Cristina los primeros cinco años

Por Ricardo Forster

Esa alquimia entre condiciones materiales cargadas de dificultades que mostraban a un país exhausto y sin brújula y la voluntad de ir a contracorriente de alguien que logró colarse por una pequeña ranura de un muro que parecía cerrado y sellado, marcarían los años venideros y los nuevos desafíos a los que tendría que enfrentarse Cristina a la hora de avanzar en la profundización de un proyecto de sociedad que venía a romper la brutal monotonía de años y años de decadencia, fragmentación y hegemonía de las grandes corporaciones económico-mediáticas. En todo caso, y eso es importante destacarlo, Cristina, una vez terminado el ficcional idilio entre Néstor Kirchner y los dueños reales del poder, tuvo que enfrentarse, desde el comienzo de su mandato, a la rebelión destituyente de quienes representan y representaron a lo largo de nuestra historia la apropiación discrecional de la renta agraria (que en esa oportunidad fueron acompañados y fervientemente apoyados por las grandes empresas comunicacionales que buscaron, de diversos modos, condicionar sin contemplaciones a su gobierno). Ni siquiera tuvo la gracia de los famosos 100 días en los que todo nuevo presidente se permite construir, sin graves impedimentos, los lineamientos centrales de la que será su gestión. Al iniciarse marzo, y después de la calma veraniega, se desató el conflicto con un sector clave de la economía que venía siendo beneficiado por el crecimiento exponencial de la renta agraria extraordinaria y por la política cambiaria. También asomarían las, desde allí, complejas y arduas relaciones con un amplio sector de las clases medias que, más allá de su recuperación económica, nunca dejaría de manifestar su disconformidad con el kirchnerismo. Cristina, a partir de ese momento, recibiría una impresionante andanada de prejuicios y de violencia retórica capaces de remitir a otro tramo de la historia nacional e, incluso, de superarlo en virulencia.

Estos cinco años plenos de transformaciones inimaginables, de aquellas que dejarán su impronta en los tiempos por venir, estuvieron signados por la decisión inédita, para la joven democracia argentina, de no aceptar los condicionamientos y los chantajes de las corporaciones. En los albores de su gobierno, incluso en esa primera soledad que pareció licuar de la noche a la mañana su amplia legitimación electoral que alcanzó el 46% de los votos, Cristina definió, para ella misma y para la sociedad, la dinámica de una gestión capaz de revitalizar la política al mismo tiempo que dejó claramente explícita su decisión, que sería inquebrantable, de avanzar hacia un modelo de país capaz de enlazar dos tradiciones que hasta ahora se miraron de lejos y con fuertes contradicciones: las que remiten a la libertad y a la igualdad. Su gobierno, y este sería su rasgo distintivo, volvió a reunir, después de décadas, la ampliación de derechos sociales con la implementación de nuevos derechos civiles haciendo hincapié en una invención democrática habilitada para entrelazar aquello que las políticas neoliberales habían sistemáticamente separado. Esa decisión irrevocable la llevaría a confrontar con los intereses concentrados y con los restos, siempre activos, de una Argentina corporativa que se resiste a perder sus privilegios. No se puede entender la compleja trama de conflictividades que atravesaron estos cinco años sin esta extraordinaria decisión de ”ir por más”. En el corazón de esa orientación inverosímil de acuerdo a los eternos condicionamientos que sufrieron los gobiernos democráticos anteriores hay que colocar la larga marcha de la ley de medios y la llegada a este tiempo de indudable inflexión que encuentra en el 7D su límite simbólico.

También, en esta hora en que se mezclan la consolidación exponencial surgida del extraordinario triunfo de octubre de 2011 con los desafíos y rebeliones de sectores corporativos y de amplias capas medias (en especial la de su estrato más alto y acomodado) acompañados por una franja de sindicalistas que abandonaron su alianza con el kirchnerismo y dejaron a un lado sus prédicas distribucionistas, hay que recordar las dificultades iniciales multiplicadas en su efecto social-político por la inclemencia de la corporación mediática que se lanzó, sin contemplaciones, a horadar al gobierno de Cristina. A veces el paso del tiempo suele velar lo previo y nos hace olvidar lo que sucedió entre marzo de 2008 –cuando estalló el conflicto con las patronales agrarias que encontraron en los medios de comunicación concentrados sus mejores aliados– y junio de 2009 cuando las elecciones de medio mandato expusieron la debilidad, en ese momento, del apoyo popular al Gobierno. Y, sin embargo, en cada uno de esos momentos extremadamente difíciles y complejos la respuesta del kirchnerismo, de Cristina y Néstor, fue no sólo no retroceder sino, con una contundencia innovadora en la vida política democrática, doblar la apuesta como respuesta a las presiones y a los chantajes de las corporaciones. Así se hizo después del voto no positivo del invisible Cobos que motivó, para sorpresa del poder, que Cristina no se replegara sino que, en una decisión desafiante y estratégicamente inobjetable, produjera un cambio estructural de la economía al reestatizar el sistema jubilatorio (medida histórica y decisiva para lo que se vendría una vez desatada la crisis económica mundial que fue acompañada por la reestatización de Aerolíneas Argentinas). La respuesta a la derrota de junio de 2009 fue la aprobación de la Ley de Servicios Audiovisuales después de amplificar en todo el país un debate excepcional, la decisión de implementar la asignación universal que cambio el mapa de la pobreza y de la indigencia habilitando una transformación fundamental en la relación entre el Gobierno y esos sectores dañados hasta la médula por un sistema reproductor de injusticias, desigualdades y exclusiones que la puesta en marcha de la asignación vino en parte a reparar. Ese año terminó con el cambio de mando en el Banco Central que llevó a Mercedes Marcó del Pont a su presidencia eyectando al Golden boy y redefiniendo lo que hasta ese momento había sido una supuesta matriz intocable respecto del uso de las reservas que culminó, en el 2012, con la aprobación de su nueva carta orgánica a la que se le sumarían otras medidas clave dirigidas a ordenar y regular el mundo bursátil y financiero.

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Y qué decir del inolvidable 2010 que contuvo, en su interior, tanto como para ocupar la totalidad de un tiempo apasionante: desde los impresionantes y multitudinarios festejos del Bicentenario hasta ese acontecimiento parteaguas que fue la muerte sorpresiva de Néstor Kirchner, pasando previamente por la ley de matrimonio civil igualitario. Un año de intensidades extremas, de alegría y tristeza que mostró hasta dónde había desplegado el kirchnerismo una profunda ofensiva contracultural que, a caballo de un proyecto capaz de ir generando cambios estructurales en la vida de los argentinos, le había logrado torcer el brazo a la hegemonía cultural ejercida por la corporación mediática. Cristina, en un sentido incluso más radical que Néstor, jugó a fondo la carta de la disputa por el relato. Ella estuvo en cada detalle y se hizo cargo de darle contenido político a esa disputa. Antes de la muerte inesperada de Kirchner el Gobierno venía remontando su anterior pérdida de apoyo y, más allá del clima adverso que intentaban crear los grandes medios, se volvía cada vez más evidente que lo peor ya había pasado.

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El resultado electoral no fue, entonces, y como intentó presentar el arco opositor junto con el ”periodismo independiente”, la consecuencia unilateral de los altos índices de consumo y de la marcha exitosa de la economía unidos al hondísimo impacto causado por la muerte de quien fuera el gran responsable del giro histórico producido en el país a partir de mayo de 2003. Fue en parte eso y muchísimo más: la consolidación de una figura extraordinaria de la política como lo es Cristina, la presencia poderosa de Néstor Kirchner en lo más entrañable y profundo del sentimiento popular, la capacidad para salir a disputar sentido y relato de la mano de una decisiva reescritura de la historia nacional que se conjugó con la emergencia de actores cultural-políticos que le aportaron mucho al proceso de construcción del kirchnerismo, el desenmascaramiento de las estrategias engañosas de la corporación mediática, la puesta en evidencia de una oposición política famélica de ideas y cooptada hasta los huesos por la agenda armada por esos mismos medios, la audacia para enfrentar la crisis económica mundial, la política científica y de recuperación de la industria, la inversión inédita en educación, la ampliación de derechos sociales y civiles y tantas otras cosas que la autoceguera le impidieron ver a una oposición que leyó un diario especialmente escrito para ella.

A partir del triunfo electoral de octubre de 2011 se abrió una nueva y compleja etapa cuyo eje, así lo ha dicho una y otra vez con elocuencia Cristina, será avanzar en la construcción de una sociedad más igualitaria. Pero, y eso también fue evidente, desde el día siguiente del histórico triunfo los grupos corporativos buscaron condicionar y debilitar al Gobierno a través, primero, de la fuga de capitales y de la presión devaluacionista y, segundo, exacerbando, vía las estrategias mediáticas, el ánimo antikirchnerista de amplios sectores medios. En el fragor de estas presiones y de estos intentos fuertemente destituyentes, se tomó la decisión, también histórica, de recuperar YPF avanzando en un plan de soberanía hidrocarburífera capaz de revisar, bajo la impronta no sólo de la crítica sino también de la acción, la anterior política energética. Algo equivalente vendrá, eso esperamos y las señales están dadas, a superar los errores y las gruesas fallas de la política de transporte que tuvo su momento terrible con la tragedia de la estación Once que, precisamente, puso en evidencia los límites de esa política.

Pero, fundamentalmente, el gran desafío de este último año ha sido atravesar de la mejor manera posible el impacto de la cada vez más grave crisis económica mundial. Y para eso se implementó un plan de sustitución de importaciones capaz de mantener el programa de reindustrialización sin deteriorar el empleo ni el salario y garantizando el acceso al consumo de los sectores populares. La Argentina, y Cristina lo sabe muy bien, no nos ahorra ninguna dificultad y los años por venir estarán marcados por la disputa, esencial, que viene desplegándose alrededor de qué tipo de país y de sociedad queremos. Hasta ahora, si algo ha demostrado el kirchnerismo bajo el liderazgo de la Presidenta de la Nación es que no sólo se mantiene el rumbo, ese soñado en común con el compañero de vida e ideales, sino que, ante las dificultades y los intentos de frenar las transformaciones, la voluntad se reduplica bajo la forma de una profundización que no se detiene y que, en el futuro, seguirá deparándonos sorpresas.

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