Cuál será el candidato de Cristina en 2015?

El kirchnerismo, entre la fidelidad y el mal menor

Con Scioli como el candidato mejor posicionado, Cristina debe decidir si lo apoya o impulsar un delfín con menos garantía de triunfo pero mayor identidad ideológica.

A trece meses de entregar el gobierno a su sucesor, en los discursos de Cristina Fernández comienzan a aparecer algunas señales de despedida. La presidenta concluirá su segundo mandato con 62 años y no sería descabellado, en términos etarios, que deseara regresar a los 66. Pero sea para el bronce o el retorno, debe terminar su gobierno con su fuerza política disciplinada, lo cual requiere básicamente la definición del delfín. Por el momento, el mejor posicionado dentro del FPV es Daniel Scioli, pero buena parte de la coalición kirchnerista sigue sin digerirlo.

Cuando faltan sólo nueve meses para el cierre de listas para las primarias que definirán a los candidatos a las generales, el silencio de Cristina sobre su delfín es interpretado por algunos como un resguardo de eventuales ataques mediáticos, que lo despedazarían en una campaña de más de un año. En este sentido, la experiencia de Amado Boudou es un antecedente: más allá de lo que defina la justicia, los medios opositores lo condenaron y le coartaron cualquier aspiración de suceder a la presidenta de la Nación, para lo cual fue elegido como vice.

No obstante, se puede esconder por un tiempo al jugador capaz de dar vuelta el partido, pero es absurdo no ponerlo en la cancha para que no lo muelan a patadas, si se está jugando la final. El gobierno puede instalar un candidato en menos tiempo que la oposición, pero ese jugador no podrá seguir mucho más minutos en el banco, mientras se juega el partido decisivo.

Otros apuntan que, en realidad, el silencio de Cristina sobre el candidato del FPV está más vinculado a la necesidad presidencial de conservar el poder hasta el final de su mandato, para garantizar gobernabilidad e impulsar las últimas transformaciones.

Señalan que al bendecir al sucesor, buena parte del poder presidencial se transfiere inevitablemente hacia el elegido. Sin embargo, el síndrome del pato rengo que suele aquejar a los gobiernos en el final de sus mandatos, se produce más allá de la existencia de un aspirante consagrado. Y puede perderse más poder aun, si se instala la certeza de que la alternancia se dará con un presidente de otro color político.

Es cierto que para enfrentar, por ejemplo, a los fondos buitre y avanzar en la democratización informativa, se requiere todo el poder. Pero la necesidad de contar con un candidato definido más claramente, aumenta cada día para el kirchenrismo puro. No pocos militantes de ese sector sienten hoy cierta orfandad y desconcierto acerca del futuro inmediato.

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Un tercer argumento en favor del silencio presidencial señala que la presidenta prefiere que la media docena de postulantes del FPV avancen en sus campañas para ver luego los resultados que se expresan básicamente en las encuestas y decidir en consecuencia. ”En la cancha se ven los pingos”, repiten. El silencio presidencial, permite que el puñado de postulantes que anunciaron que pretenden jugar en las PASO, continúe con sus respectivas campañas, aunque con disímiles resultados: Jorge Taina aparece como el mejor considerado por sectores de la izquierda del FPV, en tanto el postulante oficialista mejor posicionado en las encuestas –excluyendo a Scioli– sigue siendo Florencio Randazzo, quién le saca ventaja a otro aspirante apoyado por los sectores puros del kirchnerismo: el entrerriano Urribarri.

Quienes quieren que la presidenta se expida antes de las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias, advierten que no se puede llegar a ellas con varios candidatos, sin pagar luego un costo electoral en las generales. Ocurre que tanto Sergio Massa como Mauricio Macri marcharán a las PASO sin contrincante interno, por lo cual no dividirán los votos del PRO, ni los del Frente Renovador. En cambio, la cosecha del FPV, dividida en varios postulantes, puede parecer magra frente a las otras fuerzas políticas.

Parece un escenario inconveniente para el oficialismo, si se recuerda que las PASO han sido leídas hasta ahora como grandes encuestas que prenunciaron claramente al vencedor de la inmediata general.

Por otra parte, una de las grandes incógnitas es saber qué ocurriría con algunos de los postulantes que miden menos que Scioli, si Cristina lo señalara con su dedo de gran electora. Pero esto es ficción, ya que no puede saberse a ciencia cierta, si no ocurre. Cabe suponer que, una vez bendecido, el aspirante sumaría intención de voto, pero nadie puede estimar sería suficiente para desplazar al gobernador bonaerense.

En verdad, la presidenta se encuentra ante un dilema crucial, porque los sondeos le dicen que Scioli es por el momento el único que puede darle ciertas garantías de victoria, pese a que no le conceda confianza política ni ideológica. Muchos le reconocen al gobernador su lealtad al gobierno nacional, pero no faltan los que explican su alineamiento en la necesidad de contar con el apoyo financiero del Ejecutivo Nacional. Sospechan que todo sería distinto si se invirtieran las situaciones: ”Una vez que le prestas el sulky no te lo devuelven más”, advierten con parábola campera. Agregan que la subordinación de Scioli también obedece a que mide bien en las encuestas dentro del FPV, pero su apoyo popular mermaría si rompiera con Cristina.

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En la semana que termina, la cercanía de algunos dirigentes de La Cámpora con el gobernador bonaerense en actos oficiales y el endurecimiento del discurso de Scioli contra la oposición nacional, llevaron a muchos a suponer que el ex motonauta será finalmente favorecido por la gran electora. Beneficiado por el silencio presidencial, Scioli hace su juego. Sabe que el tiempo corre a su favor, ya que a medida que se acerca la elección, sin adversarios de fuste que lo enfrenten en las primarias, crecen sus posibilidades de ser el candidato presidencial del FPV en las generales. Seguramente tiene datos de que algunos kirchneristas de paladar negro comienzan a rumiar la posibilidad de tener que tragar un sapo. Otros se resisten y sostienen que ninguna fuerza política puede llegar a una elección sin candidato propio. Prefieren sufragar convencidos en las PASO por un aspirante fiable, aunque no aparezca como ganador, antes que optar por el mal menor. Después podrán votar en primera vuelta con el corazón, aunque al final se vean obligados a votar con la cabeza en el balotaje, cuando el menú les ofrezca un plato amargo: Scioli o Massa, o bien Scioli o Macri.

La presidenta está nuevamente ante una decisión crucial. Esta vez debe apostar a la victoria de un aliado o priorizar la fidelidad político-ideológica con uno de los suyos a riesgo de ser derrotada electoralmente. Es obvio que pesará sobre ella el recuerdo de la traición de Julio Cobos con la 125, la decisión que ubicó a Amado Boudou como su compañero de fórmula y los coqueteos de Martín Insaurralde con el Frente Renovador a poco de haber sido bendecido como primer candidato a diputado oficialista por la provincia de Buenos Aires. Pero la otra opción la confronta con los rigores del llano tras una derrota electoral. Con todo, los más fervientes cristinistas esperan una tercera posibilidad: que la presidenta saque una vez más un conejo de la galera.

Infonews

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