En el nombre de los monopolios

La embestida de Paolo Rocca en simultáneo con el discurso presidencial por el Día de la Industria tiene un trasfondo que habla de la nostalgia del factótum del Grupo Techint por los años ’90, década que le permitió capturar activos públicos a precios irrisorios y reducir costos mediante la integración vertical de sus negocios. Todo esto tras haberse beneficiado con los cuantiosos sobreprecios pagados por el Estado nacional a sus empresas durante la dictadura cívico-militar que silenció, con la complicidad de sus actuales socios La Nación y el Grupo Clarín, cualquier intento de oposición. Rocca es apenas uno de los nombres que animaron una patria contratista que, travestida con ropajes democráticos, acrecentó un poder de lobby que se tradujo en prácticas coactivas que intentan prolongar hoy de espaldas a la sociedad. ¿De qué otra forma podría interpretarse su afirmación sobre la supuesta pérdida de rumbo del Gobierno Nacional si no es suponiendo el desprecio al apoyo alcanzado por la presidenta en la última elección?

Competencia cero. No está de más recordarlo. Un caso paradigmático que contribuyó a la concentración y centralización del capital fue la privatización de Somisa, capítulo que Rocca elude mencionar en su singular interpretación de la competitividad que ahora reclama y, entonces, eludió. ”La única limitación impuesta era la de imposibilitar la participación de dos firmas siderúrgicas locales en un mismo consorcio”, señalan Daniel Aspiazu y el fallecido Eduardo Basualdo en sus ya clásicos trabajos sobre la valorización financiera y el desguace del Estado. El requisito, que buscaba evitar un duopolio entre Acíndar y Techint, fue burlado con la anuencia del menemismo.

Si en un primer momento en el consorcio adjudicatario controlado por Techint –a través de Propulsora Siderúrgica– no participó ninguna empresa del grupo Acíndar, la situación cambió poco después de la privatización de Somisa. Concretada la enajenación, Acíndar adquirió acciones minoritarias en poder del Chartered West LB Limited. ”Se desvirtuaron por completo las condiciones impuestas originalmente.

En forma contemporánea a esa asociación entre Techint y Acíndar en Aceros Paraná –la firma privada que continuó a Somisa–, esta última discontinuó la fabricación de productos no planos, actividad en la que, precisamente, Acíndar ejercía un control decisivo del mercado”, recuerdan Aspiazu y Basualdo. Hacia fines del ’93, Acíndar se desprendió de su participación en Aceros Paraná a favor de Techint. Inmediatamente después, Rocca ”fusionó a la empresa con otras firman pertenecientes al grupo”. Se trataba de compañías que ya actuaban en el mercado siderúrgico.

El reparto del mercado local no pudo ser más provechoso. Techint se consolidó como actor excluyente en el segmento de los aceros planos y en la fabricación de tubos sin costura. Acíndar en los aceros no planos. Juntas se repartieron el mercado. De competencia, ni hablar. Como si fuera poco, Techint, y en menor medida Acíndar, consiguieron una ventaja adicional: la integración vertical que les permitía sus respectivas participaciones en productoras de energía eléctrica y gas. Hoy, Techint concentra la producción del 84 por ciento de la chapa laminada en caliente y el 99 por ciento de la laminada en frío. Dos insumos fundamentales para la fabricación de automóviles, envases de hojalata, heladeras, lavarropas y sinnúmero de bienes de consumos masivo. Una posición que le permite formar precios y fijar condiciones.

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La memoria de Rocca es, sin duda, muy selectiva. A fines de los años ’80, Somisa tenía unos 11.000 empleados. Un año después de su privatización, despidos masivos mediante, apenas alcanzaban los 6.000. Pero hay más. Antes de su privatización, Somisa estaba entre las 30 empresas locales de mayor facturación, explicaba un tercio de las exportaciones siderúrgicas y más de la mitad de la producción local de aceros. En otras palabras: ejercía un fuerte liderazgo. Sin embargo, la intervención menemista estimó su valor en apenas 450 millones de dólares. La valuación de mercado hablaba por entonces de unos 700 millones. Finalmente, el consorcio liderado por Techint –e integrado por las brasileñas Usiminas y Vale do Rio Doce, y la chilena Cap– pagó en efectivo apenas 140 millones –el piso de la licitación–, a los que sumaron unos 35 millones en títulos públicos. Un verdadero saqueo.

Socios mediáticos. El pronóstico de Rocca sobre un venturoso 2017 ratifica su vocación por la construcción de candidatos. La intención no es nueva. Ya fatigó el terreno de cara a las últimas presidenciales. Lo hizo desde la ahora declinante Asociación Empresaria Argentina (AEA), que nació después de la devaluación para velar por los intereses del conjunto de los conglomerados que luego del derrumbe de la convertibilidad obtuvieron rentabilidades muy superiores al promedio de la economía y, sin embargo, exhiben una persistente reticencia a invertir. En aquella oportunidad, la apuesta fue un fracaso: la frustrada candidatura presidencial del radical Ernesto Sanz, operada por Luis Betnaza, número dos del holding. La movida contó con el apoyo mediático de La Nación y el Grupo Clarín. No es extraño.

El vínculo de Rocca con los dueños de La Nación trasciende la comunión ideológica. En los hechos, se concretó mediante aportes económicos. Fue hacia fines del régimen de convertibilidad, cuando el industrial socorrió al diario de la familia Mitre. A diferencia del Grupo Clarín, que presionaría pocos después desde sus páginas por la sanción de la denominada Ley de Bienes Culturales –conocida Ley Clarín– para no caer en manos de sus acreedores externos, La Nación se anticipó a la debacle neoliberal que con entusiasmo publicitó. En Rocca encontró el salvataje que buscaba. La ayuda se materializó en la actual Torre Bouchard Plaza que construyó Techint en sociedad con el Banco Río. Una bocanada de aire fresco para el diario de los Mitre-Saguier.

No es el único lazo de Rocca con el mundo de los medios. Su ligazón con el Grupo Clarín ya fue detallado en Miradas al Sur. La sociedad Rocca-Magnetto proviene de mediados de 2000, cuando ambos holdings cerraron el convenio mediante el cual Artes Gráficas Rioplatenses –propiedad del Grupo Clarín– le compró a Techint Compañía Técnica Internacional el 50 por ciento del paquete accionario de Impripost Tecnología S.A., que capturaba ya el 10 por ciento de la demanda de impresión de datos variables y ensobrado de documentos en grandes volúmenes. La operación sumó a la firma los abonados de Multicanal, que por entonces rondaban los 950 mil.

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La compra, pese al grado de concentración que implicaba, la autorizó el ex secretario de Defensa de la Competencia y el Consumidor Carlos Winograd. Quienes tramitaron el expediente aseguran que ”el organismo nunca realizó un estudio de mercado para verificar si la operación disminuía, restringía o distorsionaba la competencia”. El visto bueno se otorgó ”en base a las cifras declaradas por las partes interesadas en que el negocio se concretara”, relató tiempo atrás a este semanario una fuente que intervino en el proceso. La participación Impripost en el mercado creció aún más cuando el Grupo Clarín sumó nuevos clientes al negocio de la televisión por cable, luego de adquirir Cablevisión. Un meganegocio que incluye 23 millones de usuarios de telefonía fija, móvil e internet que tiene Telecom Argentina.

Trabajo y capital. La siderurgia, sector manufacturero en el que opera Techint, es uno de los grandes ganadores del reordenamiento de precios relativos registrado a partir de 2001. En buen criollo: la devaluación disparó los beneficios que registran las empresas productoras de bienes transables. Se trata, como señala el sociólogo Pablo Manzanelli en su trabajo Evolución y dinámica de la tasa general de ganancia, de un período de sumo interés para el estudio del modo de acumulación de capital, la apropiación del trabajo excedente y la evolución de la tasa general de ganancia de la cúpula empresaria.

La línea de análisis es reveladora de la idiosincrasia del empresariado local. También de su estrategia. Manzanelli advierte que el rasgo específico que adquirieron las formas de acumulación y de maximizar beneficios tuvo como un factor decisivo la sobreexplotación del trabajo. En otras palabras: la manera en que se resolvió la crisis de 2001/2002 provocó una brutal transferencia de ingresos al capital por la caída del salario real. Una ventaja que los sectores concentrados no está dispuesta a resignar. ”Por ello, aun cuando los beneficios se encuentran en niveles extraordinarios, la presión de los trabajadores por obtener mejoras salariales conlleva, en los últimos años, una reacción inmediata de los sectores dominantes”, destaca Manzanelli.

Incremento de precios, amenaza de despidos y presiones para conseguir una megadevaluación son las expresiones de esa reacción. La tendencia a maximizar ganancias no requiere de mayores pruebas: sólo ante la presión del Gobierno nacional, el holding que dirige Rocca accedió a reducir el pago de dividendos a sus accionistas y a reinvertir el 80 por ciento de los 1.340 millones de pesos que arrojó el año pasado el balance de Siderar en concepto de utilidades. Sin duda, que el costo de un obrero industrial –según el cálculo de Rocca– sea en la Argentina de 24 dólares por hora, contra 12 en México y 9 en Brasil no parece a los ojos de Techint una buena señal. Todo lo contrario. La puja distributiva que irrumpió en la escena social en busca de recomponer el salario real altera sus planes.

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