Por: Alejandro Horowicz
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”La humanidad opina que morir con un arma en la mano queda mejor que morir sin ella”. Marek Edelman, uno de los cinco comandantes de la rebelión del Gueto de Varsovia.
Para que Adolf Hitler ascendiera al poder, en la Alemania de 1933, se conjugaron una compleja serie de factores: desde la escandalosa paz del Tratado de Versalles, que responsabilizó al kaiser de desatar la Gran Guerra del 14, e impuso incumplibles obligaciones financieras al pueblo alemán, por parte de las potencias victoriosas, hasta la burda explicación política de esa derrota (que responsabilizaba del desastre a los banqueros judíos y a los militantes socialistas). De este modo se impuso el discurso de la necesidad de otra guerra para asegurar el espacio vital, lebensraum, requerido por la expansión alemana. Colonias, en suma.

Como el reparto colonial había concluido, ahora se trata de colonizar Europa. En septiembre del ’39, Hitler invade Polonia como parte de ese programa miserable; se la divide con la Unión Soviética de Josef Stalin; la II Guerra Mundial había estallado, después de que todas las potencias hicieran continuas concesiones a Hitler, en el vano intento de evitarla.

Mediante una exitosa blizkrieg (guerra relámpago), el ejército alemán somete a Francia, aísla Gran Bretaña, y con las espaldas cubiertas para no combatir en dos frentes se lanza en junio de 1941, rompiendo el pacto de no agresión firmado por los cancilleres Molotov y Ribbentrop, a conquistar la Unión Soviética. En esas condiciones el jefe del Kremlin invierte las alianzas, y pasa a ser el principal combatiente contra las fuerzas alemanas. En el frente oriental se decide la guerra, con camiones norteamericanos, y armas y sangre rusa derramada en defensa de la patria, no del socialismo.

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Mientras Hitler pensó que ganaba la guerra, la ”solución final” no se implementó. En octubre de 1940 los alemanes inauguran el más grande gueto judío de Europa, en Varsovia. Recién en enero de 1942, en la conferencia de Wannsee, la dirigencia nazi pergeña el genocidio de los judíos europeos. Para llevarlo a cabo inician la conformación de los campos de exterminio (fundamentalmente en territorio polaco, por el proverbial antisemitismo de su población). Treblinka se construye entre mayo y junio de 1942 y el 22 de julio comienza la deportación de los judíos del gueto. Las diatribas antisemitas de Mein Kampf, único texto escrito por Hitler, hacen saber una vez más que esas palabras no se las llevó el viento.

Y por cierto, los testimonios sobre la ”acción” nazi en el gueto no son amables. El historiador Emanuel Ringelmblum da cuenta de tan dolorosa peripecia en sus Crónicas del gueto de Varsovia. Entre humillaciones sin nombre, torturas, esclavismo, enfermedades y desnutrición (un cerebro humano llegó a pesar 54 g), 400 mil judíos marchan hacia la muerte ante el silencio cómplice del mundo.
Conviene recordarlo: el antisemitismo no es una invención nazi, ni siquiera alemana, entre otras cosas, es el resultado de la larga prédica de la Iglesia Católica contra el ”pueblo deicida”, contra los ”asesinos de Cristo”. Si se quiere, una lectura teológica resulta posible: Hitler libró una nueva guerra santa con los instrumentos industriales del capitalismo del siglo XX.

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El 19 de abril del año ’43, la hipopotámica conciencia europea registró que un grupo de partisanos judíos estaba iniciando, en condiciones inenarrables, un levantamiento contra el ejército alemán. Cuatro años atrás, la ciudad de Varsovia había resistido heroicamente durante tres días a las divisiones panzer del Tercer Reich. Los judíos combatientes del Gueto de Varsovia resistieron tres semanas con armas de puño, unos pocos fusiles, centenares de cócteles molotov caseros; y finalmente (como no podía ser de otro modo) fueron vencidos y fusilados. Eso sí, cuando todo terminó, el gueto estaba definitivamente en ruinas.

Para poner fin a la empecinada resistencia, el ejército alemán tuvo que usar tanques y aviones. Ninguna fuerza armada acudió en auxilio de los combatientes. Ni siquiera tuvo lugar una incursión aérea de represalia por parte de los aliados, ni una digna cobertura de prensa en el mundo, sólo silencio.

UNA PREGUNTA TERRIBLE. De los cinco comandantes militares del gueto sobrevivió uno, Marek Edelman. Hanna Krall, una brillante periodista polaca, lo entrevista en 1977 y escribe uno de los diálogos más impactantes de la literatura testimonial: Ganarle a Dios. Eso sí, el magnífico texto estuvo prohibido durante el interregno comunista, pese a lo cual fue difundido en 27 ediciones clandestinas. Era parte de la política estalinista: borrar las huellas de la ”cuestión judía”. El estalinismo no conservó en Varsovia ni las ruinas del gueto para ayudar a conformar una memoria histórica, y el único monumento que erigió en recordatorio fue a los ”combatientes” sin que ninguna placa o elemento de la obra recordara que eran judíos. Después de todo, ellos también eran socavada pero profundamente antisemitas.
Edelman nos hace saber en Ganarle a Dios cuál era la necesidad imperiosa de los combatientes: que la lucha trascendiera, que traspasara la frontera del gueto, y lo cuenta así: ”Teníamos muchísimo miedo de que la música de la orquesta nazi tapara nuestros gritos y la gente no se diera cuenta de nada, de que nadie en el mundo se diera cuenta de nosotros, de la lucha, de los muertos…”.

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¿Pero qué clase de lucha era esa? ¿Qué sentido tenía, casi sin contactos con el exterior, y sin aliados con voluntad militar? Edelman explica con sencilla pedagogía: ”No estaba nervioso, probablemente porque no podía ocurrir nada. Nada peor que la muerte, porque siempre se trataba de la muerte, nunca de la vida. Quizá allí el drama no existiera. El drama existe cuando puedes tomar alguna decisión, cuando algo depende de ti, y allí todo estaba decidido de antemano (…). Sólo se trataba de elegir la manera de morir”.

Cuando toda la elección existencial se reduce a la ”manera de morir”, la naturaleza de la vida, de esa vida, se vuelve pestilente. La ausencia de libertad resulta absoluta. Entonces, nada tiene demasiado sentido. Por eso, la pregunta de Theodor Adorno se vuelve más pertinente que nunca: ¿Se puede escribir poesía después de Auschwitz? Y sin embargo escribimos, la vida nos impone su torrente. Es de esas preguntas que valen mucho más que las respuestas.

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