de Reutemann (con exabruptos incluidos) que le retaceó lugar en el cetro opositor y amenaza con convertirse en una daga para sus aspiraciones de ganarse la adhesión del antikirchnerismo más militante, tanto el de los votantes como el de los medios más consecuentes con esas posiciones. Antes de esta irrupción, en el núcleo duro del cobismo sostenían la necesidad de extender las alianzas más allá de Acuerdo Cívico. De ahí, por ejemplo, la vocación de hacer juego propio. Y, de ahí también, sus coqueteos con Francisco de Narváez, por ejemplo. La intención del Colorado de apostar por Reutemann puede cerrar ese camino.

Se sabe: la actitud del radicalismo orgánico no resulta demasiado prolija. Lo expulsó de por vida, luego lo recibió con los brazos abiertos y ahora parece tomar distancia para marcarle el rumbo. Tampoco parecen muy sólidas las posiciones de Cobos. Sus actitudes imprevisibles y su lábil esquema de lealtades lo tornan cuestionable. Si Ricardo Alfonsín será o no una válvula de escape es algo que está por verse. Por ahora, sólo resulta una potencial amenaza.

Por Nestor Leone, de la Revista Debate

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