Siete los días que precisó Dios para crear el mundo. Siete los pecados capitales. Setenta veces siete las que Jesús le dijo a Pedro que eran necesarias para perdonar a un pecador. Siete, el número sagrado por excelencia; sin embargo, para la quiniela siete es el revólver y en la ruleta es rojo. No faltan quienes creen que el siete rompió con su tradición de número bíblico cuando un 7 de noviembre, los rojos bolcheviques, revólveres en mano, asaltaban el Palacio de Invierno en San Petersburgo y terminaban con el poderío de los zares y de la Iglesia Ortodoxa. Así empezaba la Revolución de Octubre. Claro, porque los rusos todavía usaban el Calendario Juliano, establecido por el Imperio Romano, que se guiaba por el sol, y no por el Gregoriano, cambiado en un concilio vaticano tres siglos y medio después. Sietes, volviendo a los jugadores, de Truco en este caso, pueden ser bravos, como el de espadas o el de oros, o sietes a secas, como el de bastos o copas. Y, con el calendario –Gregoriano– en la mano, hay que convenir que los próximos tres sietes van a ser bravos. La primera parada será el domingo de las elecciones venezolanas. Aunque los sondeos serios indican el triunfo de Hugo Chávez, no faltan los comentaristas capaces de dar versiones increíbles. Por caso, Jorge Elías, columnista de Víctor Hugo Morales en Continental, empezó a decir que había encuestas que favorecían a Henrique Capriles. Víctor Hugo le pedía fuentes y el columnista doblaba la apuesta con una versión cuyo origen es fácil de bucear: hay periodistas cuyos libretos se arman en la rama cultural de la CIA. En este caso, Elías contó que había un plan B en caso de que perdiera Chávez, y que consiste en dar un golpe de Estado, para lo cual se concentraban efectivos de las FARC en la frontera entre Colombia y Venezuela. No hay que ser un especialista en política internacional para estar al tanto de lo incómodo que está el ex presidente Álvaro Uribe por el diálogo iniciado entre el gobierno de Juan Manuel Santos y la guerrilla más antigua de América; es decir, las FARC. Tampoco es un secreto que la reciente detención del capo narco Daniel Barrera, alias ”el Loco”, se hizo en Venezuela y contó con el apoyo de inteligencia de las autoridades colombianas. El mismo Santos hizo público su agradecimiento a Chávez. Hay un minué de entendimiento entre dos viejos adversarios políticos; especialmente para quienes ven a Santos como un traidor a las viejas derechas militaristas. Algunos pocos argentinos –Mauricio Macri como caso emblemático– dan su apoyo explícito a Capriles, porque es la extensión de lo que esperan para el resto de América Latina. Capriles fue golpista en 2002 y es la expresión de una derecha que sueña con volver a darle el petróleo venezolano a las grandes empresas norteamericanas. Cabe recordar que Chávez, no bien pudo conjurar aquel golpe, avanzó precisamente en la estatización de todo el negocio petrolero y puso al frente de PDVSA al viejo militante Alí Rodríguez, quien este año quedó al frente de Unasur. De esta América Latina con arraigo ideológico soberano están tomando nota muchas viejas derechas del continente que saben el poco margen que queda por ser socios minoritarios de las políticas del Departamento de Estado, la CIA o las multinacionales de Estados Unidos. En ese sentido, puede interpretarse la reciente gira del presidente electo de México, Enrique Peña Nieto. Su país ingresó en el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá en 1994 (NAFTA) y fue succionado por las políticas neoliberales más duras. En Estados Unidos pululan varios millones de mexicanos indocumentados, la cifra de muertos por los negocios del narco supera la de una guerra convencional (50 mil en los últimos cinco años), tiene 50 millones de pobres –de una población de más de 112 millones– y es el país con mayor desigualdad de los miembros de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE). Peña Nieto, de clara formación derechista, dijo que en su gira buscaba ”modelos exitosos” y anduvo por Colombia, Brasil, Chile y Argentina. Se constata una vez más que, cuando los modelos políticos surgidos al calor de la insurgencia y la resistencia popular se consolidan, terminan siendo un objetivo preciado para las multinacionales así como por las vertientes de derecha inteligentes. Chávez se abrió a este escenario y, como todo indica, hará que la Revolución Bolivariana continúe en el gobierno.

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7 DE NOVIEMBRE.

Todos los analistas del planeta están atentos a lo que pase entre demócratas y republicanos el miércoles 7 de noviembre, una vez que se haya terminado de saber si Barack Obama sigue en la Casa Blanca o si llegó el turno del halcón Mitt Romney. No es sólo porque el 70% de las transacciones comerciales del planeta y el 62% de las transacciones financieras se hacen en dólares y todo indica que la solidez de esa moneda se perdió hace mucho tiempo. Sucede que no hay a la vista ninguna alternativa. Sea porque no existe un bloque de naciones dispuestas a un debate sobre cómo armar una canasta de monedas o cómo romper el proteccionismo de los países del Hemisferio norte ni cómo evitar la destrucción de las industrias locales o cómo evitar el dumping, por no hablar de la emisión de gases contaminantes. La atención estará centrada, no porque entre Obama y Romney haya diferencias sustanciales respecto de las políticas en sí –en eso ambos responden a las políticas de Estado–, sino en todo caso sobre cómo llevarlas a cabo. Quizás en Obama puedan detectarse algunos pequeños matices a favor del diálogo. La diferencia está en la extensión y profundización de las guerras que Estados Unidos lleva a cabo en Afganistán y otras regiones de Oriente Medio y el Golfo Pérsico. La decisión de Romney de viajar a Israel para avalar un posible conflicto armado con Irán es una alarma importante. Sin hacer pronósticos, sin entrar en visiones catastrofistas, entre los escenarios políticos para el futuro cercano está el de las escaladas bélicas en regiones que para Estados Unidos son estratégicas como las antes mencionadas. Siria e Irán están en la mira de los halcones. Habrá que prestar atención a los debates de campaña –tres en total– que tendrán su primer capítulo el próximo miércoles 3 de octubre. Desde ya que los temas más álgidos suelen ser los domésticos, pues son aquellos que pueden hacer torcer la opinión de algunos votantes o atraer a algunos de los tantos ciudadanos que no van a las urnas. En Estados Unidos la votación es optativa. En 2008, la afluencia fue alta, en torno al 57%, especialmente porque los ocho años consecutivos de George Bush dejaron un espacio importante para el primer candidato de piel negra. En esa oportunidad, Obama sacó una buena diferencia sobre un opaco John Biden –republicano–: 53% contra 46 por ciento. Hace unos días, una cámara indiscreta capturó unas palabras de Romney que lo dejaron en una situación incómoda: según el candidato republicano, Obama cuenta con 47% de los votantes de su lado, porque son parásitos que viven del Estado Federal. Es algo que en todo el mundo constituye un argumento de las derechas cavernícolas. Se enfurecen de sólo pensar que hay sectores desprotegidos que están contemplados en programas sociales de inclusión o de atención médica o de educación. Eso sí, de los bajos impuestos que pagan los supermillonarios ni hablan, del déficit fiscal generado por tener el presupuesto militar más alto de la historia ni una palabra. Los desequilibrios que vive el planeta por la crisis capitalista cuya expresión más visible es la financiera no se resolverán en una u otra dirección por el resultado de los comicios en Estados Unidos. El resultado de las elecciones permitirá entender un poco mejor al convulsionado mundo en que vivimos.

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CLARÍN Y EL 7D.

Sobre cómo está la sociedad respecto de esta confrontación es difícil tener dimensión. El último dato serio que puede tomarse en cuenta es que el daño que intentó Clarín durante la campaña electoral de octubre pasado no surtió ningún efecto. El 54% de los votos a la presidenta incluyeron –sin duda y corroborado por múltiples estudios- a infinidad de personas que dicen informarse por medios del Grupo Clarín. Respecto de si Clarín tiene o no la posibilidad de valerse de resquicios judiciales, ni el más osado abogado podría vaticinar algo. Respecto de si el gobierno está decidido a avanzar en esto, tal como lo advirtió estos días, no caben dudas. Es muy difícil evaluar resultados. La mayoría de los que festejaron la sanción de la Ley 22.285 consideran que es esencial que esto termine con el cumplimiento de la ley por parte de Clarín. Es necesario también que el gobierno no deje flancos ni legales ni administrativos que permitan al monopolio victimizarse; esto es, el gobierno debe evaluar muy bien cómo proceder en caso de que algún juez se mostrara complaciente con alguno de los resquicios pretendidos por el monopolio. Por último, y más allá de la pelea por el artículo 161, sería una buena señal por parte del gobierno mostrar más vitalidad en materia de ampliar –realmente– las voces que pueden tener medios en la Argentina. Especialmente las que no tienen fines de lucro y que tampoco tienen recursos económicos como sí los tienen los grupos empresarios diversificados en sus negocios que sí tienen el control del sistema de medios aunque, desde ya, no sean monopólicos.

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Parece haber un reduccionismo de lo que la sociedad logró debatir con la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. La norma parecía ser parte de un momento en el cual los argentinos tomaban dimensión, primero, de que los medios tienen mucho que ver con la vida cotidiana y, segundo, que si se logra una multiplicidad de voces en el espectro audiovisual, la democracia puede profundizarse. Muchos decían que no tiene sentido discutir sobre cómo ordenar el espacio radioeléctrico por la importancia de la revolución tecnológica. Era una manera de disimular que el cambio era terminar con el manejo monopólico y extorsivo del Grupo Clarín. Los spots que pudieron verse este fin de semana emitidos por el gobierno y por Clarín hace que algunos persistan en una visión reduccionista. El spot oficial advierte que el viernes 7 de diciembre el Estado recuperará las licencias no autorizadas por la ley, habida cuenta que se trata del día en que entra en vigencia el artículo de la norma que limita la cantidad de licencias de cada operador. El de Clarín afirma que ese día no cambia nada; el grupo de Héctor Magnetto espera alguna nueva maravilla judicial que le permita seguir acumulando privilegios. El choque entre estas dos visiones, a medida que avanzan los días, confirma lo que parece ser difícil de modificar: Clarín ejerce el poder en los márgenes del poder legal y constitucional desde hace décadas. Fue su fórmula. La pregunta es: ¿se animará a intentar algo desde la ilegalidad? Es decir, todo indica que es casi imposible que consiga una extensión de la cautelar o un fallo favorable sobre el fondo de su reclamo. Entonces, ¿podrá lograr que algún juez le conceda que el 7D empieza a correr un año antes de adecuar sus inversiones tal como ellos reclaman en base a una interpretación de la reglamentación del artículo 161 de la Ley 22.285? En caso de que eso sucediera, ¿el gobierno frenaría su determinación de quitarle las licencias que debería dejar? Para hacerlo más simple, uno podría inferir que si Clarín hubiera dialogado con las autoridades podría entrar en un proceso de adecuación permitiendo que algunos empresarios amigos del monopolio quedaran como titulares. Eso no sucedió. Sin soluciones amigables, todo indica que habrá varios factores a tener en cuenta de acá hasta el 7D y también en los días sucesivos. Lo primero es que Clarín apuesta a un escenario de conflictividad en las calles y lo segundo es que confían, en caso de no lograr dañar al gobierno, anclar su poderío extorsivo –apoyado en algunas interpretaciones legales– en la justicia.

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