La importancia de los temas de política exterior y seguridad nacional aumenta conforme se acerca la elección presidencial en Estados Unidos. El presidente Barack Obama contiende con una plataforma que incluye el fin de la guerra en Iraq y Afganistán, y la demostración de firmeza contra Al Qaeda. Sus oponentes republicanos lo acusan de encabezar el declive de Estados Unidos y de mostrar ineficacia respecto de Irán. Pero la verdadera historia resulta más compleja de lo que cualquiera de las partes admite.

Cuando tomó protesta como Presidente en enero de 2009, Obama ya había creado una visión activista del destino que tendría su política exterior. Renovaría la imagen de Estados Unidos en el exterior, especialmente en el mundo musulmán; terminaría la guerra en Iraq y Afganistán; extendería su mano a Irán; ”reajustaría” las relaciones con Rusia como un primer paso para librar al mundo de las armas nucleares; obtendría la cooperación de China en temas regionales y globales, y lograría la paz en el Medio Oriente. De acuerdo con sus palabras, Obama deseaba nada menos que tensar el arco de la historia, apuntando a la justicia y a un mundo más estable y pacífico.

La tensión entre la exaltada retórica de Obama y su deseo por un cambio fundamental, por un lado, y su instinto por gobernar de manera pragmática, por el otro, ha sido inevitable. La historia de la política exterior del gobierno de Obama resulta ser entonces una de intentos por reconciliar su grandiosa visión con su innato realismo y su cautela política. Al gobernar, Obama ha sido un progresista en la medida de lo posible, pero un pragmático cuando ha sido necesario. Y dadas las condiciones locales y mundiales a las que el Presidente ha tenido que enfrentarse, el pragmatismo ha predominado.

Este acto equilibrista ha complacido a pocos y ha alimentado las críticas de sus opositores. Los compromisos que ha logrado se han interpretado como signos de debilidad, y su incapacidad para producir resultados claros en poco tiempo lo ha mostrado como incompetente. En ocasiones, tal pareciera que sus esfuerzos por lograr compromisos de las potencias en disputa han tenido el costo de ignorar a los aliados de siempre. Su enfoque, más que cualquier otra cosa, ha generado dudas sobre si realmente posee una estrategia o sólo reacciona a los acontecimientos.

Pero esta manera de retratarlo pasa por alto lo más importante. Obama no es un ingenuo consumado ni un realista reaccionario. Ha intentado moldear un nuevo orden mundial liberal en el que Estados Unidos mantenga el liderazgo, pero también comparta más responsabilidades y cargas con otras potencias cuando sea posible o necesario. Obama se ha encargado personalmente de la conceptualización, la estructuración y, en ocasiones, la aplicación de la política exterior estadounidense, apoyándose en experimentados miembros del gabinete que no pertenecen a su círculo íntimo y en jóvenes asesores que le son cercanos pero carecen de experiencia. Inteligente, ambicioso, esquivo y con confianza en sí mismo, resulta ser el responsable más directo de su propio desempeño de lo que la mayoría de sus predecesores lo fueron en su momento.

Obama ha logrado algunos éxitos destacables, entre los que se incluye el significativo debilitamiento de Al Qaeda, un buen manejo de las relaciones con China, la reconstrucción de la reputación internacional de Estados Unidos, el reajuste de las relaciones con Rusia, la ratificación del Nuevo Tratado de Reducción y Limitación de las Armas Estratégicas (New START), la aprobación de una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que impone duras sanciones contra Irán, la firma —con demora, pero muy bienvenida— de nuevos tratados de libre comercio y el retiro de las tropas estadounidenses de Iraq.

Tampoco han faltado algunos tropiezos: el estancamiento del proceso para resolver el conflicto entre Israel y Palestina, los escasos avances en el combate al cambio climático, el desprestigio de Estados Unidos en el mundo musulmán, las relaciones cada vez más ríspidas entre Estados Unidos y Pakistán, el grave problema de narcotráfico y violencia en México, el empecinamiento de Irán en adquirir los medios para producir y usar armas nucleares, y la acumulación de armas nucleares en Corea del Norte.

El enfoque de Obama, con pocos tintes ideológicos en la práctica, ha resultado estar muy influido por una noción realista amplia del papel de Estados Unidos en el mundo del siglo xxi. Su tono no ha sido el de un Estados Unidos triunfal o excepcional, pero tampoco decadente. En general, este enfoque ha dado buenos resultados al mantener cierta apertura a las opiniones de otros dirigentes y a los intereses de otras naciones, sin dejar de proyectar confianza y liderazgo.

En cuanto a proteger los intereses estadounidenses, la política exterior de Obama ha funcionado bastante bien hasta el momento; respecto de su visión de un nuevo orden mundial, esta idea aún es una obra en proceso.

EL ASCENSO DE ASIA

Al llegar al poder, Obama vislumbró una política exterior sostenida sobre tres pilares: una nueva relación con las potencias asiáticas en ascenso, especialmente China; una nueva relación entre Estados Unidos y el mundo musulmán, que implicara cooperación en vez de conflicto, y esfuerzos renovados para lograr el desarme y la no proliferación de armas nucleares. A pesar de que su victoria electoral representó un hito en la historia, el colapso financiero ocasionó que el manejo de la crisis económica fuera la prioridad de la política interna y externa del nuevo Presidente, y limitó sus opciones para actuar en ambos frentes.

Podría argumentarse que las decisiones más difíciles para evitar la catástrofe (como la aprobación del Programa de Asistencia para Activos Problemáticos y las medidas que hicieron posible el rescate de ciertas instituciones financieras clave) se tomaron hacia el final del gobierno de George W. Bush. No obstante, Obama tuvo que decidir qué instituciones salvar, y adoptar más medidas para frenar una caída en picada de la economía y estimular el crecimiento. Esto tuvo implicaciones profundas para la política exterior de Obama, pues resultaba esencial actuar rápida y coordinadamente con otras potencias económicas. El gobierno trabajó no sólo con los países miembros del G-8, el club tradicional de grandes potencias, sino también con los pertenecientes al más amplio y floreciente G-20, que incluye a todas las economías emergentes.

Al final de cuentas, se evitó en gran parte el peligro de que cada país actuara para proteger su propia economía a expensas de la economía de los demás, lo que demostró un sorprendente grado de colaboración respecto de intereses en común. A pesar de lo anterior, el papel que desempeñó Estados Unidos en el estallido de la crisis, al haber popularizado instrumentos financieros riesgosos, restó mucho brillo al modelo de mercados liberalizados, déficits reducidos y libre comercio que promovía el consenso de Washington. De haber estado menos dispuesto a tranquilizar a la comunidad internacional, el Presidente se habría convertido en el pararrayos de todas las frustraciones mundiales, y Obama merece más crédito del que usualmente recibe por haber evitado ese resultado y haber ayudado a contener la catástrofe. Esa crisis también provocó que creciera la percepción del auge económico de China y el relativo declive de Washington, que a su vez complicaría las relaciones sinoestadounidenses durante el segundo año de gobierno de Obama y plantearía un reto de gestión aún mayor para su política exterior.

Desde el inicio, el nuevo gobierno buscó tener una participación más activa en Asia, intentando mejorar los vínculos de Estados Unidos con sus amigos y aliados, y cooperando con China en asuntos bilaterales, regionales y mundiales. El equipo de Obama aceptó la preponderancia relativa de China en el mundo y entendió que Estados Unidos no podía continuar ejerciendo el grado de influencia que había tenido en el pasado.

A pesar de dedicarle más atención a China, los esfuerzos del gobierno de Obama por trabajar más estrechamente con ese país no han estado exentos de problemas. Se ha evitado un mayor deterioro de las relaciones, lo que refleja la madurez subyacente de las relaciones entre China y Estados Unidos, así como el deseo que desde hacía tiempo albergaban los dirigentes de ambos países de mantener los desacuerdos dentro de ciertos límites. Las frecuentes reuniones de alto nivel han creado fuertes incentivos para estabilizar las relaciones y estructurar áreas de cooperación, pero la posterior puesta en práctica de las intenciones expresadas en esas reuniones no ha estado a la altura de las expectativas.

Uno de los principales objetivos del gobierno estadounidense ha sido que China asuma una mayor responsabilidad en el actual orden internacional liberal, es decir, que se convierta en un participante que acepte las metas y las reglas básicas del sistema y contribuya al éxito de éstas. Sin embargo, el gobierno ha descubierto que el rápido ascenso de la posición de China en el orden mundial ha creado expectativas demasiado altas, demasiado pronto, y que Beijing no ha sido capaz de asimilarlas. A pesar de su prestigio en los asuntos mundiales, China sigue considerándose como un país en desarrollo, cuya obligación primordial es lograr que su economía crezca, sin aceptar responsabilidades mundiales.

La gran falla en la política de ambos países tal vez haya sido su incapacidad para dejar de desconfiar respecto de las intenciones del otro en el largo plazo. Casi todas las políticas de Estados Unidos son, a ojos del gobierno chino, piezas de una intrincada conspiración para impedir el ascenso de China. Mientras tanto, en Washington, crece el desconcierto respecto de esta percepción china y aumenta la preocupación de que Beijing busque emplear su creciente poderío militar y económico en Asia para obtener ventajas diplomáticas y de seguridad a expensas de Estados Unidos. Washington también está consciente de que casi todos los demás países asiáticos quieren que Estados Unidos ayude a contrarrestar las crecientes presiones de China, pero no con la condición de tener que elegir entre los dos gigantes.

En noviembre de 2011, el anuncio de un ”pivote estratégico” inclinado hacia el continente asiático por parte de Obama representó un intento por generar confianza en el futuro papel de liderazgo de Estados Unidos en Asia, un liderazgo del que se comenzaba a dudar en la región. Esta política consiste en una compleja estrategia económica, diplomática y de seguridad bien integrada en la región; pero su plena puesta en marcha requerirá un manejo disciplinado del gobierno y una evidencia convincente del resurgimiento económico de Estados Unidos. Por lo tanto, la estrategia de reequilibrio hacia el continente asiático resulta coherente, pero podría generar expectativas que Washington no podrá cumplir y alimentar las sospechas de China, todo lo cual conduciría a una relación China-Estados Unidos mucho más ríspida. Los funcionarios estadounidenses deberán actuar con habilidad en Asia y en Estados Unidos para cosechar los beneficios estratégicos sembrados, en vez de generar mayor desconfianza y tensión.

EL LABERINTO EN EL MEDIO ORIENTE

Las relaciones del gobierno estadounidense con el mundo musulmán han dado grandes sorpresas y mucho dramatismo. Obama siempre tuvo la intención de seguir combatiendo el terrorismo, pero no se adhirió al concepto de ”guerra global contra el terrorismo” esgrimido por Bush. En lugar de eso, buscó sofocar poco a poco las guerras en Iraq y Afganistán, al tiempo que se concentraba en atacar a las células operativas de Al Qaeda en Afganistán, Pakistán y otros países, con el fin de eliminarla como amenaza para Estados Unidos y el resto del mundo. El éxito alcanzado ha sido uno de los logros distintivos del gobierno estadounidense, y Obama puede jactarse, con razón, de que acabó con la guerra en Iraq, no bajó la guardia en Afganistán y Pakistán, y, en esencia, decapitó a Al Qaeda.

En todo este proceso, Obama ha demostrado ser estricto. No ha sobreestimado el poder de su encanto personal ni de su visión para resolver cuestiones de guerra y de paz. Sin embargo, la estabilidad pende de un hilo muy fino en Iraq, Afganistán y Pakistán, y aún no queda claro si el Presidente logrará sus dos objetivos de forma simultánea, es decir, salir de las guerras sin dejar tras ellas un caos peligroso.

Tanto en Iraq como en Afganistán, el gobierno de Obama ha desplegado un grado admirable de flexibilidad y adaptación. Por ejemplo, respecto de Iraq, el Presidente reconcilió las posturas esgrimidas durante su campaña electoral con las realidades que encontró en el terreno. No apresuró el retiro de las tropas estadounidenses, que finalmente regresaron a casa a finales de 2011, conforme al calendario inicialmente diseñado y pactado por Bush y el Primer Ministro de Iraq, Nouri Al Maliki, en 2008. Resulta difícil imaginar cómo habría logrado un Presidente estadounidense que sus tropas se quedaran en un país que de por sí no las aceptaba en circunstancias jurídicas normales. Sin embargo, Obama no debió alardear respecto del retiro definitivo de las tropas, pues se tenían registros de que su gobierno había tratado de alcanzar un acuerdo con los iraquíes para mantener el despliegue de tropas en el país por más tiempo. A la vez, era mejor para el futuro de las intervenciones militares estadounidenses en el extranjero que Estados Unidos restableciera su reputación de retirarse cuando se le pide en lugar de permanecer donde no se le quiere.

En comparación con su antecesor, Obama decidió dedicar muchos más recursos a Afganistán y Pakistán. Pero la complejidad de los problemas en ambos países y la profunda división de opiniones dentro del gobierno respecto de cómo manejarlos han impedido su resolución. Cuando se trata de Afganistán y Pakistán, casi todo alto funcionario de seguridad nacional tiene sus propias prioridades; por ende, no es de sorprender que a los afganos y pakistaníes nunca les haya quedado claro si Estados Unidos se iba o se quedaba, o si Washington los consideraba amigos o enemigos. Como es natural, esta situación también despertó reservas por parte de ciertos personajes locales clave y ocasionó que los objetivos no pudieran alcanzarse de la manera más eficaz posible. Por haber invertido tanto en una buena estrategia respecto de Afganistán que lograra debilitar a la insurgencia y fortalecer a las instituciones del Estado afgano, Obama, si resultara reelegido, tendría que diseñar un cuidadoso plan para retirar gradualmente a las tropas durante 2013 y 2014, cuando se tiene contemplado que las fuerzas afganas sean las principales responsables de la seguridad del país.

En contraste, los resultados de la diplomacia estadounidense en el Medio Oriente constituyen el mayor tropiezo en el historial de cumplimiento de promesas de Obama y le han causado gran frustración al Presidente. Esto resulta irónico, dado que Obama había jurado que alcanzar la paz en el Medio Oriente sería una prioridad desde el primer día de su mandato. No hay disensión entre los críticos respecto a cuál ha sido el más grave error del Presidente: empeñarse en exigir, de manera poco realista, un cese total de actividades de asentamiento israelí en los territorios ocupados. Al insistir en ese cese total, afirman, Obama alejó al Presidente palestino, Mahmoud Abbas, de la mesa de negociaciones (ya que Abbas no podía permitir que se le viera aceptar condiciones inferiores a las que el Presidente de Estados Unidos había exigido a los israelíes). En consecuencia, cuando no pudo alcanzar sus objetivos expresos, Obama dañó la credibilidad de Estados Unidos como mediador en el conflicto.

La exigencia de Obama era lógica: una restricción sobre las actividades de asentamiento habría mejorado el ambiente para las negociaciones y habría disminuido la desconfianza de los palestinos respecto de las intenciones israelíes. La Autoridad Palestina había logrado avances en el combate al terrorismo bajo la supervisión de Bush; por lo tanto, Obama lógicamente esperaba que Israel cumpliera con sus obligaciones y limitara las actividades de asentamiento. Por si fuera poco, el recuerdo de que el Primer Ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, había aprovechado un vacío legal para permitir el ”crecimiento natural” en los asentamientos durante el gobierno de Clinton, acrecentó el empecinamiento de algunos de los asesores más experimentados de Obama, presentes en aquel entonces, en apoyar su deseo de un cese total.

Pero cuando Obama, siguiendo su instinto pragmático, dio luz verde a George Mitchell, su enviado especial para el Medio Oriente, para aceptar una negociación con el recién elegido Netanyahu que no implicara el cese total de los asentamientos, el Presidente se olvidó de expresar el reajuste de su objetivo. Así, se abrió una gran brecha entre lo que el gobierno exigía públicamente y lo que logró a final de cuentas. Este problema fue evidente también en lo que señaló el Presidente respecto a recibir al Estado palestino en las sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas en 2011 (a final de cuentas, el gobierno estadounidense tendría que rechazar tal posibilidad). Esta idea generó discordia y resentimiento en las relaciones Israel-Estados Unidos, y también provocó una moratoria sobre los asentamientos que decepcionó a los árabes.

En general, las relaciones de Obama con los israelíes han resultado peculiarmente disonantes. El exitoso discurso que pronunció en El Cairo en 2009 estaba indudablemente dirigido a los árabes, pero no hubo una visita de contrapartida a Israel ni tampoco discursos dirigidos especialmente a los israelíes y, como resultado, pronto perdió la simpatía de la opinión pública de ese país. Esta situación también contribuyó a llevar a pique los esfuerzos de pacificación, ya que disminuyó la influencia que el Presidente habría podido tener sobre Netanyahu, quien está obsesionado con las encuestas de opinión y se percató de que tenía mucho más que ganar en su país si desafiaba a un Presidente considerado como hostil. Obama contaba con una gama de asesores —desde el vicepresidente Joseph Biden y el antiguo Jefe de Gabinete de la Casa Blanca, Rahm Emanuel, hasta la secretaria de Estado Hillary Clinton y el asesor de ésta, Dennis Ross— que le recomendaban esforzarse más para lograr que los israelíes cambiaran de opinión; pero el Presidente pensaba que podría convencer a Israel con un mayor respaldo en materia de seguridad, sin entender que lo que el público israelí en realidad anhelaba era su atención y su estima.

El asunto habría quedado perdonado u olvidado si Obama hubiera logrado persuadir al mundo árabe de adoptar una postura diplomática más alentadora. Pero cuando fue incapaz de cumplir la promesa de resolver el problema palestino y cerrar Guantánamo, también el público árabe se desilusionó y terminó dándole la espalda a Obama cuando éste inclinó su postura hacia Israel llegado el momento de trabajar en su reelección. El Presidente terminó mal en ambos frentes: perdió el apoyo tanto de israelíes como de árabes, y no logró nada.

Es cierto que Netanyahu y Abbas tampoco eran negociadores fáciles, pero los errores de Obama ocasionaron que ambos se salieran con la suya. Si Obama decide postularse para la reelección, necesitará de contrapartes israelíes y palestinas dispuestas a asumir riesgos en favor de la paz y a defender cualquier compromiso necesario, por más doloroso que sea. Y también deberá trabajar mucho más a favor de ellas que en contra de ellas.

¿Y DESPUÉS DE LA PRIMAVERA ÁRABE?

El despertar árabe es el acontecimiento más inesperado e impredecible que se le ha presentado a Obama hasta el momento. El Presidente ha manejado la turbulencia y la tensión relativamente bien, al darse cuenta de que esos movimientos revolucionarios no se vinculan con Estados Unidos y, por lo tanto, su capacidad para intervenir en los resultados es limitada. A diferencia de la actitud de Obama durante las protestas que siguieron a las elecciones generales en Irán en junio de 2009, cuando guardó silencio mientras el régimen iraní reprimía el movimiento a favor de la democracia, el Presidente levantó la voz de Estados Unidos a favor a las demandas populares de libertad y democracia que se extendieron por el mundo árabe y tuvo que ver con el derrocamiento de los dictadores impopulares en Egipto, Libia y Yemen, sin dejar de proteger los intereses de Estados Unidos al mantener la estabilidad en el Golfo Pérsico. Algunos errores tácticos incluyen la humillación del Presidente de Egipto, Hosni Mubarak; la incapacidad para lograr reformas de fondo en Bahréin, y, posteriormente, la dilación en ejercer presión para destituir al Presidente de Siria, Bashar Al Assad. Pero, en general, el idealismo instintivo de Obama ha colocado a Estados Unidos en el lado correcto de la historia, y su pragmatismo innato le ha ayudado a lograr un nuevo equilibrio entre los valores del pueblo estadounidense y los intereses estratégicos de Estados Unidos en una región inestable.

El inicio rápido del proceso de transición en Egipto se logró en gran parte gracias a que Obama estuvo a favor de que los militares conservaran sus funciones. Sin embargo, apostar por el ejército egipcio como salvaguardia de la democracia en Egipto no ha sido una jugada ganadora. Aunque el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (scaf), órgano que gobierna temporalmente Egipto, ha reiterado su intención de cumplir con todas las obligaciones del país con el exterior (entre otras, el tratado de paz con Israel), no ha mostrado diligencia en atender las demandas de la población y proteger los derechos de las minorías. Peor aún, en lugar de garantizar la transición ordenada que Obama había buscado desde los primeros días de la revolución, el ejército egipcio ha tratado de proteger sus intereses especiales y colocarse por encima de la Constitución.

Al exigir al scaf que respete los resultados de las elecciones y permita a los islamistas subir al poder, Obama está apostando a que la Hermandad Musulmana, empujada por la necesidad de presentar resultados tangibles a sus votantes, prefiera la estabilidad que surge de la cooperación con Estados Unidos y del mantenimiento del tratado de paz con Israel, en vez de tratar de imponer la sharia a un cuarto de la población del mundo árabe. Obama ha considerado que los intereses estadounidenses resultarían menos afectados si intenta influir en este acontecimiento vertiginoso, en vez de alentar su represión. No obstante, existe un riesgo: ubicarse en el lado correcto de la historia en este momento significa aceptar que un partido religioso islamista gobierne a uno de los aliados árabes más importantes de Estados Unidos y apostar a que el pragmatismo de ese partido pese más que su antagonismo ideológico respecto del liberalismo, del secularismo y de los objetivos de Estados Unidos en la región.

Sin embargo, la inestabilidad de la relación estratégica de Estados Unidos con Egipto se compensa con la inesperada ganancia estratégica que se deriva de las dificultades de Siria, el único aliado árabe de Irán. Para Irán, no contar con el conducto sirio que le permitía entrometerse en los asuntos en el territorio árabe-israelí representaría un enorme revés estratégico. El aislamiento internacional de Assad y la preocupación por los graves problemas internos de Siria han mermado tremendamente su capacidad para apoyar a que Hezbolá, representante de Irán, mantenga el control sobre Líbano. Mientras tanto, Hamás está buscando alejarse de la órbita iraní y aproximarse al bando egipcio conforme aumenta la influencia de su protector, la Hermandad Musulmana, en Egipto; esta situación quedó de manifiesto con el cierre de los cuarteles que Hamás tenía en Damasco y el retiro de la ayuda iraní a este grupo.

Libia siempre ha sido una cuestión estratégica aparte. A un costo relativamente bajo, Obama ayudó derrocar a un dictador brutal y, con ello, respaldó la intervención militar de los aliados europeos en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (otan), que tenían más que perder con el desenlace. Pero sí hubo costos indirectos. Al insistir en el derrocamiento de Muammar Gaddafi, Obama confirmó las acusaciones chinas y rusas de que Occidente distorsionaría a su favor la intención de las resoluciones de Naciones Unidas, siendo que no había mención alguna de un derrocamiento en la resolución del Consejo de Seguridad que justificara la intervención militar de la otan. La consecuencia involuntaria de esta circunstancia es que China y Rusia, así como las potencias emergentes en el Consejo de Seguridad (Brasil, la India y Sudáfrica), ya no están dispuestas a tolerar la aprobación de resoluciones que pudieran conducir a intervenciones militares para derrocar a otros regímenes en el mundo árabe. Por lo anterior, a Obama se le ha dificultado aislar al régimen de Assad.

Entre tanto, el acto equilibrista de Obama con los valores del pueblo estadounidense y los intereses de Estados Unidos probablemente enfrentará una prueba en el Golfo Pérsico antes de lo esperado. Arabia Saudita parece decidida a frenar las reformas políticas internas, a impedirlas por completo en el vecino Bahréin y a conseguir que los reyes y jeques en su zona de influencia queden exentos de compromisos de liberalización política. Esta estrategia no puede funcionar por siempre, incluso si la legitimidad de las monarquías entre la ciudadanía es mucho mayor que la de los faraones y generales que han gobernado otros territorios del mundo árabe.

Incluso, parece improbable que cualquier régimen autoritario árabe permanezca inmune por mucho tiempo más a las demandas de libertad política y de gobiernos que rindan cuentas. La tendencia de Obama a dejar que estas transiciones sigan su propio curso es comprensible pero, tal vez, algo corta de miras en el largo plazo si el Presidente no encuentra la manera de negociar un nuevo acuerdo con el Rey saudí Abdalá. Obama necesita convencer al Rey de que la mejor manera de garantizar la subsistencia de los reinos árabes y los intereses de sus súbditos es trazar un plan para convertir gradualmente en monarquías constitucionales a los países vecinos (primero Bahréin, pero después Jordania y los demás Estados miembros del Consejo de Cooperación del Golfo Pérsico).

En general, resulta difícil saber si una política estadounidense más coherente en el Medio Oriente habría producido mejores resultados desde que las revueltas comenzaron. En la mayoría de los casos, la influencia de Estados Unidos ha sido, en esencia, limitada. Pero el efecto neto de los estrepitosos acontecimientos en el mundo árabe, al combinarse con la incapacidad de Obama para lograr un acuerdo de paz entre Israel y Palestina, y el empeño de Turquía en desempeñar un papel de liderazgo en el mundo árabe a costa de su relación con Israel, ha dejado a Estados Unidos sin una estrategia sólida que vaya más allá de reaccionar a los vientos cruzados que generan los sucesos impredecibles.

LAS OJIVAS DE LA IRA

Cuando entró en funciones, Obama estaba decidido a ”buscar la paz y la seguridad de un mundo sin armas nucleares”, como lo expuso en Praga en abril de 2009. Rusia era pieza clave en este esfuerzo, y por esa razón el Presidente deseaba reajustar las relaciones con ese país para eliminar las fricciones que se habían generado por la expansión del mandato de la otan hasta las fronteras con Rusia y por la decisión de Bush de desplegar un sistema defensivo antibalístico en la República Checa y en Polonia. El nuevo tratado start, que fue firmado por el Presidente de Rusia, Dmitri Medvedev, en marzo de 2010 y que contempla la reducción de los arsenales nucleares de Estados Unidos y Rusia, es la manifestación de esa nueva alianza, diseñada para servir de ejemplo al resto del mundo.

Irán y Corea del Norte se encuentran en el ojo del huracán de la proliferación nuclear. En un inicio, Obama intentó persuadir a Irán, pero cuando sus esfuerzos rindieron escasos frutos, cambió de táctica y presionó a Teherán. Como parte de su programa de no proliferación, Obama deseaba asegurarse de que quienes rompieran las reglas en la materia enfrentarían, como él mismo dijo, ”cada vez más consecuencias”, es decir, sanciones que ”costarían muy caro”. Esos esfuerzos encaminados a persuadir a Irán y a Corea del Norte le valieron mayor credibilidad cuando buscó mayor apoyo a las sanciones. De ahí que se aprobara, con el voto a favor de China y de Rusia, una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en junio de 2010, en la que se establecían sanciones más severas contra Irán por violaciones al Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares.

Los intentos del gobierno de Obama por cambiar la actitud de Corea del Norte han sido infructuosos, pero, cuando menos, se han manejado de tal manera que han generado otros beneficios diplomáticos importantes para Estados Unidos. Al dejar en claro cuáles serían las consecuencias si Corea del Norte no pone fin a su programa nuclear y de misiles, sobre todo en vista del despliegue de activos militares estadounidenses en el noreste de Asia, el gobierno le ha dado más razones a China para que contenga a la república peninsular. La Casa Blanca también ha trabajado hábilmente con Seúl para llegar a un entendimiento respecto de cómo manejar a Pyongyang y, como consecuencia, la alianza Corea del Sur-Estados Unidos probablemente es más fuerte que nunca. Las consultas exhaustivas con Japón también han ayudado a mejorar las relaciones estadounidenses con el gobierno japonés y han reducido los riesgos que, para la alianza Estados Unidos-Japón, representaba el triunfo del Partido Democrático de Japón, luego de más de 5 décadas de gobierno casi ininterrumpido del Partido Liberal Democrático.

De igual manera, a pesar de las diferencias con Israel respecto de la cuestión de Palestina y con Arabia Saudita respecto del despertar árabe, la coordinación estrecha con ambos aliados clave en el Medio Oriente ha aumentado la efectividad de la estrategia de Estados Unidos.

A la fecha de publicación de este ensayo, Irán y Corea del Norte mantenían sus programas nucleares y de misiles balísticos. En especial Irán ha ignorado del todo a la comunidad internacional, y ambos países han puesto nerviosos a sus vecinos. Pero ambos también están enfrentando ”cada vez más consecuencias”, como advirtió Obama en su discurso en Praga. Mediante escrupulosos esfuerzos diplomáticos, Obama ha logrado convencer a China y a Rusia de cooperar con su amplio programa de control de armas y con los esfuerzos del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para inflingir mayores costos a la recalcitrancia de Irán y Corea del Norte. En conjunto con otras medidas, ello ha obligado a los líderes de Irán a considerar las graves consecuencias del avance nuclear del país y quizas ha convencido a Corea del Norte a reconsiderar las medidas necesarias para reactivar el diálogo entre las seis partes. Asimismo, las acciones de Obama han dejado ver a otros que ”no entrar por el aro” resulta caro.

Aunque si de librar de armas al mundo se trata, no se han alcanzado hitos todavía, Obama ha fortalecido el compromiso de la comunidad internacional con la no proliferación de armas nucleares y el desarme nuclear. En consecuencia, Irán y Corea del Norte están cada vez más aislados del orden mundial emergente que Obama está moldeando. Sin embargo, la gran interrogante que se cierne sobre estos esfuerzos es si Irán logrará o no la capacidad de fabricar armas nucleares. Una respuesta afirmativa representaría un duro golpe para el régimen de no proliferación de armas nucleares —un pilar del orden internacional encabezado por Estados Unidos— y despertaría dudas respecto de la eficacia de las tácticas de presión de Obama.

¿QUÉ SIGUE?

La política exterior de Obama ha sido sensata y seria, pero de ninguna manera un parteaguas. Ha llevado los intereses de la nación de manera competente en casi todas las áreas, aunque con pocos logros distintivos (aparte de acabar con Osama bin Laden) que pudieran crear un legado histórico propio. No pueden menospreciarse las hazañas de mantener el país a salvo y ayudar a impedir una peor crisis económica. Pero éstas casi siempre se han contrastado con escenarios alternos catastróficos, acontecimientos que podrían haber sucedido pero que se evitaron, como sería otro ataque terrorista u otra Gran Depresión. Y el trecho entre el dicho del Presidente y sus hechos ha generado decepción en el país y en el extranjero entre quienes no se dan cuenta de que el estilo de Obama para avanzar es logrando cambios graduales, en vez de transformaciones radicales.

La crónica también deja al Presidente sin un plan de ruta claro para el futuro, si resultara reelegido. Parece irónico que el remedio para esta situación es refrescar el punto de vista inicial de Obama respecto de lo más importante: un reajuste gradual del papel de liderazgo de Estados Unidos en el orden mundial emergente. Durante las últimas 7 décadas, el sistema internacional encabezado por Estados Unidos ha alentado el desarrollo y el ascenso de otras potencias, desde Europa y Japón hasta países en el resto de Asia, Latinoamérica y demás regiones del mundo. Un cambio dirigido y gradual que otorgara a estas potencias en ascenso un papel de mayor peso en el manejo constructivo del sistema podría beneficiar a la mayoría de los países, inclusive a Estados Unidos.

Obama parece entender bien esto, pero todavía no ha formulado una estrategia clara para lograrlo ni ha encontrado una manera de convencer al público estadounidense de la necesidad y de los beneficios de tomar ese rumbo. Una piedra angular sobre la cual construir sería la búsqueda de un equilibrio con la mira en Asia, una iniciativa que se puso en marcha en el otoño de 2011. Si se detalla y se maneja bien, podría lograr una reafirmación del liderazgo internacional de Estados Unidos en los años por venir, sirviendo como marco para la promoción del comercio y las inversiones, concretando unas fuerzas armadas más ligeras y flexibles que trabajaran mano a mano con sus aliados extranjeros, y transformando las organizaciones mundiales y regionales con el fin de que Estados Unidos conserve su papel de liderazgo y refleje con mayor precisión la nueva distribución de poder en el sistema internacional.

Sin embargo, la capacidad de Obama para dar continuidad adecuada a una estrategia así dependerá de otros dos factores: que el problema nuclear en Irán se solucione sin desastres de por medio y que la economía política interna de Estados Unidos experimente un resurgimiento. Si Irán se vuelve una potencia nuclear o si Israel o Estados Unidos deciden atacarlo en un intento por evitar que lo logre, los asuntos de seguridad en el Medio Oriente nuevamente adquirirían la máxima prioridad en el programa de política exterior estadounidense, la región nuevamente experimentaría fuertes turbulencias y, por ende, los otros asuntos de política exterior pasarían a segundo plano nuevamente. A Obama podría ocurrirle que, justo cuando pensaba que ya estaba viendo la corrida detrás de la barrera, pudiera tener que lanzarse de nuevo al ruedo, pero ahora con más toros bravíos.

El segundo factor depende de si el Presidente será capaz de superar los problemas estructurales de Estados Unidos: un crecimiento económico bajo, un desempleo elevado y una trayectoria de endeudamiento insostenible. El sistema mundial se basa en la fortaleza política y económica, así como militar, de Estados Unidos. Actualmente, esa fortaleza está en duda, y la muy conocida disfunción política interna en Estados Unidos afecta las expectativas sobre el futuro de todo el mundo. Esta cuestión puede verse desde distintas ópticas, pero es obvio que la capacidad de Washington para encarar sus retos fiscales y, al mismo tiempo, realizar inversiones que alimenten la capacidad de Estados Unidos para adaptarse y competir en el futuro, será sin duda un componente clave de cualquier programa serio. Y al final del día, los presupuestos de seguridad nacional pueden y deben recortarse también (aunque es preferible que el recorte se haga sin las serias reducciones de una ”incautación”).

Estados Unidos todavía posee muchas ventajas: las fuerzas armadas más poderosas del mundo, una sólida red de aliados y socios, el liderazgo indiscutible en investigación y desarrollo, el mejor sistema de educación superior del mundo, innovación y manufacturas de alta tecnología, un crisol demográfico y un crecimiento poblacional equilibrado y moderado, un sistema político transparente y un Estado de derecho confiable que contribuyen a atraer la inversión extranjera, abundantes recursos naturales, una sociedad civil activa y una vasta experiencia como líder mundial.

Sin embargo, algunas tendencias clave parecen inclinarse hacia el lado equivocado y, por lo tanto, el futuro económico del país permanece en riesgo. Dicho llanamente, el continuo debilitamiento de los cimientos económicos de Estados Unidos resulta incompatible con el mantenimiento del poderío nacional en el largo plazo y con una política exterior exitosa. Las consecuencias de no detener el declive interno estadounidense para el país mismo y para el resto del mundo tendrían un alcance mucho mayor que cualquier consecuencia derivada de la popularidad personal del Presidente o de la postura de sus partidarios.

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