La tranquilidad que expresa la comunicación institucional e interna del Grupo Clarín de cara a lo que pueda suceder a partir del 7/D (”no debe suceder nada ni fáctica ni jurídicamente”) parece entrar en contradicción con lo que dijo el multimedios en su última presentación, en junio pasado, ante la Comisión Nacional de Valores. El documento es una fuente de información interesante que no se dirige al gran público, sino al mundo de las finanzas y los grandes inversores. Al referirse a la eventual aplicación de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y al último fallo de la Corte Suprema, Clarín S.A. dice esto: ”Conforme a dicho fallo, la aplicación del artículo 161 resultaría aplicable tanto al Grupo Clarín S.A. como a sus subsidiarias”. Salvo por el uso del potencial en ”resultaría”, el párrafo no machaca como otras piezas comunicacionales del Grupo en la interpretación de que el 7/D no vence, sino que se inicia el plazo de adecuación. Más aún, en otro párrafo dedicado a las consecuencias que podría tener para el Grupo la cláusula de adecuación, el documento establece un cálculo según el cual la sociedad sufriría ”una pérdida contable de entre $1,5 mil millones y $3,3 mil millones, y una eventual fuerte reducción del valor compañía”. Esas ”cuantificaciones”, finaliza el párrafo, ”dependerán de una serie de decisiones que aún no fueron tomadas por las sociedades actoras y, en consecuencia, los resultados finales podrían diferir de los por ellos estimados”. Acaso esta sea una vaga referencia a la eventual ”desinversión hacia adentro” que pueda hacer el Grupo, hipótesis que Miradas al Sur planteó el domingo pasado, y que podría terminar con empresas repartidas entre los accionistas del multimedios.

Según los estados contables presentados ante la CNV, el patrimonio del Grupo es de 4.900 millones de pesos, 3.700 de los cuales corresponden a la sociedad controlante. Tratándose del mundo de las corporaciones es difícil establecer si el cálculo de hasta ”$3,3 mil millones” en pérdidas es un modo de alarmar al establishment o una manera de inflar la cotización del Grupo de cara a un escenario futurible. Como sea, el sólo manejo de esos números no armoniza con la afirmación de que el 7/D, para el Grupo Clarín, no pasa nada.

Aunque el documento sí plantea hipótesis de salida posibles: que antes de esa fecha el Grupo obtenga ”un pronunciamiento a su favor en relación a su inconstitucionalidad o bien se resolviera una nueva extensión del plazo de la medida cautelar”.

7/D y Día D. En el ya célebre spot que emitió en los entretiempos de Fútbol para Todos, la comunicación oficial tuvo la suficiente inteligencia como para asegurar que no hay de parte del Gobierno una intención de estatizar medios ni afectar la libertad de expresión ni poner en riesgo fuentes de trabajo (hay, al respecto, algún ruido sindical en las empresas del Grupo). A la vez existen dudas acerca de la aplicación de la ley para todos los grupos que excedan los límites establecidos en la ley de medios, y no para uno solo. El argumento del Gobierno es que hasta ahora no se podía aplicar la ley porque eso hubiera debilitado a los grupos que no fueran Clarín, fortaleciendo por lo tanto a este último. Lo que se suma es una suerte de expectativa exagerada según la cual el 7/D equivaldría a una suerte de 17 de octubre o a la toma del Palacio de Invierno en el octubre rojo de 1917.

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Los días posteriores al 7/D deberían ser apenas de intimaciones y sólo más adelante podrían darse los llamados a concurso anticipados en el spot oficial. Tales llamados a concurso no deberían implicar necesariamente poner en riesgo ”todo el poder de Clarín”, sino un eventual y extenso tira y afloje por partes, por licencias, o por empresas. La pregunta que de todos modos se plantea es si ”todo el poder de Clarín” es tanto poder como sostiene cierta épica kirchnerista. Un prestigioso consultor político, Gerardo Adrogué, director de la empresa Knack, sintetiza muy bien una posible respuesta: ”Una metáfora del control social perfecto recorre buena parte del debate político actual en la Argentina. Se trata de la extendida creencia según la cual los medios de comunicación masiva (la televisión, los diarios, las radios, internet) tienen un poder determinante sobre la opinión pública”.

Hace ya un buen tiempo dio mucho que hablar un trabajo realizado en base a 400 entrevistas realizadas por la consultora Diagrama en el partido de San Martín que demostraba algo conocido por quienes no creen en las teorías de la manipulación informativa absoluta. Decía el estudio que el 19% de los ciudadanos de ese partido, a la hora de informarse por un programa televisivo, lo hacían a través de Telenoche, que el 17,3% consumía TN y que el 36,3% se informaba en general mediante medios del Grupo Clarín. El 39,7% de lectores de diarios elegía Clarín. Y sólo el 3% dijo que consumía ”medios K”. La sorpresa presunta fue que en ese universo de entrevistados, con su zona tan aparentemente ligada al imaginario Clarín, la intención de voto para el Frente para la Victoria era de alrededor del 45%.

Lo que en su momento se interpretó como un ”Cristina gana incluso entre lectores de Clarín” marcaba en realidad que cierta política y cierta militancia establecen una relación esquemática entre los consumos informativos, las creencias políticas y las conductas electorales. Dice Gerardo Adrogué: ”Como fuente de información, los medios compiten con distintas formas de interacción personal que no anulan pero sí redefinen y desjerarquizan su impacto directo. Aunque se genere en los medios, la información circula en direcciones y con sentidos imprevistos (…). En el proceso de formación de la opinión pública, los medios de comunicación también compiten con los valores y las creencias de la población, con las expectativas que despiertan ciertos hechos y personajes y con la propia experiencia vital de la realidad circundante. Estudios académicos realizados a principios de los años ’90 demuestran que la capacidad de los medios masivos por influir sobre la opinión pública crece en sociedades débiles, donde el sistema de valores es frágil, no se generan expectativas sobre el futuro o reina el malestar. Pero decrece allí donde las condiciones son las opuestas”. Aquí podría sumarse el dato conocido: el kirchnerismo marca una época de imaginarios y creencias fuertes que ya latían en amplios sectores sociales.

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La complejidad infinita. Incluso en términos de su potencia de fuego, y sin necesidad de desdecir lo que Miradas al Sur viene sosteniendo desde su fundación acerca del poder del Grupo Clarín, lo cierto es que ese multimedios ni es omnipotente ni impuso a la sociedad algún tipo de rendición incondicional. En términos de su batería de empresas, según la empresa Ibope hoy Telefé Noticias supera por cerca de dos puntos de rating a Telenoche. Es un paisaje que cambia en el minuto a minuto cuando sale al aire Jorge Lanata y dispara hacia arriba el rating del noticiero histórico del 13. Si se trata del ”monstruo TN”, sin desdeñar la capacidad de irradiación político-cultural de los sectores que consumen esa señal, sus promedios de rating no llegan a los dos puntos. Hay que sumar además los otros fragmentos de audiencia que se llevan varias señales de noticias, así como espacios emblemáticos de la comunicación kirchnerista en la tele, como 6,7,8, Duro de domar o TVR, que sobrepasan, según quién mida, los 4 puntos de rating, y cuyo límite en todo caso tiene que ver con no saber interpelar a los que no están ya convencidos.

En cuanto al diario Clarín, si bien sigue funcionando junto con La Nación como un poderoso generador de agenda de lo que vaya a tratarse en los medios electrónicos cada día (y hasta de establecer las preguntas de los estudiantes de Harvard), sigue en caída. Dos años atrás decíamos en este medio que en 2001 circulaban 453.241 ejemplares de Clarín que bajaron a 381.579 al año siguiente, el de ”La crisis causó dos nuevas muertes” y ”Nos mean y Clarín dice que llueve”. En 2008 eran 333.276 ejemplares. En junio de 2010, 300.837. En junio pasado el diario tuvo según el IVC una venta neta paga de poco más de 271 mil ejemplares.

Hasta acá nada se dijo sobre el impacto de los consumos culturales o informativos por internet, los que definitivamente ponen en cuestión el poder que pueda tener un único grupo de comunicación. Un par de pistas con elementos de juicio extraídos de una reciente publicación de la Dirección Nacional de Industrias Culturales, a cargo de Rodolfo Hamawi (En la ruta digital. Cultura, convergencia tecnológica y acceso). Hoy el porcentaje de hogares con conexión a internet en el país es del 35%, con un pico fortísimo de más del 90% en la Ciudad de Buenos Aires. Al respecto, en un artículo de esa revista escrito por Martín Becerra se llama la atención acerca del hecho de que en nuestra región, las nuevas políticas relacionadas con los medios de comunicación no alcanzan ni al sector de las telecomunicaciones ni al de las redes digitales, asunto que merecería incorporarse a las discusiones sobre concentración, desarrollo y democratización.

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Los últimos independientes que cubrieron el cacerolazo

Las estrategias discursivas del Grupo Clarín se retocan y afinan día a día. Saben trabajar. Los ejemplos no aparecen sólo en los archiconocidos ejercicios de titulación en el diario y los noticieros, o el recorte en zócalos. También las piezas de comunicación interna están construidas con una enorme profesionalidad. Es el caso de una carpeta de unas 40 páginas que se distribuyó entre gerentes, conductores de programas y periodistas del Grupo en las últimas semanas y que lleva el título ”La ley de Medios. Sustentabilidad, libertad de expresión y colonización mediática oficial”.

Esa carpeta está organizada en seis capítulos: ”Los slogans de la Ley de Medios y la realidad”, ”La ley de Medios” (”trampas en su contenido y en su aplicación que revelan el objetivo real”), ”Estado de situación. Contenido y aplicación de la ley”, ”La ley de Medios.

Causa Grupo Clarín”, ”La ley de Medios como instrumento de colonización” y ”Publicidad oficial y otras herramientas de control informativo”. Uno de los puntos más abordados tiene estrecha relación con la última instalación que intentó hacer el Grupo, algo así como ”fuimos los únicos que cubrimos el cacerolazo. Todos los otros se vendieron al Gobierno”. De hecho, TN repitió en estos días un separador con ruidos e imágenes de cacerolas apostando a esa instalación. Aunque es cierto que TN fue la señal que con mayor celeridad cubrió (y/o convocó) el cacerolazo, es una falacia que el resto de las señales noticiosas no pusieran sus cámaras ni sus conductores para analizar el asunto, en vivo y después.

La carpeta en cuestión también es una herramienta puesta al servicio de instalar la idea de que, salvo por el Grupo Clarín, todos los demás, de algún modo u otro, fueron cooptados por el oficialismo. El documento incluye un listado en el que se describen una decena de grupos que estarían vulnerando la ley de Medios ya sea por violar los límites de cantidad de licencias, por tener más radios de las permitidas o por tener capital extranjero mayoritario.

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