…Y la Corte falló

 

En el derecho internacional, todos son iguales pero algunos son más iguales que otros. Apenas un tercio de los integrantes de la ONU se consideran obligados por los fallos de La Haya consagrados en el tratado de Roma: EEUU, Gran Bretaña, Israel, Rusia, China, Francia, Alemania, Italia, no se cuentan entre ellos. Así, en 1985 el tribunal condenó a EEUU por el bloqueo que había impuesto a Nicaragua pero el presidente Reagan decidió desoírlo, y hay más ejemplos.

 

Pero el Estatuto del río Uruguay de 1975 dispone (art. 60) que toda controversia “podrá ser sometida a la Corte de La Haya” cuando hayan fracasado otras instancias de negociación. Y es minucioso en cuestiones de contaminación y mal aprovechamiento del curso de agua ya que Perón, en sus últimos años, había hecho punta en denunciar la crisis ecológica que provocaría la sociedad de consumo.

A diferencia de lo que los asambleístas de Gualeguaychú manifiestan, la cuestión es política y no ambiental.

Más allá de que el fallo haya conformado a unos u otros, lo que mantiene en pie es un invariable modelo de saqueo de recursos naturales. Predominan en América latina el cultivo de eucaliptos en la zona de influencia del Acuífero Guaraní para producir celulosa; el de soja transgénica en una región climática que abarca Argentina, Brasil, Bolivia y Paraguay; y el de la minería a cielo abierto en las zonas cordilleranas detrás del oro, cobre, uranio y otros.

La ocupación de Irak y la militarización del África central para asegurarse la provisión de petróleo y coltan respectivamente, son otros ejemplos del mismo modelo.

Aunque el eucalipto para producción de pasta celulósica está indicado para implantarse en áreas marginales, la ganancia que prometía capturó zonas agrícolas centrales de Uruguay. Similar tensión se observa con la producción de biocombustibles a costa de los cereales para consumo humano.

El eucalipto se caracteriza por un rápido crecimiento mediante la absorción radicular de importantes volúmenes de agua dulce subterránea, lo que ya está produciendo disminución o desaparición de napas freáticas y cursos de agua allí donde hay forestaciones. Desde los años 80, el Estado uruguayo optó por reconvertir –con el monitoreo del Banco Mundial– su modelo agropecuario al monocultivo para fabricar la celulosa que demanda el Primer Mundo. No es ningún misterio que la soja en Argentina responde a la misma lógica.

Este modelo económico se impone mientras se reduce la presencia de los Estados en la regulación de las actividades económicas. La deserción estatal fue profunda en los países periféricos donde se localizan grandes reservas de recursos naturales pero no en el centro posindustrial con el sector primario agotado o al límite, y éste impuso su punto de vista –o su interés, que es lo mismo– en la periferia mediante la industria cultural, los medios de comunicación y la cooptación de las elites intelectuales. Algo imposible de no estar asociado, como sucede históricamente, con sectores dominantes de las clases dirigentes locales.

La combinación de extravío de esas clases dirigentes, su mediocridad y la deserción estatal explica la conducta de Alfredo De Ángeli, quien saltó a la fama mediática cortando el puente binacional de Gualeguaychú. Exigía entonces mayor regulación pública sobre la contaminación que producían las pasteras, y luego, como productor sojero e integrante de la Mesa de Enlace, sus pretensiones viraron en 180 grados reciclándose en piquetero del Estado prescindente y la apropiación privada de la renta extraordinaria de la tierra.

El contexto de esta situación es la especulación del capital financiero a nivel mundial, donde todos los productos en juego (petróleo, minerales, cereales y leguminosas, celulosa, etc.) se convierten en bienes transables o commodities.

Una mirada ingenua de la situación parece haber descubierto que ahora la industria contamina y antes no, cuando en realidad la actividad industrial es “naturalmente” contaminante. En realidad, es necesario institucionalizar estas nuevas demandas sociales relacionadas con la preservación del medio ambiente porque la generalización del modelo de consumo indica que los países centrales deslocalizarán las actividades “sucias” mientras incrementan la explotación de los recursos naturales, todo ello en las periferias. En los ’80, los habitantes de Holanda exigieron que la Royal Dutch Shell cerrara una destilería que contaminaba. La multinacional desarmó la planta y la reinstaló en Dock Sud, a 40 cuadras del centro de la ciudad de Buenos Aires.

Todo esto quedó a salvo en el fallo de la Corte internacional de La Haya. A partir de ahora, Uruguay y Argentina deberán discutir la instalación de nuevas pasteras. El río Uruguay ya no será lo que fue. Y el Frente Amplio tiene la oportunidad de volver a discutir si el monocultivo de eucaliptos es viable política, social y regionalmente.

Porque Botnia sigue allí, y habrá otras.

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