La otra discusión que se plantea en el peronismo está dada por las colectoras. Sobre todo la que impulsa el no peronista Martín Sabbatella en el distrito bonaerense. No deja de ser gracioso que los ex kirchneristas que fugaron hacia derecha o izquierda cuando el barco cabeceaba coincidan en acusar a Sabbatella de “oportunista”, cuando en general son ellos los que están visualizados por la sociedad de esa manera por su brusco salto al antikirchnerismo encarnizado. Tampoco sería la primera vez que el peronismo aceptaría una lista por fuera de la suya con el mismo candidato a presidente. Se ha hecho con el FIP de Abelardo Ramos en tiempos de Perón y también lo hicieron decenas de listas provinciales en diferentes elecciones que compitieron contra listas peronistas distritales pero apoyaron a sus candidatos presidenciales. Lo nuevo es la discusión que plantea hacia el interior del peronismo la posibilidad de esa lista sabbatellista.

 

Los intelectuales que han preferido ubicarse en el centro o en el centroderecha republicanista o institucionalista, por el eje de sus cuestionamientos al oficialismo, no han podido detectar que esos dos temas plantean el debate ciudadano y republicanista más importante que se está dando en este momento. La paradoja es que no se abren desde fuera, sino desde –y en– el peronismo, que ha sido la fuerza más cuestionada en esos temas. Era una crítica lógica, porque ese sindicalismo y las prácticas del clientelismo y el punterismo se habían extendido principalmente en el peronismo, que ha sido la fuerza popular por excelencia. Hay que reconocer que en el peronismo siempre hubo críticas a esas degeneraciones de la política, pero después del menemismo se asumió con resignación que eran inherentes al PJ y a la política en general. La idea apuntaba a que había que tomar al peronismo como era, con sus saldos positivos y negativos, porque así de imperfecta era la sociedad de la que provenía.

 

¡Oh, sorpresa!: de esa resignación que provenía de aceptar un escenario congelado a desayunarse con que otra vez el peronismo, con todas sus incorrecciones y desprolijidades, se ha convertido en el escenario principal de debates apasionantes y decisivos. Es cierto que las imperfecciones del peronismo y del sistema político replican en general las de la sociedad en la que ellos se originan y alimentan. Pero el escenario no está congelado, las sociedades evolucionan, sus actores se transforman y los contextos también. Y lo que parecía congelado empieza a mostrar síntomas de descomposición. La mirada desde fuera sugería que lo nuevo surgiría también por fuera, pero los indicios de algunos fulgores en el seno del peronismo sugieren que esos procesos también se dan por dentro y que formarán parte del resultado final.

 

Cuando advierten este fenómeno, intelectuales, políticos y periodistas de la oposición lo circunscriben a una lucha de poder “típicamente peronista” –con lo que subestiman los contenidos– o, al revés, le dan un carácter ideológico al estilo de los años ’70, donde cualquier impulso de cambio es obra de “infiltrados”, por lo general de izquierda. En todas las situaciones de cambio real se dan luchas de poder y confrontaciones ideológicas, pero en este caso, esos dos elementos responden a movimientos tectónicos profundos en la sociedad que repercuten en todos los niveles, desde lo cultural hasta lo económico y social, que vuelven anacrónicas formas políticas y gremiales que antes eran inconmovibles.

 

Al gremialismo se lo critica por lo bueno y por lo malo. Pero lo real es que la vieja imagen del dirigente que se come las eses para hablar, pero juega carreras de 4×4 en el barro, como Venegas, mientras aparecen bolsones de trabajo inhumano entre los trabajadores rurales que supuestamente debe asistir, tiene mucho rechazo legítimo en la sociedad. O que un dirigente obrero como Pedraza resida en Puerto Madero, donde el valor de los departamentos ronda el millón de dólares, provoca cierta repugnancia también legítima.

 

Las dos causas judiciales que los involucran son muy diferentes. En el caso de los medicamentos truchos, el proceso tiene muchas zonas opacas, en principio porque el juez Oyarbide está muy cuestionado, pero además porque impacta de lleno contra las obras sociales gremiales que se hacen cargo de situaciones de salud que las prepagas rechazan. Pese a todo, las obras sociales mantienen un esquema más solidario que comercial. Sobre este tema hay mucho para discutir, además de los troqueles falsos. En el otro caso se trata del asesinato de Mariano Ferreyra por la agresión de una patota sindical.

 

Pero más allá de los Tribunales y de si son culpables o no de lo que están acusados, ni Zanola, ni Venegas, ni Pedraza aguantan una cámara de televisión.

Es cierto que hay una carga muy fuerte de prejuicios antisindicales, pero la verdad es que ellos no hacen nada por desmentirlos. Por el contrario, confirman el estereotipo satanizado. Cuando Duhalde se rodea de Venegas y Barrionuevo para su campaña electoral y cree que con eso gana como en otras épocas, se equivoca, porque ahora son piantavotos. La solicitada que apareció en defensa de Venegas decía que lo habían apresado los mismos que mataron a Rucci. No vale la pena molestarse en discutir esa afirmación. Pero tiene sentido señalar que los que saben quién fue Rucci y cómo murió son todas personas de 60 años para arriba. Están haciendo política con estereotipos y discursos anacrónicos y suponen que producen los mismos réditos que hace más de treinta años. Ese argumento ni siquiera sirve para disputar el peronismo.

 

 

Hoy más que nunca resulta muy difícil transferir poder y convocatoria sindical hacia el plano de lo político.

 

La CTA hace tiempo que plantea un modelo gremial diferente. El MTA de Moyano también se plantó como alternativa al modelo de Los Gordos. Hay un debate en la CGT sobre estos temas porque, de lo contrario, y en el mejor de los escenarios, la opción es quedar encerrados dentro de los sindicatos. Podría decirse también que un síntoma de esa discusión dentro de la CGT ha sido el surgimiento de la Juventud Sindical, que busca un perfil más próximo a culturas juveniles militantes que a los viejos estereotipos.

 

En otro andarivel, la famosa colectora sabbatellista induce al peronismo bonaerense a debates parecidos. Fuera del radio de Morón y alrededores, donde tiene muchos votos peronistas, aunque la mayoría ya está acostumbrada a cortar boleta, es difícil que Sabbatella les saque un voto del PJ a Scioli o a los intendentes del conurbano. En esta elección, todavía su público está acotado. Los duhaldistas y algunos de los intendentes disidentes del kirchnerismo denuncian esa colectora con argumentos macartistas o asegurando que de esa manera el Gobierno trata de esmerilar la figura de Scioli, lo cual es tan discutible como que el gobernador pierde votos con Sabbatella. Lo interesante es que dentro del kirchnerismo, algunos intendentes defienden la colectora de Sabbatella y otros la cuestionan.

 

El argumento de Sabbatella es una gestión transparente, democrática y eficiente en la intendencia de Morón. Es una figura joven que no se eternizó en el gobierno y no practicó el clientelismo o la patoteada. Seguramente tendrá sus aspectos críticos, pero los ejes de su campaña serán ésos. A los intendentes que defienden la participación de Sabbatella esa campaña no los afecta, porque ya tienen prácticas similares o porque mantienen una relación de contacto y organización más o menos directa con sus bases. Los que protestan son los que se sienten enjuiciados por esa imagen que proyecta el “adherente”, aunque no les saque votos. Algunos de ellos jugaron a dos puntas en las elecciones pasadas y más de un diputado y concejal que entró con De Narváez, volvió después a la tropa con su intendente. Esta vez están en juego sus cabezas y no pueden hacerlo ni alejarse de la corriente de votos hacia Scioli y Cristina Fernández. Al igual que el sindicalismo, el conurbano necesita cambiar paradigmas de la política punteril y clientelar y el aporte que hace la colectora de Sabbatella apunta en ese sentido.

 

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