En los distritos donde más está concentrada la riqueza y la desigualdad gobiernan fuerzas adversas o lejanas al gobierno nacional. A un gobierno que nadie duda (por el contrario, sus adversarios le critican su demasía) que comanda la economía nacional.

En la ciudad de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba, a su vez, el impacto de la crisis internacional durante 2009 y la resaca del conflicto con las multinacionales de exportación primaria (entre otras razones), llevaron a un desempeño electoral paupérrimo del kirchnerismo durante las elecciones legislativas.

Todo indica que el Frente para la Victoria se va a recuperar de esos magros resultados de hace dos años, cuando de todos modos en el total del país resultó la primera minoría, seguido detrás por una fuerza como el Acuerdo Cívico del Club Social que implosionó y quedó en el recuerdo.

La organización y coordinación del calendario electoral de modo de desembocar en una escenario de clima adverso al gobierno nacional pretende la derrota electoral del kirchnerismo en los tres distritos de modo de crear un imaginario hostil de cara a las primarias del 14 de agosto.

De todos modos, cuando ese escenario electoral fue planteado, la derecha hizo una lectura que hoy se demuestra errónea: el fin del ciclo largo de la política que en Argentina representa el kirchnerismo.

El Acuerdo Cívico del Club Social suponía el debilitamiento de este ciclo y se entendía como natural heredero. La constatación de que esto no sería así, operó para que Luis Juez en Córdoba y Hermes Binner en Santa Fe se abrieran del radicalismo y buscaran una cosecha propia de legisladores nacionales en su provincia, como único juego nacional, mientras intentan retener el gobierno (si fueran kirchneristas, sería su feudo) y esperar mejor oportunidad. Incluso la candidatura testimonial de Hermes Binner por el FAP (Frente Anti Peronista) es funcional a esta estrategia minimalista.

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Mientras tanto, Pino Solanas y Mauricio Macri bajaron sus candidaturas presidenciales y José De La Sota y el gobernador de Córdoba dejaron de enfrentar al gobierno nacional.

Ninguno de estos ex integrantes del Grupo A se animan a contar cómo quieren eliminar el dólar diferencial –las retenciones- o el “gasto” estatal a través de la universalización de las jubilaciones y las asignaciones familiares, ni cómo van a enfrentar al sindicalismo para eliminar las paritarias o con cuál política van a reemplazar nuestra inserción en el mundo por una alianza con países imperialistas que se caen a pedazos, ni cómo adquirir fuerza legislativa para retrotraer las leyes que condenaron la impunidad en los casos de crímenes de lesa humanidad. A lo sumo y a fin de quedar bien con la Asociación Empresaria Argentina que congrega a Techint, Clarín y la Mesa de Enlace como mano de obra desocupada se propone una cuestión de acentos y estilos. De cambios tibios, paulatinos, tímidos.  No lo dicen, pero proponen la imposibilidad de hacer caso a la rabia corporativa, que no tiene que, luego, juntar los votos.  La dirigencia política que, por derecha o por izquierda le responde, sabe de la imposibilidad de un giro brusco cuando hay amplios consensos sociales en torno a estas políticas de estado y una mirada inteligente sobre el mundo y la economía.

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¿Cómo decirle, por ejemplo, a su propio electorado (sin recordar a Machinea y el impuestazo, que comenzó el  hundimiento de la Alianza) que van a quitar los subsidios que benefician injustamente a las clases medias altas de las ciudades más ricas?

La creación de condiciones para garantizar una gobernabilidad de derecha que propone el conglomerado Clarín olvida que ha corrido mucha agua bajo el puente y, culturalmente, ya no es lo que era. Por más que el Poder Judicial le esté cuidando las espaldas para que no cumplan con la ley como el resto de los mortales, culturalmente el Grupo Clarín ya no es lo que era.  Imaginarse una cobertura como la que le hicieron a su empleado Chacho Alvarez cuando era vicepresidente para explicar que el recorte de las magras jubilaciones (un recorte del 13% sobre jubilaciones de 150$) a pedido del Fondo Monetario era una medida progresista hoy resulta imposible, no sólo porque gobernaron Chacho y De La Rúa  y aún queda memoria, sino porque pasó el huracán K. Difícilmente los jubilados si les volvieran a recortar un 13% de sus jubilaciones exclamen ”ah, pero por lo menos, para anunciarlo, no usaron la cadena nacional”.

Los ciclos largos de la política establecen consensos estratégicos, legan políticas de estado, están atentos a lo que sucede en la región y tienen una estrategia de inserción de su economía y cultura nacional en el mundo. A la par que organizan un bloque social, económico y político que con sus más y sus menos se siente contenido.

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En el ajedrez sudamericano el triunfo de la derecha chilena fue compensado con la pérdida, para los EEUU, de su alfil peruano y la debilidad de su discurso hegemónico en Colombia, más allá de la enorme ayuda que a la derecha le peina la dura guerrilla de las FARC. Por si fuera poco, los brutales ajustes seguidos de represión de la socialdemocracia de España, Grecia y antes Portugal dejan en bancarrota ideológica a la centroizquierda liberal; tras la crisis desatada en los EEUU.

Por eso en el absurdo de explicar la ventaja electoral de Cristina incluso a pesar de eventuales victorias de la derecha en la CABA, Santa Fe y Córdoba, sus analistas se esfuerzan en buscar factores que se producen por ósmosis, mientras se minimiza el pequeñísimo detalle de que el kirchnerismo gobernó durante ocho años. Sería un verdadero descubrimiento del tarot -en las ciencias sociales no se consigue- que una corriente gobernara durante ocho años y ganara por otros cuatro sin que tenga la menor importancia los ocho años de gobierno anterior.

Lo que la derecha llama ”viento de cola” (esa ironía terca de la historia de traer, según dicen, términos de intercambio favorables cuando gobiernan fuerzas populares) como paradigma interpretativo, tiene también un fuerte componente predictivo y propositivo que indica la sustentabilidad de los trazos largos de este ciclo político.

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