Tu humor doméstico causa náuseas

Por Ariel Robert

Comenzar diciendo que estuve en una operación no requeriría otra
explicación más que contar cuál ha sido la afección clínica, si acaso no me
dedicara a contar cosas del prójimo.
Pero quienes habitamos el mundo endógeno del periodismo, ya sea
estando adentro de un medio, o al costado, como en este caso (por
haberte metido muy en el medio) vamos a necesitar mostrar el certificado
con la firma del médico, de no contar con tal documento será necesario
aclarar. Aclarar que no has participado en alguna maniobra para favorecer
o entorpecer a algún actor de la dirigencia, a algún poderoso. A eso le
llaman operación. Antes periodística, hoy mediática, que es más amplia y
mancha a más personas de una sola vez.
Esto tiene sentido porque la sospecha, la suposición, la especulación, la
inferencia, la duda y –debemos admitirlo- una indispensable dosis de
maldad son inevitables en este oficio, al que tanto amaba Gabriel García
Márquez, siempre que no se tropezara con algún colega que no le
simpatizaba. Tan genial como idéntico a casi todos.
Lo insustancial puede convertirse en cómico si se asocian términos de dos
disciplinas tan distintas como la medicina y el periodismo. Una cirugía de
intestinos podría traducirse como una operación interna, lo que daría un
resultado bien distinto. En el caso de la primera, el que sufre es el
paciente, en la segunda quien debe padecerlo es nada y más y nada
menos que doña verdad. Señora bastante huidiza en épocas post
modernas.
Gracias a protocolizar procesos y muy especialmente debido a la
sagacidad científica de la medicina, el llamado arte de curar acudió a la
semiótica antes de que la comunicación fuese aceptada como ciencia, y
aunque nos provoque irritación esto le otorga a la primera un halo de
precisión -cuando no de santidad- que nos impide al resto de los mortales
opinar de modo categórico.
Cuando el doctor (aunque jamás se haya doctorado) nos dice que nuestros
síntomas revelan una diverticulitis sigmoidea aguda, y eso requiere de
una intervención quirúrgica invasiva, nuestra única reacción posible ante
tantos términos extraños es palidecer y entregarnos rendidos a su

estetoscopio sin chistar. Difícilmente contrariemos su diagnóstico y sólo si
somos lo suficientemente valientes ó al contrario, lo necesariamente
cobardes, nos atreveremos a preguntar tímidamente si no existe una
alternativa ante ese bisturí amenazante.
En una apresurada respuesta podríamos explicar que esto obedece a la
ignorancia que nos constituye, cuestión que nos sometemos sin protesta
ante los idóneos y expertos. Pero esta teoría se desmorona con sólo poner
la oreja en la mesa vecina del café.
Con énfasis y enjundia se discute sobre la inadecuada aplicación de un
procedimiento judicial en tal y cual causa, y hasta se enumeran
expedientes, sin que aún se conozca la identidad de los miles de apócrifos
aportantes a la campaña de cambiemos, tema que compite frontalmente
con la gravedad de cuadernos escolares incinerados pero gloriosos. O sea,
no tenemos clara noción de nuestra propia anatomía, sin embargo
solemos tomar posición férrea y contundente ante lo que aparece en los
medios con más frecuencia que la hora y la temperatura.
Disfrutaría poder dar una respuesta encendida e irrevocable, pero la culpa
de este fenómeno no encuentra dueño aún (o tiene demasiados padres
que no quieren hacerse cargo)
Se debate desde hace demasiados años, sin encontrar un vencedor
definitivo. Atestan las bibliotecas con los libros que ensayan sobre la
manipulación o no de los medios. Para debilitar nuestra siempre presente
vanidad umbilical, esto ocurre en todos los lugares adónde existan medios
y opinantes furtivos, o sea, en todo el mundo, ninguna argentinidad
peculiar.
La teoría de las operaciones periodísticas distractivas, según suele
contarme Nelly, a la sazón mi madre, ocurren al menos desde su más
tierna infancia. Solía contarme que cuando la economía se desviaba
aparecían submarinos, rusos o en su defecto norteamericanos. O sea, algo
que no amenaza sólo nuestro destino cotidiano sino que compromete el
futuro nuestro y el de las próximas generaciones.
Con carácter más riguroso –quizá- sería conveniente leer dos vertientes
relativamente enfrentadas al respecto. Ambos del gigante del Norte y esto
no por casualidad sino por ser pioneros del sistema democrático

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capitalista imperante. Y mal estaría no reconocer además como mérito
supremo su capacidad inventiva y su ambición apropiadora.
Walter Lippmannn ya en la década de 1920 se quejaba en su libro
“Libertad y Prensa” de la industria de los medios, por aquel entonces sólo
ejercida desde los diarios de papel. Destacaba lo vulnerable y vulnerada
que era la sociedad de Norteamérica ante la deliberada información falsa
que proveían aquellos periódicos, escondiendo sus intereses disfrazados
de periodismo.
Más rotundo aún fue con la aparición de su ensayo “El público fantasma”,
en el que intentó disolver parte del espíritu estadounidense, concluyendo
que una sociedad informada, ilustrada y racional, capaz de hacer que la
democracia fuera la mejor de las formas de gobierno, era una ilusión
inabordable.
Algo más esperanzador, el filósofo contemporáneo y contertulio de
Lippmann , John Dewey , salió a contestar desde su recopilación de
conferencias, editadas en una especie de manual para nuestro oficio
llamado “La opinión pública y sus problemas”. Asimismo, este optimista
del sistema admitía lo fácil que les resultaba a los medios alterar las
conductas y pensamientos de los ciudadanos, pero sin aplazar la
esperanza de un modelo democrático.
Podremos conjeturar así que el agua tibia, o sea el gradualismo y tampoco
su antítesis, el sacudón abrupto, responden a la heurística nacional. Ya lo
habían descubierto antes del descubrimiento.
La libertad abre las puertas para que todo sea opinable. Bienvenida la
libertad, siempre que vaya de la mano de la responsabilidad. Para lo cual
es indispensable, una vez hayamos aceptado jugar, considerar las reglas y
los roles. Los lugares en el tablero. Hasta donde podemos movernos y en
qué dirección. Algo que en el damero de los medios argentinos, sin que
alguien se haya atrevido a patearlo, no funciona.
Un ocurrente cómico. Un brillante guionista. Un actor excelso. Un músico
interesante, un creativo y provocador humorista, también cumple un rol. Y
no es inocente desconocerlo. Ni correr de manera oblicua como el Alfil,
cuando siempre se mostró como un divertido e intrépido caballo saltarín.
El humor deja de ser tal cuando se lesiona moralmente a otro.

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Cuando se daña y de manera intencional el sentimiento sobre alguna
tragedia, no es chistoso aunque persista la risa cómplice.
Y el dolor –vaya si lo sabremos quienes hemos sido operados
recientemente- no es gracioso.
Todo aquello que es inmodificable y produce sufrimiento sólo puede ser
simpático en la mente de un sádico o un psicópata.
Mientras la canasta básica de alimentos aumenta sostenidamente hay
noticieros que se ensañan con un revoleo que nunca existió. Si cambiamos
pronto veremos en ese otro canal que el paraíso no es el futuro sino el
pasado reciente, algo que deprime por no haber sido invitados
Con todo este menú a la vista estoy seriamente arrepentido de no haber
cometido hechos de los cuales debería arrepentirme. No por heroicidad,
ni por ser paladín de la honestidad, quizá sólo por incapaz o ignorante.
Después de una comida frugal y sosa, de escasa o inútil anestesia, después
de ver muchas y de someterme a una operación, al menos, no merecía
atragantarme con flan, Casero.

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